Jueves, 16 de junio de 2011

Homil?a de monse?or Antonio Marino, obispo electo de Mar del Plata, en la misa de despedida de la arquidi?cesis de La Plata
(Catedral de La Plata, s?bado 21 de mayo de 2011). (AICA)

?DEMOS GRACIAS AL SE?OR PORQUE ES BUENO???????????????

Queridos hermanos:

Esta Santa Misa tiene el car?cter de una despedida de esta querida arquidi?cesis, en la cual durante ocho a?os he sido estrecho colaborador del arzobispo, Mons. Aguer, en su gobierno pastoral.

En este ?mbito de la celebraci?n eucar?stica, donde toda circunstancia de la vida se ilumina y adquiere su verdadero significado a la luz del misterio pascual de Cristo, repaso el itinerario recorrido y siento la necesidad de agradecer a Dios que en su providencia ha querido traerme a esta porci?n de la Iglesia. Las palabras iniciales del salmo 118 pueden ser el resumen de todo cuanto diga: ??Den gracias al Se?or, porque es bueno, porque es eterno su amor!?.

Mi gratitud a Dios se prolonga naturalmente en el reconocimiento hacia un gran n?mero de hermanos y hermanas que se cruzaron en mi camino y me han hecho un bien o me lo han deseado en su oraci?n. Son muchos, en efecto, los que han dejado en mi alma un regalo de bondad, un recuerdo imborrable, una huella de gracia.

Dentro de unos d?as, en la fiesta de la Visitaci?n, se cumplir?n ocho a?os desde la fecha de mi ordenaci?n episcopal, acontecida en el marco de esta espl?ndida catedral. En esa oportunidad, el pastor de esta arquidi?cesis me recib?a y ordenaba como su obispo auxiliar. Comenzaba as? mi servicio episcopal. Adem?s del arzobispo, me rodeaban numerosos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos de distintas procedencias. La cordialidad de la buena recepci?n de aquel d?a se fue manifestando a lo largo del tiempo hasta el d?a de hoy.

Se iniciaba para m? una nueva etapa, bien distinta de la anterior. Ante todo, la plenitud del sacerdocio me compromet?a con un v?nculo nuevo a un servicio m?s exigente a Cristo y a su Iglesia. Pero, adem?s, se ampliaba y enriquec?a mi experiencia eclesial en nuevos horizontes.

Instalado desde el comienzo en el Seminario arquidiocesano, ?ste ocup? una parte preponderante de mi tiempo y de mi labor pastoral. Respetuoso de los roles institucionales, fui all? hu?sped silencioso y al mismo tiempo o?do atento de las necesidades espirituales y humanas de los seminaristas. La ocasi?n me llev? tambi?n a continuar con el ejercicio de la docencia, ministerio eclesial de enorme importancia y bien grato para m?. Dios es testigo del amor que desde mi lugar he procurado poner en el servicio de esta instituci?n, que con raz?n es llamada, por el decreto conciliar Optatam totius, ?el coraz?n de la di?cesis? (OT 5). Expreso ahora mi reconocimiento y gratitud hacia los dos rectores que he conocido y hacia los superiores y los padres de esa casa, por haberme hecho sentir el Seminario como un lugar privilegiado y entra?able, lleno de promesas y de fundadas esperanzas, bajo el patrocinio de San Jos?.

La formaci?n permanente del clero, me permiti? trabajar en asidua colaboraci?n con un equipo de sacerdotes entusiastas al que quiero agradecer por su compromiso y por la seriedad con que asumieron sus responsabilidades, y tambi?n por la alegr?a sacerdotal que han sabido poner en las diversas iniciativas. Los miembros de la Comisi?n se fueron renovando y han servido de puente para una comuni?n m?s profunda y fluida de los sacerdotes en el interior del presbiterio.

Las religiosas y consagradas me fueron confiadas desde el principio y debo reconocer ante Dios y ante ustedes todo el bien espiritual que el trato con ellas me ha deparado. Porci?n selecta de la Iglesia y potencial evangelizador de primer orden; riqueza muchas veces oculta y fragancia de Cristo en medio de este mundo por momentos hostil y a veces indiferente, pero tambi?n intrigado por el misterio de estas vidas entregadas a una causa que une en un mismo amor a Cristo esposo y al pr?jimo donde ?ste se hace presente en sus distintas necesidades. Deseo mencionar la instituci?n del Orden de las V?rgenes Consagradas, el 15 de agosto de 2006, germen precioso llamado a crecer.

Por pedido del arzobispo me toc? asumir protagonismo en la formaci?n de los aspirantes y candidatos al diaconado permanente. Una feliz iniciativa del Consejo Presbiteral aprobada por Mons. Aguer, permiti? revitalizar esta instituci?n ya existente en la arquidi?cesis y que a todos nos recuerda la presencia de Cristo entre nosotros, Servidor de Dios y de los hombres. Pude contar para ello con la valiosa y convencida colaboraci?n de sacerdotes id?neos con quienes fue posible dar forma concreta a una experiencia eclesial apasionante, que sigue en curso de maduraci?n y crecimiento.

