Jueves, 02 de junio de 2011

ZENIT? publica el discurso que pronunci? Benedicto XVI en la tarde del domingo, 8 de Mayo de 2011,? al reunirse con el mundo de la cultura y la econom?a, al concluir su visita apost?lica a Venecia.

Queridos amigos:

Tengo la alegr?a de saludaros de coraz?n como representantes del mundo de la cultura, del arte y de la econom?a de Venecia y de su territorio. Os doy las gracias por vuestra presencia y vuestra simpat?a. Expreso mi reconocimiento al patriarca y al rector que, en nombre del Studium Generale Marcianum, ha manifestado los sentimientos de todos vosotros y ha introducido nuestro encuentro, el ?ltimo de mi intensa visita, iniciada ayer en Aquilea. Quisiera dejaros algunos pensamientos muy sint?ticos, con la esperanza de que sean ?tiles para la reflexi?n y el compromiso com?n. Los tomo de tres palabras que son met?foras sugestivas: tres palabras ligadas a Venecia y, en particular, al lugar en que nos encontramos: la primera palabra es "agua"; la segunda es "Salud", y la tercera es "Seren?sima".

Comenzamos por el agua, como es l?gico por muchos aspectos. El agua es un s?mbolo ambivalente: de vida, pero tambi?n de muerte; lo saben bien las poblaciones afectadas por aluviones y maremotos. Pero el agua es ante todo elemento esencial para la vida. Venecia es llamada la "Ciudad de agua". Tambi?n para vosotros que viv?s en Venecia esta condici?n tiene un doble signo, negativo y positivo: comporta muchos malestares y, al mismo tiempo, un atractivo extraordinario. El hecho de que Venecia sea "ciudad de agua", hace pensar en un c?lebre soci?logo contempor?neo, que ha definido "l?quida" nuestra sociedad, y as? la cultura europea: una cultura "l?quida", para expresar su "fluidez", su poca estabilidad o, quiz?s, su ausencia de estabilidad, la volubilidad, la inconsistencia que a veces parece caracterizarla. Y aqu? quisiera presentar mi primera propuesta de Venecia, pero no como ciudad "l?quida", sino como ciudad "de la vida y de la belleza". Ciertamente es una elecci?n, pero en la historia es necesario elegir: el hombre es libre para interpretar, para dar un sentido a la realidad, y precisamente en esta libertad consiste su gran dignidad. En el ?mbito de una ciudad, sea la que sea, tambi?n las elecciones de car?cter administrativo, cultural y econ?mico dependen de esta orientaci?n fundamental, que podemos llamar "pol?tico" en la acepci?n m?s noble y m?s elevada del t?rmino. Se trata de elegir entre una ciudad "l?quida", patria de una cultura que se parece cada vez m?s a la de lo relativo y de lo ef?mero, y una ciudad que renueva constantemente su belleza tomando de las fuentes ben?ficas del arte, del saber, de las relaciones entre los hombres y entre los pueblos.

Veamos la segunda palabra: "Salud". Nos encontramos en el "Polo de la Salud": una realidad nueva, pero que tiene ra?ces antiguas. Aqu?, en la Punta de la Aduana, surge una de las iglesias m?s c?lebres de Venecia, obra de Longhena, edificada come voto a la Virgen por la liberaci?n de la peste del a?o 1630: Santa Mar?a de la Salud. Junto a ella, el c?lebre arquitecto construy? el Convento de los Somascos, que despu?s se convirti? en el Seminario Patriarcal. "Unde origo, inde salus", reza el lema grabado en el centro de la rotonda mayor de la Bas?lica, expresi?n que indica indica que el origen de la Ciudad de Venecia est? estrechamente ligado a la Madre de Dios, fundada, seg?n la tradici?n, el 25 de marzo del a?o 421, d?a de la Anunciaci?n. Y precisamente por intercesi?n de Mar?a vino la salud, la salvaci?n de la peste. Pero reflexionando sobre este lema podemos encontrar tambi?n un significado a?n m?s profundo y m?s amplio. De la Virgen de Nazaret tuvo origen Aquel que nos da la "salud". La "salud" es una realidad que todo lo abarca, integral: que va del "estar bien" que nos permite vivir serenamente una jornada de estudio y de trabajo, o de vacaci?n, hasta la salus animae, la salud del alma, de la que depende nuestro destino eterno. Dios se ocupa de todo esto, sin excluir nada. Se ocupa de nuestra salud en sentido pleno. Lo demuestra Jes?s en el Evangelio: ?l cur? a enfermos de todo tipo, pero tambi?n liber? a los endemoniados, perdon? los pecados, resucit? a los muertos. Jes?s revel? que Dios ama la vida y quiere liberarla de toda negaci?n, hasta la m?s radical que es el mal espiritual, el pecado, ra?z venenosa que contamina todo. Por esto, al mismo Jes?s se lo pude llamar ?Salud' del hombre: Salus nostra Dominus Jesus. Jes?s salva al hombre poni?ndolo nuevamente en relaci?n saludable con el Padre en la gracia del Esp?ritu Santo; lo sumerge en esta corriente pura y vivificante que libera al hombre de sus "par?lisis" f?sicas, ps?quicas y espirituales; lo cura de la dureza del coraz?n, de la cerraz?n egoc?ntrica y le hace gustar la posibilidad de encontrarse verdaderamente a s? mismo, perdi?ndose por amor de Dios y del pr?jimo. Unde origo, inde salus. Este lema hace m?ltiples referencias: me limito a recordar una: la famosa expresi?n de san Ireneo: "Gloria Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei" (Adv. haer. IV, 20, 7). Que podr?a parafrasearse de este modo: gloria de Dios es la plena salud del hombre, y esta consiste en estar en relaci?n profunda con Dios. Podemos decirlo tambi?n con los t?rminos del neo-beato Juan Pablo II: el hombre es el camino de la Iglesia, y el Redentor del hombre es Cristo.

