Jueves, 07 de julio de 2011

ZENIT? nos ofrece a continuaci?n la catequesis que el Papa Benedicto XVI pronunci?el mi?rcoles 15 de Junio de 2011?durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas,

en la historia religiosa del antiguo Israel, tuvieron gran relevancia los profetas con sus ense?anzas y su predicaci?n. Entre ellos surge la figura de El?as, suscitado por Dios para llevar al pueblo a la conversi?n. Su nombre significa ?el Se?or es mi Dios? y de acuerdo con este nombre se desarrolla toda su vida, consagrada totalmente a provocar en el pueblo el reconocimiento del Se?or como ?nico Dios. De El?as el Eclesi?stico dice?Despu?s surgi? como un fuego el profeta El?as, su palabra quemaba como una antorcha? (Eclo 48,1). Con esta llama Israel vuelve a encontrar su camino hacia Dios. En su ministerio, El?as reza: invoca al Se?or para que devuelva a la vida al hijo de una viuda que le hab?a hospedado (cfr 1Re 17,17-24), grita a Dios su cansancio y su angustia mientras huye por el desierto, buscado a muerte por la reina Jezabel (cfr 1Re 19,1-4), pero se sobre todo en el monte Carmelo donde se muestra todo su poder de intercesor, cuando ante todo Israel, reza al Se?or para que se manifieste y convierta el coraz?n del pueblo. Es el episodio narrado en el cap?tulo 18 del Primer Libro de los Reyes, en el que hoy nos detendremos.

Nos encontramos en el reino del Norte, en el siglo IX antes de Cristo, en tiempos del rey Ajab, en un momento en el que Israel se hab?a creado una situaci?n de abierto sincretismo. Junto al Se?or, el pueblo adoraba a Baal, el ?dolo tranquilizador del que se cre?a que ven?a el don de la lluvia, y al que por ello se atribu?a el poder de dar fertilidad a los campos y vida a los hombres y a las bestias. A?n pretendiendo seguir al Se?or, Dios invisible y misterioso, el pueblo buscaba seguridad tambi?n en un dios comprensible y previsible, del que cre?a poder obtener fecundidad y prosperidad a cambio de sacrificios. Israel estaba cediendo a la seducci?n de la idolatr?a, la continua tentaci?n del creyente, figur?ndose poder ?servir a dos se?ores? (cfr Mt 6,24; Lc 16,13), y de facilitar los caminos inescrutables de la fe en el Omnipotente poniendo su confianza tambi?n en un dios impotente hecho por hombres.

Precisamente para desenmascarar la necedad enga?osa de esta actitud, El?as hace reunir al pueblo de Israel en el monte Carmelo y le pone ante la necesidad de hacer una elecci?n: ?Si el Se?or es Dios, seguidle; si es Baal, seguidle a ?l?(1Re 18, 21). Y el profeta, portador del amor de Dios, no deja sola a su gente ante esta elecci?n, sino que la ayuda indicando el signo que revelar? la verdad: tanto ?l como los profetas de Baal preparar?n un sacrificio y rezar?n, y el verdadero Dios se manifestar? respondiendo con el fuego que consumir? la ofrenda. Comienza as? la confrontaci?n entre el profeta El?as y los seguidores de Baal, que en realidad es entre el Se?or de Israel, Dios de salvaci?n y de vida, y el ?dolo mudo y sin consistencia, que no puede hacer nada, ni para bien ni para mal (cfr Jr 10,5). Y comienza tambi?n la confrontaci?n entre dos formas completamente distintas de dirigirse a Dios y de rezar.

Los profetas de Baal, de hecho, gritan, se agitan, bailan, saltan, entran en un estado de exaltaci?n llegando a hacerse incisiones en el cuerpo, ?con espadas y lanzas, hasta estar cubiertos de sangre?(1Re 18,28). Hacen recurso a s? mismos para interpelar a su dios, confiando en sus propias capacidades para provocar su respuesta. Se revela as? la realidad enga?osa del ?dolo: ?ste est? pensado por el hombre como algo de lo que se puede disponer, que se puede gestionar con las propias fuerzas, al que se puede acceder a partir de s? mismos y de la propia fuerza vital. La adoraci?n del ?dolo, en lugar de abrir el coraz?n humano a la Alteridad, a una relaci?n liberadora que permita salir del espacio estrecho del propio ego?smo para acceder a dimensiones de amor y de don mutuo, encierra a la persona en el c?rculo exclusivo y desesperante de la b?squeda de s? misma. Y el enga?o es tal que, adorando al ?dolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, en el tentativo ilusorio de someterlo a su propia voluntad. Por ello los profetas de Baal llegan hasta hacerse da?o, a infligirse heridas en el cuerpo, en un gesto dram?ticamente ir?nico: para obtener una respuesta, un signo de vida de su dios, se cubren de sangre, recubri?ndose simb?licamente de muerte.

