Domingo, 12 de junio de 2011

ZENIT nos ofrece la catequesis que el Papa Benedicto XVI ha dirigido a los peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todo el mundo, recibi?ndolos en audiencia en la Plaza de San Pedro el mi?rcoles 18 de Mayo de 2011.?Dicha catequesis forma parte del ya iniciado ciclo sobre la oraci?n.

Queridos hermanos y hermanas,

en las dos ?ltimas catequesis hemos reflexionado sobre la oraci?n como fen?meno universal, que -incluso de distintas formas- est? presente en las culturas de todas las ?pocas. Hoy, sin embargo, querr?a comenzar un recorrido b?blico sobre este tema, que nos conducir? a profundizar en el di?logo de alianza entre Dios y el hombre, que anima la historia de salvaci?n, hasta su culmen, la palabra definitiva que es Jesucristo. Este camino nos har? detenernos en algunos textos importantes y figuras paradigm?ticas del Antiguo y Nuevo Testamento. Ser? Abraham, el gran Patriarca, padre de todos los creyentes (cfr?Rm?4,11-12.16-17), el que nos ofrece el primer ejemplo de oraci?n, en el episodio de intercesi?n por la ciudad de Sodoma y Gomorra. Y quisiera invitaros a aprovechar el recorrido que haremos en las pr?ximas catequesis para aprender a conocer mejor la Biblia, que espero que teng?is en vuestras casas, y, durante la semana, deteneros a leerla y meditarla en la oraci?n, para conocer la maravillosa historia de la relaci?n entre Dios y el hombre, entre el Dios que se comunica con nosotros y el hombre que responde, que reza.

El primer texto sobre el que vamos a reflexionar, se encuentra en el cap?tulo 18 del Libro del G?nesis; se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a su cima, tanto que era necesaria una intervenci?n de Dios para realizar un gran acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades. Aqu? interviene Abraham con su oraci?n de intercesi?n. Dios decide revelarle lo que le va a suceder y le hace conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, elegido para construir un gran pueblo y hacer que todo el mundo alcance la bendici?n divina. La suya es una misi?n de salvaci?n, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; a trav?s de ?l, el Se?or quiere llevar a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y entonces, este amigo de Dios se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que est?n a punto de ser castigados y pide que sean salvados.

Abraham afronta enseguida el problema en toda su gravedad, y dice al Se?or: ?Entonces Abraham se le acerc? y le dijo: ??As? que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ?Y t? vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en ?l? ?Lejos de ti hacer semejante cosa! ?Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ?Lejos de ti! ?Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?? (vv. 23-25). Con estas palabras, con gran valent?a, Abraham plantea a Dios la necesidad de evitar la justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar el crimen e infligir la pena, pero -afirma el gran Patriarca- ser?a injusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados como culpables. Dios, que es un juez justo, no puede actuar as?, dice Abraham, justamente, a Dios.

Si leemos, m?s atentamente el texto, nos damos cuenta de que la petici?n de Abraham es todav?a m?s seria y profunda, porque no se limita a pedir la salvaci?n para los inocentes. Abraham pide el perd?n para toda la ciudad y lo hace apelando a la justicia de Dios; dice, de hecho, al Se?or: ?Y t? vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en ?l?? (v. 24b). De esta manera pone en juego una nueva idea de justicia: no la que se limita a castigar a los culpables, como hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca el bien y lo crea a trav?s del perd?n que transforma al pecador, lo convierte y lo salva. Con su oraci?n, por tanto, Abraham no invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervenci?n de salvaci?n que, teniendo en cuenta a los inocentes, libera de la culpa tambi?n a los imp?os, perdon?ndoles. El pensamiento de Abraham, que parece casi parad?jico, se podr?a resumir as?: obviamente no se pueden tratar a los inocentes como a los culpables, esto ser?a injusto, es necesario, sin embargo, tratar a los culpables como a los inocentes, realizando un acto de justicia ?superior?, ofreci?ndoles una posibilidad de salvaci?n, por que si los malhechores aceptan el perd?n de Dios y confiesan su culpa, dej?ndose salvar, no continuar?n haciendo el mal, se convertir?n estos, tambi?n, en justos, sin necesitar nunca m?s ser castigados.