La direcci?n de la C?tedra Libre de Pensamiento Cristiano, creada en 2004 en el ?mbito de la Universidad Nacional de La Plata, fue uno de los compromisos m?s significativos de mi estad?a en la arquidi?cesis. Exteriormente los logros pueden parecer modestos, pero si miramos con l?gica evang?lica, entendemos que lo grande surge de lo peque?o; y que el s?lido arbusto donde se cobijan las aves del cielo comenz? siendo el simple punto negro de un grano de mostaza. En armon?a con la l?gica de la Encarnaci?n, el encuentro entre la fe y la cultura ha sido desde el nacimiento de la Iglesia fruto precioso de la tarea evangelizadora. Como lo ha dicho el beato papa Juan Pablo II en feliz expresi?n, la Universidad ha surgido ex corde Ecclesiae, ?del coraz?n de la Iglesia?, y junto con ese gran papa recordamos que ?una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, enteramente pensada o fielmente vivida? (Carta aut?grafa de instituci?n del Consejo Pontificio de la Cultura, 1982). Por todo esto, aunque la Iglesia Platense cuente con una Universidad Cat?lica que procura crecer en calidad y en la irradiaci?n de una cultura cristiana, siente igualmente la necesidad de entrar en di?logo, a veces tenso, con la cultura secular.

El encargo eclesial me condujo a representar el pensamiento de la Iglesia acerca del bien inalterable del matrimonio y la familia, en uno de los debates m?s trascendentes para la vida en sociedad. Pude experimentar entonces la verdad de las palabras del Se?or: ?Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a m? (Jn 15,18).

Expreso mi reconocimiento y gratitud al nuevo obispo auxiliar Mons. Nicol?s Baisi y a todos los colaboradores, sacerdotes y laicos, de la Curia y del Seminario, y a los miembros de instituciones arquidiocesanas que he conocido y me han brindado un servicio desde funciones diversas.

A lo largo de estos a?os he podido comprobar en la experiencia directa la riqueza de esta arquidi?cesis que cuenta con una notable tradici?n intelectual, espiritual y pastoral. Hombres y mujeres de todas las condiciones y con vocaciones bien distintas han contribuido a enriquecer su historia. Ser?a largo el elenco de te?logos y fil?sofos, biblistas y canonistas, hombres y mujeres dedicados a estudios human?sticos, al arte en sus distintas manifestaciones, incluida la musical; o bien p?rrocos de generoso compromiso y estimulante capacidad de iniciativa. Menciono algunos nombres de pastores, como el arzobispo Francisco Alberti, el P. Antonio Sagrera, Mons. Rafael Trotta, Mons. Lodigiani, Mons. Pearson, entre otras personalidades, que integran una larga lista que los platenses podr?n completar. No puedo dejar de mencionar la gran figura de la beata Mar?a Ludovica de Angelis, s?mbolo de muchas otras vidas que proclaman bien alto, con frecuencia desde el trabajo silencioso, la aptitud que tiene la fe cristiana para volver m?s humana esta vida terrenal. Cuando buscamos en primer lugar el Reino de Dios y su justicia, la a?adidura no tarda en llegar.

Con este repaso necesariamente somero e imperfecto de los ?mbitos principales de mi actuaci?n, s?lo he querido brindar la materia para dirigir la mirada hacia el ?nico centro de referencia verdaderamente importante, que es el ?Padre de nuestro Se?or Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo? (2Cor 1,3), el que ?por medio de Cristo? hace que ?abunde nuestro consuelo? (2Cor 1,5), ?el que tambi?n nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias de su Esp?ritu? (2Cor 1,22). He querido volver sobre mis pasos y nombrar las circunstancias del camino para conducir todo a ?la alabanza de la gloria de su gracia? (Ef 1,6).

Son pocos los hombres que por designio providencial llenan de inter?s memorable el polvo de sus pasos. S?lo aspiro a ser un eslab?n m?s en una tradici?n donde poco importan los nombres y mucho m?s la fecundidad.

Muy desorientada andar?a mi conciencia si a esta altura no hubiese yo asimilado la lecci?n de San Pablo: ??Y qu? tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ?por qu? te glor?as como si no lo hubieras recibido?? (1Cor 4,7). El administrador no debe usurpar el lugar que s?lo corresponde al Se?or. As? nos lo ense?a el mismo Ap?stol: ?Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel. En cuanto a m?, poco me importa que me juzguen ustedes o un tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo? (1Cor 4,1-3).

El coraz?n de un obispo es a menudo el campo donde se encuentran fuerzas en pugna: los datos de la realidad y los principios morales y evang?licos, la actitud misericordiosa y las exigencias de la objetividad, la presi?n cultural y el necesario discernimiento entre el bien y el mal, entre lo bueno y lo mejor, entre lo malo y lo peor. Si la verdad y el amor deben ir juntos, no siempre es f?cil conjugarlos en las situaciones concretas. En determinadas circunstancias, la realidad admite un ?nico juicio de valor, pues las cosas son doctrinalmente claras y s?lo se requiere un testimonio de fortaleza de parte del pastor y el ejercicio de su libertad espiritual. Pero en muchas otras oportunidades, el obispo experimenta perplejidad y debe resolver en soledad cuestiones gr?vidas en consecuencias. Por eso, siente la necesidad de saberse socorrido por la gracia que viene de lo alto y por la caridad de la oraci?n eclesial. Hoy de un modo especial, les pido este ?nico favor.

A modo de conclusi?n, junto con todos ustedes, deseo repetir la doxolog?a del Ap?stol en la Carta a los Efesios: ?A aquel que es capaz de hacer infinitamente m?s de lo que podemos pedir o pensar, por el poder que obra en nosotros, a ?l sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jes?s, por todas las generaciones y para siempre! Am?n? (Ef 3,20-21).?

Mons. Antonio Marino, obispo auxiliar de La Plata y electo de Mar del Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:46  | Homil?as
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