S?bado, 11 de junio de 2011

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, con ocasi?n de la 112? peregrinaci?n arquidiocesana a Luj?n (14 de mayo de 2011) (AICA)

NO TENER MIEDO??????

La Palabra de Dios, que hemos recibido con fe, nos habla hoy de Mar?a, la Madre de Jes?s, y de su participaci?n en el misterio pascual. La Pascua es el paso del Se?or, a trav?s de la pasi?n y la muerte de cruz, hacia la vida plena y gloriosa de la resurrecci?n; el fruto de ese acontecimiento es nuestra salvaci?n, y esta se manifiesta en la efusi?n pentecostal del Esp?ritu y el nacimiento de la Iglesia. Mar?a estuvo all?, en el Calvario y en el Cen?culo, asoci?ndose ?ntimamente al misterio pascual de su Hijo, como Madre y a la vez imagen de la Iglesia.

El Evangelio de San Juan (19, 25-27) nos la muestra al pie de la cruz; en ese momento solemn?simo en la inminencia de su muerte redentora, Jes?s la llama Mujer, como lo hab?a hecho en las bodas de Can?, cuando cambi? el agua en vino. Ese apelativo es un t?tulo de profundidad admirable: Mar?a es la mujer por excelencia; en ella alcanzan su cumplimiento las grandes figuras femeninas del Antiguo Testamento, comenzando por Eva. En la etimolog?a popular, el nombre de la primera mujer fue asimilado a un verbo hebreo que significa dar la vida, de all? que se la considerase la madre de los vivientes. En realidad, a causa de su desobediencia result? ser madre de la humanidad destinada a la muerte. Mar?a en cambio es constituida por Jes?s Madre de los disc?pulos ?que al pie de la cruz estaban representadas por Juan, el disc?pulo amado? Madre de los redimidos, de los que reciben la vida verdadera ?vida eterna? en virtud de la muerte y resurrecci?n del Se?or. Pero el evangelista, despu?s de registrar la muerte de Jes?s, nos invita a contemplar el costado abierto por la lanza del soldado, y el agua y la sangre que brotan de ?l. Los Santos Padres y la tradici?n lit?rgica nos dicen que esos dos elementos, agua y sangre, simbolizan el bautismo y la eucarist?a, sacramentos con los cuales se edifica la Iglesia. La escena representa de alg?n modo el nacimiento de la Iglesia y Mar?a est? asociada a esa misteriosa generaci?n, ya que se uni? con su amor y su dolor al sacrificio de la redenci?n. En la liturgia mariana se canta hermosamente: ella que no sufri? dolores al dar a luz a su Hijo, los padeci?, inmensos, al hacernos renacer para ti.

En la primera lectura escuchamos c?mo el libro de los Hechos de los Ap?stoles (1, 12-14; 2, 1-4) nos presenta a los Once reunidos en el Cen?culo de Jerusal?n esperando en oraci?n el cumplimiento de la promesa de Jes?s, el env?o del Esp?ritu Santo. Estaban all? con Mar?a. El dato parece una indicaci?n circunstancial; sin embargo, encierra una verdad profund?sima. El autor de ese texto es San Lucas, quien en su Evangelio nos transmite el mensaje del ?ngel a la Virgen, cuando le anunci? que ser?a la Madre del Mes?as: El Esp?ritu Santo descender? sobre ti y el poder del Alt?simo te cubrir? con su sombra (Lc. 1, 35). As? fue engendrado Jes?s, por la acci?n misteriosa, sobrenatural, del Esp?ritu de Dios en Mar?a. En su segunda obra, los Hechos de los Ap?stoles, Lucas quiere se?alar que ella no pod?a estar ausente en el nacimiento de la Iglesia, que sale a luz cuando desciende sobre los primeros disc?pulos el Esp?ritu Santo prometido. La tradici?n iconogr?fica, en todas las representaciones de Pentecost?s, muestra a Mar?a en el centro, rodeada de los ap?stoles; ella es la c?lula germinal de la Iglesia, su imagen m?s precisa, su centro personal y la realizaci?n plena de la idea eclesial. La Iglesia ser? como ella receptora de la Palabra y del Esp?ritu, amor que cree y espera, esposa fiel y orante, madre virginal de una multitud de hijos.

La contemplaci?n de estas realidades espirituales nos llena de gozo y confiere? una hondura impensada al gesto sencillo de venir a Luj?n para mirar la imagen tan querida de Nuestra Se?ora, para abrirle nuestro coraz?n y presentarle nuestras intenciones. A la luz de esas verdades, con Mar?a, la Madre de Jes?s (Hech. 2, 14), comprendemos mejor nuestra vocaci?n cristiana y nuestra condici?n de miembros de la Iglesia. Sabemos que en la actualidad tenemos que considerarnos todos disc?pulos misioneros de Jesucristo. En el Documento de Aparecida leemos esta expresiva descripci?n de lo que somos: En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegr?a de ser disc?pulos del Se?or y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio. Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en Jesucristo, su Hijo, Salvador del mundo. La alegr?a que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres ? haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestras palabras y obras es nuestro gozo (28 s.).

