Jueves, 02 de junio de 2011

ZENIT publica la homil?a que pronunci? Benedicto XVI?el domingo, 8 de Mayo de 2011, ?durante la misa que presidi? junto a Venecia, en el parque San Juli?n de Mestre, para los fieles del Nordeste de Italia.

Queridos hermanos y hermanas:

Me siento muy contento de estar hoy entre vosotros y celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucarist?a. Es significativo que el lugar escogido para esta liturgia sea el Parque de San Giuliano: un espacio en donde normalmente no se celebran ritos religiosos, sino manifestaciones culturales y musicales. Hoy este espacio acoge a Jes?s resucitado, realmente presente en su Palabra, en la asamblea del Pueblo de Dios con sus pastores, y de forma eminente, en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. A vosotros venerables hermanos obispos, con los presb?teros y los di?conos, a vosotros religiosos, religiosas y laicos, os dirijo mi m?s cordial saludo, en particular para los enfermos aqu? presentes, acompa?ados por miembros de la UNITALSI. ?Gracias por vuestro caluroso recibimiento! Saludo con afecto al patriarca, cardenal Angelo Scola, a quien agradezco por las sentidas palabras que me ha dirigido al inicio de la santa misa. Dirijo un deferente pensamiento al alcalde, al ministro para la Cultura en representaci?n del Gobierno, al ministro del Trabajo y a las autoridades civiles y militares, que con su presencia han querido honrar nuestro encuentro. Un sentido agradecimiento a todos aquellos que generosamente han ofrecido su colaboraci?n para la preparaci?n y el desarrollo de mi visita pastoral.

El Evangelio del tercer domingo de Pascua presenta el episodio de los disc?pulos de Ema?s (cf. Lucas 24, 13-35), un relato que nunca acaba de sorprendernos y conmovernos. Este episodio muestra las consecuencias que Jes?s resucitado act?a en los disc?pulos: conversi?n de la desesperaci?n a la esperanza; conversi?n de la tristeza a la alegr?a; y tambi?n conversi?n a la vida comunitaria. A veces, cuando se habla de conversi?n, se piensa ?nicamente a su aspecto cansado, de desapego y de renuncia. En cambio, la conversi?n cristiana es tambi?n y sobre todo fuente de gozo, de esperanza y de amor. Ella es siempre obra de Jes?s resucitado, Se?or de la vida, que nos ha obtenido esta gracia por medio de su pasi?n y que nos la comunica con la fuerza de su resurrecci?n.

Queridos hermanos y hermanas: He venido entre vosotros como obispo de Roma, continuando el ministerio de Pedro, para confirmaros en la fidelidad al Evangelio y en la comuni?n. He venido para compartir con los obispos y los presb?teros el ansia del anuncio misionero, que debe involucrarnos a todos en un serio y bien coordinado servicio a la causa del Reino de Dios. Vosotros, hoy aqu? presentes, represent?is las comunidades eclesiales nacidas de la Iglesia madre de Aquilea. Como en el pasado, cuando esa Iglesias se distinguieron por el fervor apost?lico y el dinamismo pastoral, tambi?n hoy es necesario promover y defender con valor la verdad y la unidad de la fe. Es necesario dar cuenta de la esperanza cristiana al hombre moderno, agobiado por grandes e inquietantes problem?ticas que ponen en crisis los cimientos mismos de su ser y actuar.

Viv?s en un contexto en el cual el cristianismo se presenta como la fe que ha acompa?ado, por siglos, el camino de tantos pueblos, incluso a trav?s de las persecuciones y pruebas m?s duras. De esta fe son elocuentes expresiones los m?ltiples testimonios diseminados por todas partes: las iglesias, las obras de arte, los hospitales, las bibliotecas, las escuelas; el ambiente mismo de vuestras ciudades, as? como los campos y las monta?as, todos salpicados de referencias a Cristo. Sin embargo, hoy este ser de Cristo corre el riesgo de vaciarse de su verdad y de sus contenidos m?s profundos; corre el riesgo de convertirse en un horizonte que s?lo toca la vida superficialmente, en sus aspectos m?s bien sociales y culturales; corre el riesgo de reducirse a un cristianismo en el que la experiencia de fe en Jes?s crucificado y resucitado no ilumina el camino de la existencia, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy a prop?sito de los dos disc?pulos de Ema?s, los cuales, tras la crucifixi?n de Jes?s, regresaban a casa apoderados por la duda, la tristeza y la desilusi?n. Tal actitud tiende, lamentablemente, a difundirse tambi?n en vuestro territorio: esto ocurre cuando los disc?pulos de hoy se alejan de la Jerusal?n del Crucificado y del Resucitado, cuando dejan de creer en la potencia y en la presencia viva del Se?or. El problema del mal, del dolor y del sufrimiento, el problema de la injusticia y del abuso, el miedo a los dem?s, a los extra?os y a los que desde lejos llegan hasta nuestras tierras y parecen atentar contra aquello que somos, llevan a los cristianos de hoy a decir con tristeza: esper?bamos que el Se?or nos liberara del mal, del dolor, del sufrimiento, del miedo, de la injusticia.

