S?bado, 02 de julio de 2011

ZENIT? nos ofrece el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigi? a los superiores y alumnos de la Academia Pontificia Eclesi?stica, en la sala del Consistorio del Palacio Apost?lico Vaticano.

Venerado hermano en el episcopado,
queridos sacerdotes,

Estoy contento de reunirme, tambi?n este a?o, con la comunidad de los Alumnos de la Academia Pontificia Eclesi?stica. Saludo al presidente, monse?or Beniamino Stella, y le agradezco sus amables palabras con las que ha interpretado vuestros sentimientos. Saludo con afecto a todos vosotros, que os prepar?is para ejercer un particular ministerio en la Iglesia.

La diplomacia pontificia, como es llamada com?nmente, tiene una largu?sima tradici?n y su actividad ha contribuido de manera relevante a plasmar, en la edad moderna, la fisonom?a misma de las relaciones diplom?ticas entre los estados. En la concepci?n tradicional, ya propia del mundo antiguo, el enviado, el embajador, es, esencialmente, el que ha sido nombrado para la encargo de llevar de manera autorizada la palabra del Soberano, y por esto, puede representarlo y negociar en su nombre. La solemnidad de la ceremonia, los honores rendidos tradicionalmente a la persona del enviado, que asum?an tambi?n rasgos religiosos, son, en realidad, un tributo realizado a aquel que representa y al mensaje del que se hace int?rprete. El respeto hacia el enviado constituye una de las formas m?s altas de reconocimiento, por parte de una autoridad soberana, del derecho a existir, en un plano de igual dignidad, de sujetos distintos a s? mismo.

Acoger, por tanto, un enviado como interlocutor, recibir la palabra, significa poner las bases de la posibilidad de una coexistencia pac?fica. Se trata de un papel delicado, que exige, por parte del enviado, la capacidad de ampliar tal palabra de manera que sea al mismo tiempo fiel, lo m?s respetuosa posible por la sensibilidad y por la opini?n de los dem?s, y eficaz. Aqu? est? la verdadera habilidad del diplom?tico y no, como ahora se cree err?neamente, en la astucia o estos comportamientos que representan sobre todo las degeneraciones de la pr?ctica diplom?tica. Lealtad, coherencia, y profunda humanidad son las virtudes fundamentales de cualquier enviado, que est? llamado a colocar no s?lo su propio trabajo y sus propias cualidades, pero, de cualquier modo, la persona en su conjunto, al servicio de una palabra que no es suya.

Las r?pidas transformaciones de nuestra ?poca han reconfigurado profundamente la figura y el papel de los representantes diplom?ticos; su misi?n es, sin embargo, la misma: la de ser el medio de una correcta comunicaci?n entre los que ejercitan la funci?n de gobierno y, por consiguiente, instrumento de construcci?n de la comuni?n posible entre los pueblos y de la consolidaci?n entre ellos de relaciones pac?ficas y solidarias.

?C?mo se coloca, en todo esto, la persona y la acci?n del diplom?tico de la Santa Sede, que obviamente presenta aspectos totalmente particulares? Este, en primer lugar -como se ha destacado muchas veces- es un sacerdote, un obispo. Un hombre, por tanto, que ha elegido vivir al servicio de una Palabra que no es la suya. De hecho, es un servidor de la Palabra de Dios, y ha sido dotado, como todo sacerdote, de una misi?n que no puede ser realizada a tiempo parcial, sino que le exige ser, con toda su vida, un eco del mensaje que le ha sido confiado, el del Evangelio. Es propiamente sobre la base de esta identidad sacerdotal, muy clara y vivida de modo profundo, donde se inserta, con cierta naturalidad, el deber espec?fico de hacerse portador de la palabra del Papa, del horizonte universal de su ministerio y de su caridad pastoral, con respecto a las Iglesias particulares y frente a las instituciones en las que se ejercita leg?timamente la soberan?a en el ?mbito estatal o de las organizaciones internacionales.

En el ejercicio de esta misi?n, el diplom?tico de la Santa Sede est? llamado a hacer uso de sus dones humanos y sobrenaturales. Es f?cil comprender como, en el ejercicio de un ministerio tan delicado, la atenci?n por la propia vida espiritual, la pr?ctica de las virtudes humanas y la formaci?n de una s?lida cultura vayan de la mano y se apoyen mutuamente. Son dimensiones que permiten mantener un profundo equilibrio interior, en un trabajo que exige, entre otras cosas, la capacidad de apertura al otro, la ecuanimidad en el juicio, distancia cr?tica de las opiniones personales, sacrificio, paciencia, constancia y a veces, tambi?n, firmeza en el di?logo hacia todos. Por otro lado, el servicio a la persona del Sucesor de Pedro, que Cristo a constituido como principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comuni?n (cfr. Conc. Vat. I,?Pastor Aeternus, Denz. 1821 (3051); Conc. Vat. II,?Lumen Gentium, 18), permite vivir en una constante y profunda referencia a la catolicidad de la Iglesia. Y all? donde hay apertura a la objetividad de la catolicidad, all? est? tambi?n el principio de una aut?ntica personalizaci?n: la vida empleada en el servicio al Papa y en la comuni?n eclesial es, bajo este perfil, extremadamente enriquecedora.

Queridos alumnos de la Academia Pontificia Eclesi?stica, en el compartir con vosotros estos pensamientos, os exhorto a comprometeros totalmente en el camino de vuestra formaci?n; y, en este momento, me acuerdo, con particular reconocimiento, de los Nuncios, Delegados Apost?licos, Observadores Permanentes y a todos los que prestan servicio en las Representaciones Pontificias esparcidas por el mundo. De buen grado imparto sobre vosotros, sobre el presidente, sobre sus colaboradores y sobre la comunidad de las religiosas Franciscanas Misioneras de Jes?s Ni?o, la Bendici?n Apost?lica.

Traducci?n del original italiano por Carmen ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:43  | Habla el Papa
 | Enviar