Muy distinta es la actitud de oraci?n de El?as. ?l pide al pueblo que se acerque, implic?ndolo as? en su acci?n y en su s?plica. El objetivo del desaf?o dirigido por ?l a los profetas de Baal era el de volver a llevar a Dios al pueblo que se hab?a extraviado siguiendo a los ?dolos; por eso quiere que Israel se una a ?l, convirti?ndose en part?cipe y protagonista de su oraci?n y de cuanto est? sucediendo. Despu?s el profeta erige un altar, utilizando, como recita el texto, ?doce piedras, conforme al n?mero de los hijos de Jacob, a quien el Se?or hab?a dirigido su palabra, dici?ndole: Te llamar?s Israel? (v. 31). Esas piedras representan a todo Israel y son la memoria tangible de la historia de elecci?n, de predilecci?n y de salvaci?n de que el pueblo ha sido objeto. El gesto lit?rgico de El?as tiene una repercusi?n decisiva; el altar es el lugar sagrado que indica la presencia del Se?or, pero esas piedras que lo componen representan al pueblo, que ahora, por mediaci?n del profeta, est? puesto simb?licamente ante Dios, se convierte en "altar", lugar de ofrenda y de sacrificio.

Pero es necesario que el s?mbolo se convierta en realidad, que Israel reconozca al verdadero Dios y vuelva a encontrar su propia identidad de pueblo del Se?or. Por ello El?as pide a Dios que se manifieste, y esas doce piedras que deb?an recordar a Israel su verdad sirven tambi?n para recordar al Se?or su fidelidad, a la que el profeta apela en la oraci?n. Las palabras de su invocaci?n son densas en significado y en fe: ??Se?or, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel! Que hoy se sepa que t? eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya hice todas estas cosas. Resp?ndeme, Se?or, resp?ndeme, para que este pueblo reconozca que t?, Se?or, eres Dios, y que eres t? el que les ha cambiado el coraz?n? (vv. 36-37; cfr Gen 32, 36-37). El?as se dirige al Se?or llam?ndole Dios de los Padres, haciendo as? memoria impl?cita de las promesas divinas y de la historia de elecci?n y de alianza que uni? indisolublemente al Se?or y a su pueblo. La implicaci?n de Dios en la historia de los hombres es tal, que su Nombre est? ya inseparablemente unido al de los Patriarcas, y el profeta pronuncia ese Nombre santo para que Dios recuerde y se muestre fiel, pero tambi?n para que Israel se sienta llamado por su nombre y vuelva a encontrar su fidelidad. El t?tulo divino pronunciado por El?as parece de hecho un poco sorprendente. En lugar de usar la f?rmula habitual, ?Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob?, utiliza un apelativo menos com?n: ?Dios de Abraham, de Isaac y de Israel?. La sustituci?n del nombre ?Jacob? con ?Israel? evoca la lucha de Jacob en el vado del Yaboq, con el cambio de nombre al que el narrador hace una referencia expl?cita (cfr Gen 32,31) y del que habl? en una de las catequesis pasadas. Esta sustituci?n adquiere un significado m?s dentro de la invocaci?n de El?as. El profeta est? rezando por el pueblo del reino del Norte, que se llamaba precisamente Israel, distinto de Jud?, que indicaba el reino del Sur. Y ahora, este pueblo, que parece haber olvidado su propio origen y su propia relaci?n privilegiada con el Se?or, se siente llamar por su nombre mientras se pronuncia el Nombre de Dios, Dios del Patriarca y Dios del pueblo: ?Se?or, Dios [?] de Israel, que se sepa hoy que tu eres Dios en Israel?.