Tal vez comprendemos m?s f?cilmente nuestra condici?n de disc?pulos y pensamos que a pesar de la exigencia que conlleva, a pesar tambi?n de nuestras debilidades e imperfecciones, podemos vivirla dignamente. Para muchos, en cambio, parece arduo ser misionero, como si se tratara de una especialidad reservada a algunos cristianos particularmente dotados, que eligen serlo en virtud de una vocaci?n extraordinaria. Por supuesto, existe en la Iglesia esa vocaci?n espec?fica; en esos casos, el nombre misionero adquiere una val?a singular. Pero tambi?n puede y debe decirse con propiedad de todo cristiano, para que pueda considerarse un cristiano cabal. Alguien se preguntar?: ?cu?ndo, d?nde, c?mo puedo ser misionero yo, que deseo ser un verdadero disc?pulo de Cristo? Hay que responder: siempre y en todo lugar, procurando en primer t?rmino que el testimonio de tu vida manifieste tu fe, y ayudando a los dem?s a acercarse a Jes?s; en las circunstancias cotidianas y en el ?mbito natural y m?s cercano de irradiaci?n: en la familia, en el barrio, en la escuela o el trabajo, entre los amigos y vecinos. Somos portadores de Cristo, crist?foros; lo llevamos con nosotros, como Mar?a, como la Iglesia, y lo comunicamos con alegr?a, porque esta funci?n misional es inseparable de nuestra vocaci?n cristiana. Debemos reconocer tambi?n que cada cristiano, en la medida de sus posibilidades, tiene que prepararse para participar de la misi?n eclesial mediante la oraci?n y alguna forma de estudio que le permita actualizar su conocimiento de la fe y en consecuencia lo habilite para responder adecuadamente a quien le pida raz?n de ella. Las parroquias, sobre todo, deben ser aut?nticos centros misioneros, escuelas de la verdad cat?lica y comunidades de oraci?n.

De una seria renovaci?n espiritual y pastoral de nuestras comunidades y de un nuevo vigor de la fe y del fervor misionero de los miembros de la Iglesia depende el futuro del catolicismo en la Argentina. En los ?ltimos a?os se han acentuado en nuestra sociedad los s?ntomas de un cambio cultural que no es, sin m?s, un fen?meno espont?neo, sino el resultado de un proyecto global cuidadosamente preparado. Se intenta imponer una hegemon?a ideol?gica con nuevos paradigmas de pensamiento y de vida: una nueva imagen del hombre, de su origen, esencia y destino; una nueva concepci?n de la vida y de la muerte, del amor y la sexualidad, el matrimonio y la familia; una nueva visi?n de la historia, en la que desaparezca la memoria del aporte cristiano. Las ideolog?as no pueden imponerse perdurablemente por la fuerza; podr?n dominar durante un tiempo mediante la violencia si logran superar las reacciones contrarias; pero al fin las realidades esenciales de la naturaleza humana volver?n por sus fueros. El cambio radical que se pretende operar requiere ser preparado mediante la transformaci?n del modo de pensar de la sociedad; hay que crear un nuevo pensamiento y nuevas valoraciones, construir un sentido com?n de la gente que responda a la ideolog?a, dosificando la intoxicaci?n espiritual para que no se advierta con claridad hacia d?nde se desliza la opini?n general. Para lograr ese trasbordo ideol?gico inadvertido es preciso apoderarse de los centros de creaci?n de cultura, las universidades, el sistema educativo en su conjunto, los medios de comunicaci?n, los ?mbitos art?sticos; sobre todo se aspira a educar con esas intenciones a las nuevas generaciones desde la ni?ez. Un l?cido comunista italiano, Antonio Gramsci, se?al? que los dos grandes obst?culos eran la Iglesia Cat?lica y la familia, que por lo tanto era preciso desprestigiar a la Iglesia Cat?lica y destruir a la familia. Es lo que est? ocurriendo, y desde hace tiempo, ante nuestros ojos.

Ese proyecto no podr?a cumplirse con ?xito si no se logra que los mismos cat?licos se mundanicen y adopten los nuevos modelos de pensamiento y de vida que se quiere imponer a la sociedad. Las crisis internas de la Iglesia, el prejuicio progresista contra la tradici?n cat?lica, la corrupci?n de la doctrina y de las costumbres, son hechos penosos que al igual que el desinter?s y la frivolidad colaboran eficazmente con el plan destructor. D?as pasados, en Venecia, el Santo Padre Benedicto XVI advert?a as? a los fieles: Tambi?n un pueblo tradicionalmente cat?lico puede asimilar casi inconscientemente los contragolpes de una cultura que termina por insinuar un modo de pensar en el cual es abiertamente rechazado, u ocultamente obstaculizado, el mensaje evang?lico. Parece una radiograf?a del pueblo argentino. En seguida, el Papa exhorta a no tener miedo de ir contra la corriente, a no ceder a las recurrentes tentaciones de la cultura hedonista; lo hace invocando la alegr?a verdadera que se encuentra s?lo en Dios. Es ?ste un desaf?o estimulante, es la convocatoria a una maravillosa aventura en la que ha de desplegarse, como una pasi?n que arrebata la vida, el amor y la esperanza de los cristianos, todos ellos disc?pulos misioneros de Jesucristo.

?No tener miedo! ?Por qu? tenerlo, si estamos con Mar?a, si perseveramos unidos a ella en la oraci?n, si ella nos acerca a Jes?s que nos la da como madre y atrae sobre nosotros al Esp?ritu Santo? Que sea hoy ?sta nuestra aspiraci?n y la s?plica que dejamos a sus pies: que se nos quite el miedo de ir contra la corriente, y que podamos arrostrar con buen ?nimo, con alegr?a, los obst?culos y las seducciones que se oponen a nuestra vocaci?n cristiana. Que ella, Nuestra Se?ora de Luj?n, tenga piedad de la Argentina. Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las s?plicas que te dirigimos en nuestras necesidades, sino l?branos de todos los peligros, siempre Virgen gloriosa y bendita.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:56  | Homil?as
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