Es esta la petici?n de justicia que Abraham expresa en su intercesi?n, una petici?n que se basa en la certeza de que el Se?or es misericordioso. Abraham no pide a Dios una cosa contraria a su esencia, llama a la puerta del coraz?n de Dios conociendo su verdadera voluntad. Ya que Sodoma es una gran ciudad, cincuenta justos parecen poca cosa, pero la justicia de Dios y su perd?n ?no son quiz?s la manifestaci?n de la fuerza del bien, aunque si parece m?s peque?o y m?s d?bil que el mal? La destrucci?n de Sodoma deb?a frenar el mal presente en la ciudad, pero Abraham sabe que Dios tiene otro modos y medios para poner freno a la difusi?n del mal. Es el perd?n el que interrumpe la espiral de pecado, y Abraham, en su di?logo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Se?or acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oraci?n de intercesi?n comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina. Abraham -como recordamos- hace disminuir progresivamente el n?mero de los inocentes necesarios para la salvaci?n: si no son cincuenta, podr?an ser cuarenta y cinco, y as? hacia abajo, hasta llegar a diez, continuando con su s?plica, que se hace audaz en las insistencia: ?Quiz? no sean m?s de cuarenta..treinta... veinte... diez? (cfr vv. 29, 30, 31, 32), y seg?n es m?s peque?o el n?mero, m?s grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oraci?n, la acoge y repite despu?s de cada s?plica: ?perdonar?... no la destruir?... no lo har? (cfr vv. 26.28.29.30.31.32).

As?, por la intercesi?n de Abraham, Sodoma podr? ser salvada, si en ella se encuentran tan s?lo diez inocentes. Esta es la potencia de la oraci?n. Porque a trav?s de la intercesi?n, la oraci?n a Dios por la salvaci?n de los dem?s, se manifiesta y se expresa el deseo de salvaci?n que Dios tiene siempre hacia el hombre pecador. El mal, de hecho, no puede ser aceptado, debe ser se?alado y destruido a trav?s del castigo: la destrucci?n de Sodoma ten?a esta intenci?n. Pero el Se?or no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y que viva (cfr?Ez?18,23; 33,11); su deseo es perdonar siempre, salvar, dar la vida, transformar el mal en bien. Si bien, precisamente es este deseo divino el que, en la oraci?n se convierte en el deseo del hombre y se expresa a trav?s de las palabras de intercesi?n. Con su s?plica, Abraham est? prestando su propia voz, pero tambi?n su propio coraz?n, a la voluntad divina: el deseo de Dios es misericordia, amor y voluntad de salvaci?n, y este deseo de Dios ha encontrado en Abraham y en su oraci?n la posibilidad de manifestarse en modo concreto en en la historia de los hombres, para estar presente donde hay necesidad de gracia. Con la voz de su oraci?n, Abraham est? dando voz al deseo de Dios, que no es el de destruir, sino el de salvar a Sodoma, dar vida al pecador convertido.

Y esto es lo que el Se?or quiere, y su di?logo con Abraham es una prolongada e inequ?voca manifestaci?n de su amor misericordioso. La necesidad de encontrar hombres justos en la ciudad se vuelve cada vez m?s, en menos exigente y al final s?lo bastan diez para salvar a la totalidad de la poblaci?n. Por qu? motivo Abraham se detuvo en diez, no lo dice el texto. Quiz?s es un n?mero que indica un n?cleo comunitario m?nimo (todav?a hoy, diez personas, constituyen el quorum necesario para la oraci?n p?blica hebrea). De todas maneras, se trata de un n?mero exiguo, una peque?a parcela del bien para salvar a un gran mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucci?n parad?jicamente necesaria por la oraci?n de intercesi?n de Abraham. Porque precisamente esa oraci?n ha revelado la voluntad salv?fica de Dios: el Se?or estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin tener unos pocos inocentes desde donde comenzar a transformar el mal en bien.