El pueblo por el que reza El?as es puesto ante su propia verdad, y el profeta pide que tambi?n la verdad del Se?or se manifieste y que ?l intervenga para convertir a Israel, apart?ndolo del enga?o de la idolatr?a y llev?ndolo as? a la salvaci?n. Su petici?n es que el pueblo finalmente sepa, conozca en plenitud quien es verdaderamente su Dios, y haga la elecci?n decisiva de seguirle s?lo a ?l, el verdadero Dios. Porque s?lo as? Dios es reconocido por lo que es, Absoluto y Trascendente, sin la posibilidad de ponerle junto a otros dioses, que Le negar?an como absoluto, relativiz?ndole. Esta es la fe que hace de Israel el pueblo de Dios; es la fe proclamada en el bien conocido texto del Shema? Israel: ??Escucha, Israel: el Se?or, nuestro Dios, es el ?nico Se?or. Amar?s al Se?or, tu Dios, con todo tu coraz?n, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt6,4-5). Al absoluto de Dios, el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas, su coraz?n. Y es precisamente para el coraz?n de su pueblo que el profeta con su oraci?n est? implorando conversi?n: ?que este pueblo reconozca que t?, Se?or, eres Dios, y que eres t? el que les ha cambiado el coraz?n? (1Re 18,37). El?as, con su intercesi?n, pide a Dios lo que Dios mismo desea hacer, manifestarse en toda su misericordia, fiel a su propia realidad de Se?or de la vida que perdona, convierte, transforma.

Y esto es lo que sucede: ?cay? el fuego del Se?or: Abras? el holocausto, la le?a, las piedras y la tierra, y sec? el agua de la zanja. Al ver esto, todo el pueblo cay? con el rostro en tierra y dijo: '?El Se?or es Dios! ?El Se?or es Dios!'? (vv. 38-39). El fuego este elemento a la vez necesario y terrible, ligado a las manifestaciones divinas de la zarza ardiente y del Sina?, ahora sirve para mostrar el amor de Dios que responde a la oraci?n y se revela a su pueblo. Baal, el dios mudo e impotente, no hab?a respondido a las invocaciones de sus profetas; el Se?or en cambio responde, y de forma irrevocable, no s?lo quemando el holocausto, sino incluso secando toda el agua que hab?a sido derramada en torno al altar. Israel ya no puede tener dudas; la misericordia divina ha salido al encuentro de su debilidad, de sus dudas, de su falta de fe. Ahora, Baal, el ?dolo vano, est? vencido, y el pueblo, que parec?a perdido, ha encontrado el camino de la verdad y se ha reencontrado a s? mismo.

Queridos hermanos y hermanas, ?qu? nos dice a nosotros esta historia del pasado? ?Cu?l es el presente de esta historia? Ante todo est? en cuesti?n la prioridad del primer mandamiento; adorar s?lo a Dios. Donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud de idolatr?as, como han mostrado, en nuestro tiempo, los reg?menes totalitarios, y como muestran tambi?n diversas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ?dolos, de idolatr?as; le esclavizan. Segundo, el objetivo primario de la oraci?n es la conversi?n: el fuego de Dios que transforma nuestro coraz?n y nos hace capaces de ver a Dios, y as?, de vivir seg?n Dios y de vivir para el otro. Y el tercer punto. Los Padres nos dicen que tambi?n esta historia de un profeta es prof?tica, si ? dicen ? es sombra del futuro, del futuro Cristo; es un paso en el camino hacia Cristo. Y nos dicen que aqu? vemos el verdadero fuego de Dios: el amor que gu?a al Se?or hasta la cruz, hasta el don total de s?. La verdadera adoraci?n de Dios, entonces, es darse a s? mismo a Dios y a los hombres, la verdadera adoraci?n es el amor. Y la verdadera adoraci?n de Dios no destruye, sino que renueva, transforma. Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente as? no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro coraz?n. Y as? realmente vivos por la gracia del fuego del Esp?ritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en esp?ritu y en verdad. Gracias.

[En espa?ol dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa?ola, en particular a los grupos provenientes de Espa?a, Argentina, M?xico y otros pa?ses Latinoamericanos. Invito a todos a pedir al Se?or que nos haga capaces de ser aut?nticos mediadores ante nuestros hermanos, y as? indicar el camino de la fe del ?nico Dios, que quiere revelarse a todos los hombres para convertirlos y llevarlos a la salvaci?n.

[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:58  | Habla el Papa
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