Por tanto, es necesario para cada uno de nosotros, como ocurri? a los dos disc?pulos de Ema?s, aprender la ense?anza de Jes?s: ante todo escuchando y amando la Palabra de Dios, le?da en el misterio pascual, para que inflame nuestro coraz?n e ilumine nuestra mente, nos ayude a interpretar los acontecimientos de la vida y a darles un sentido. Luego es necesario sentarse a la mesa con el Se?or, convertirse en sus comensales, para que su presencia humilde en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre nos restituya la mirada de la fe, para mirar todo y a todos con los ojos de Dios, y la luz de su amor. Permanecer con Jes?s que permaneci? con nosotros, asimilar su estilo de vida entregada, escoger con ?l la l?gica de la comuni?n entre nosotros, de la solidaridad y del compartir. La Eucarist?a es la m?xima expresi?n del don que Jes?s hace de s? mismo y es una constante invitaci?n a vivir nuestra existencia en la l?gica eucar?stica, como un don a Dios y a los dem?s.

El Evangelio refiere tambi?n que los dos disc?pulos, tras haber reconocido a Jes?s en el partir el pan, "levant?ndose en el momento, se volvieron a Jerusal?n" (Lucas 24,33). Sienten la necesidad de regresar a Jerusal?n y contar la extraordinaria experiencia vivida: el encuentro con el Se?or resucitado. Hay un gran esfuerzo por cumplir para que cada cristiano, aqu? en el Noreste como en cada parte del mundo, se transforme en testigo, listo a anunciar con vigor y con gozo el evento de la muerte y de la resurrecci?n de Cristo. Conozco el cuidado que, como Iglesias del Triveneto, pon?is para tratar de comprender las razones del coraz?n del hombre moderno y c?mo, refiri?ndoos a las antiguas tradiciones cristianas, os preocup?is por demarcar las l?neas program?ticas de la nueva evangelizaci?n, mirando con atenci?n a los numerosos desaf?os del tiempo presente y repensando el futuro de esta regi?n. Con mi presencia deseo apoyar vuestra obra e infundir en todos confianza en el intenso programa pastoral puesto en marcha por vuestros pastores, auspiciando un fruct?fero compromiso por parte de todos los componentes de la comunidad eclesial.

Tambi?n un pueblo tradicionalmente cat?lico puede experimentar o asimilar casi de manera inconsciente, los contragolpes de la cultura que termina por insinuar una manera de pensar en la que el mensaje evang?lico es abiertamente rechazado u obstaculizado subrepticiamente. S? lo grande que ha sido y sigue siendo vuestro compromiso por defender los perennes valores de la fe cristiana. Os aliento a no ceder jam?s a las recurrentes tentaciones de la cultura hedonista y a los llamados del consumismo materialista. Acoged la invitaci?n del ap?stol Pedro, presente en la segunda lectura de hoy, a comportaros "con temor durante el tiempo de vuestra peregrinaci?n" (1 Pedro 1, 17): invitaci?n que se concreta en una existencia vivida intensamente en las calles de nuestro mundo, con la conciencia de la meta que hay que alcanzar: la unidad con Dios, en Cristo crucificado y resucitado. De hecho nuestra fe y nuestra esperanza est?n dirigidas hacia Dios (cfr 1 Pedro 1, 21): dirigidas a Dios porque radicadas en El, fundadas sobre su amor y sobre su fidelidad. En los siglos pasados, vuestras Iglesias han conocido una rica tradici?n de santidad y de generoso servicio a los hermanos gracias a la obra de vigorosos sacerdotes, religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa. Si queremos ponernos a la escucha de su ense?anza espiritual, no nos es dif?cil reconocer la llamada personal e inconfundible que nos dirigen: ?Sed santos! ?Poned en el centro de vuestra vida a Cristo! Construid sobre ?l el edificio de vuestra existencia. En Jes?s encontrar?is la fuerza para abriros a los otros y para hacer de vosotros mismos, con su ejemplo, un don para toda la humanidad.

En torno a Aquilea se encontraron unidos pueblos de lenguas y culturas diversas, que convergieron no s?lo por exigencias pol?ticas sino sobretodo por la fe en Cristo y por la civilizaci?n inspirada en la ense?anza evang?lica, la Civilizaci?n del Amor. Las Iglesias engendradas en Aquilea est?n hoy llamadas a reforzar aquella antigua unidad espiritual, en particular a la luz del fen?meno de la inmigraci?n y de las nuevas circunstancias geopol?ticas. La fe cristiana puede contribuir seguramente a concretar este programa, que afecta al desarrollo armonioso e integral del hombre y de la sociedad en la que vive. Mi presencia entre vosotros quiere ser, por este motivo, tambi?n un vivo apoyo a los esfuerzos que son desplegados para favorecer la solidaridad entre vuestras di?cesis del Noreste. Quiere ser, adem?s, un estimulo para cada iniciativa orientado a la superaci?n de aquellas divisiones que podr?an hacer vanas las concretas aspiraciones a la justicia y a la paz.

Este, hermanos, es mi auspicio, ?sta es la oraci?n que dirijo a Dios por todos vosotros, invocando la celeste intercesi?n de la Virgen Mar?a y de tantos santos y beatos, entre los cuales me es grato recordar a san P?o X y al beato Juan XXIII, pero tambi?n al venerable Giuseppe Toniolo, cuya beatificaci?n est? pr?xima. Estos luminosos testimonios del Evangelio son la riqueza m?s grande de vuestro territorio: seguid sus ejemplos y sus ense?anzas, conjug?ndolas con las exigencias actuales. Tened confianza: el Se?or resucitado camina con vosotros ayer hoy y siempre.??

[? Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:26  | Habla el Papa
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