Porque es este el camino de salvaci?n que tambi?n Abraham ped?a: ser salvados no quiere decir simplemente escapar del castigo, sino ser liberados del mal que nos habita. No es el castigo el que debe ser eliminado, sino el pecado, ese rechazo a Dios y del amor que lleva en s? el castigo. Dir? el profeta Jerem?as al pueblo rebelde: ??Que tu propia maldad te corrija y tus apostas?as te sirvan de escarmiento! Reconoce, entonces, y mira qu? cosa tan mala y amarga es abandonar al Se?or, tu Dios? (Jer 2,19). Es de esta tristeza y amargura de donde el Se?or quiere salvar al hombre liber?ndolo del pecado. Pero es necesaria una transformaci?n desde el interior, una pizca de bien, un comienzo desde donde partir para cambiar el mal en bien, el odio en amor, la venganza en perd?n. Por esto los justos ten?an que estar dentro de la ciudad, y Abraham continuamente repite: ?Quiz?s all? se encuentren...? ?all?: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede resanar y devolver la vida. Y una palabra dirigida tambi?n a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien, que hagamos lo necesario para que no sean s?lo diez justos, para conseguir realmente, hacer vivir y sobrevivir a nuestras ciudades y para salvarlas de esta amargura interior que es la ausencia de Dios. Y en la realidad enferma de Sodoma y Gomorra aquel germen de bien no estaba.

Pero la misericordia de Dios en la historia de su pueblo se ampl?a m?s tarde. Si para salvar Sodoma eran necesarios diez justos, el profeta Jerem?as dir?, en nombre del Omnipotente, que basta s?lo un justo para salvar Jerusal?n: ?Recorred las calles de Jerusal?n, mirad e informaos bien; buscad por sus plazas a ver si encontr?is un hombre, si hay alguien que practique el derecho, que busque la verdad y yo perdonar? a la ciudad? (Jer 5,1). El n?mero ha bajado a?n m?s, la bondad de Dios se muestra a?n m?s grande. -y ni siquiera esto basta, la sobreabundante misericordia de Dios no encuentra la respuesta del bien que busca, y Jerusal?n cae bajo asedio de los enemigos. Ser? necesario que Dios se convierta en ese justo. Y este es el misterio de la Encarnaci?n: para garantizar un justo, ?l mismo se hace hombre. El justo estar? siempre porque es ?l: es necesario que Dios mismo se convierta en ese justo. El infinito y sorprendente amor divino ser? manifestado en su plenitud cuando el Hijo de Dios se hace hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente, que llevar? la salvaci?n al mundo entero muriendo en la cruz, perdonando e intercediendo por quienes ?no saben lo que hacen? (Lc?23,34). Entonces la oraci?n de todo hombre encontrar? su respuesta , entonces todas nuestras intercesiones ser?n plenamente escuchadas.

Queridos hermanos y hermanas, la s?plica de Abraham, nuestro padre en la fe, nos ense?e a abrir cada vez m?s, el coraz?n a la misericordia sobreabundante de Dios, para que en la oraci?n cotidiana sepamos desear la salvaci?n de la humanidad y pedirla con perseverancia y con confianza al Se?or que es grande en el amor. Gracias.

[En espa?ol dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa?ola, en particular a los grupos provenientes de Espa?a, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina, M?xico y otros pa?ses latinoamericanos. Invito a todos a conocer cada vez m?s la Biblia, a leerla y meditarla en la oraci?n para profundizar as? en la maravillosa historia de Dios con el hombre, y abrir el coraz?n a la sobreabundante misericordia divina. Muchas gracias.

[En italiano dijo]

Saludo finalmente a los j?venes, a los enfermos y a los reci?n casados. Queridos j?venes, espero que sep?is reconocer en medio de tantas otras voces del este mundo, la de Cristo, que continua invitando al coraz?n de quien sabe escuchar. Sed generosos en seguirlo, no teng?is en poner todas vuestras energ?as y vuestro entusiasmo al servicio del Evangelio. Y vosotros, queridos enfermos, abrid el coraz?n con confianza; ?l no os dejar? sin la luz consoladora de su presencia. Finalmente a vosotros, queridos reci?n casados, espero que vuestras familias respondan a la vocaci?n de ser transparentes al amor de Dios. Gracias.

[Traducci?n del original italiano por Carmen ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:57  | Habla el Papa
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