Veamos, por ?ltimo, la tercera palabra, Seren?sima, el nombre de la Rep?blica de Venecia [cuando era una ciudad-estado, ndt.]. Un t?tulo verdaderamente estupendo, se dir?a ut?pico, con respecto a la realidad terrena, y sin embargo, capaz de suscitar no s?lo memorias de glorias pasadas, sino tambi?n ideales para y ma?ana, para esta gran regi?n. "Seren?sima", en sentido total, es solamente la Ciudad celestial, la nueva Jerusal?n, que aparece al final de la Biblia, en el Apocalipsis, como una visi?n maravillosa (cfr. Apocalipsis 21, 1-22, 5). Y sin embargo el cristianismo concibe esta Ciudad santa, completamente transfigurada por la gloria de Dios, como una meta que mueve los corazones de los hombres e impulsa sus pasos, que anima el empe?o fatigoso y paciente por mejorar la ciudad terrenal. Es necesario recordar siempre en este sentido las palabras del Concilio Vaticano II: "De nada sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a s? mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino m?s bien avivar la preocupaci?n de cultivar esta tierra, donde crece ese cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo" (constituci?n Gaudium et spes, 39).

Escuchamos estas expresiones en un tiempo en el que se ha agotado la fuerza de las utop?as ideol?gicas y no s?lo se ha oscurecido el optimismo, sino que tambi?n la esperanza est? en crisis. No debemos olvidar que los Padres del Concilio, que nos han dejado esta ense?anza, hab?an vivido la ?poca de las dos guerras mundiales y de los totalitarismos. Su perspectiva ciertamente no era dictada por un f?cil optimismo, sino por la fe cristiana, que anima la esperanza, al mismo tiempo grande y paciente abierta al futuro y atenta a las situaciones hist?ricas. Desde esta perspectiva el nombre "Seren?sima" nos habla de una civilizaci?n de la paz, fundada en el respeto mutuo, en el conocimiento rec?proco y en las relaciones de amistad. Venecia tiene una larga historia y un rico patrimonio humano, espiritual y art?stico para ser capaz tambi?n hoy de ofrecer una preciosa contribuci?n para ayudar a los hombres a creer en un futuro mejor y a empe?arse en construirlo. Pero para esto no debe tener miedo de otro elemento emblem?tico, contenido en el escudo de San Marcos: el Evangelio. El Evangelio es la fuerza m?s grande de transformaci?n del mundo, pero no es una utop?a ni una ideolog?a. Las primeras generaciones cristianas lo llamaban m?s bien el "camino", es decir, la manera de vivir que Cristo practic? en primer lugar y que nos invita a seguir. A la ciudad "seren?sima" se llega por este camino, que es el camino de la caridad en la verdad, sabiendo --como tambi?n nos recuerda el Concilio-- que no hay que "caminar por el camino de la caridad ?nicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria" y que, siguiendo el ejemplo de Cristo, "es necesario tambi?n llevar la cruz, que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia" (Gaudium et spes, 38).

Os presento, queridos amigos, estas reflexiones que quer?a compartir con vosotros. Para m? ha sido un alegr?a concluir mi visita en vuestra compa??a. Doy las gracias de nuevo al cardenal patriarca, al auxiliar, a todos los colaboradores por esta magn?fica acogida. Saludo a la comunidad jud?a de Venecia, que tiene antiguas ra?ces y es una presencia importante en el tejido ciudadano, junto a su presidente, el profesor Amos Luzzatto. Saludo tambi?n a los musulmanes que viven en esta ciudad. Desde este lugar tan significativo dirijo mi cordial saludo a Venecia, a la Iglesia que aqu? peregrina, y a todas las di?cesis del Triv?neto, dejando, como prenda de mi perenne recuerdo, la bendici?n apost?lica.??

[? Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:23  | Habla el Papa
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