Viernes, 08 de julio de 2011

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de colaci?n de los ministerios del lectorado y el acolitado (Iglesia del Seminario, 11 de junio de 2011). (AICA)

HOMBRES BUENOS, LLENOS DEL ESP?RITU SANTO Y DE FE????????????

?La memoria lit?rgica de hoy nos invita a venerar a uno de los principales protagonistas de la primera generaci?n cristiana. Se llamaba Jos?, pero los ap?stoles le impusieron el nombre de Bernab?, y con ese nombre lo conocemos. Todos los datos que poseemos de su vida nos han sido transmitidos por el Nuevo Testamento. Sabemos que era de estirpe lev?tica, nacido en la isla de Chipre, creyente fervoroso y desprendido; ?l se distingui? por su generosidad al aportar a la comuni?n fraterna de bienes que se practicaba en la Iglesia de Jerusal?n el dinero obtenido en la venta de un campo de su propiedad (cf. Hech. 4, 36 s.). Era un hombre que gozaba de la confianza de los Doce; cuando Pablo, reci?n convertido, era visto con desconfianza por la comunidad de los disc?pulos, Bernab? se hizo cargo de ?l y lo present? a los ap?stoles. ?stos lo enviaron a Antioqu?a para fortalecer con su ense?anza a la Iglesia all? fundada, en la que se habr?an integrado ya paganos que? abrazaron la fe. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Ap?stoles, lo menciona como el primero entre los profetas y doctores que enriquec?an a aquella Iglesia con su ministerio. Su nombre, Bernab?, significa hijo de la consolaci?n, o de la profec?a; quiz? simplemente se quiso se?alar con ?l que era profeta ?en hebreo se dice nab?- ya que se identificaba como tal a quien por inspiraci?n del Esp?ritu Santo pronunciaba palabras de edificaci?n espiritual, de exhortaci?n y consuelo. El t?tulo de maestro, o doctor ?did?skalos en el griego original- se dispensaba a quienes se ocupaban de la instrucci?n de la comunidad; recog?an, conservaban y transmit?an la tradici?n que se plasmaba en la Iglesia, a la vez que cuidaban de su interpretaci?n y de su aplicaci?n pr?ctica. Bernab? acompa?? a Pablo en el primer viaje misionero, de su vida posterior s?lo hay pocos datos aislados; seg?n la tradici?n padeci? el martirio en su isla natal. El t?tulo m?s noble que se le asigna es el de ap?stol. Jes?s mismo es llamado as? por el autor de la Carta a los Hebreos (3, 1): Ap?stol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos. Los ap?stoles son, por excelencia, los Doce, que recibieron su misi?n directamente de Cristo y fueron testigos de su resurrecci?n. Pablo puede sumarse a ese n?mero, aunque ?l mismo se reconoce como el ?ltimo de los ap?stoles que no merece ser llamado as? (1 Cor. 15, 9). El nombre glorioso se aplica? tambi?n a Bernab? (cf. Hech. 14, 4) y a otros misioneros como Andr?nico y Junias (cf. Rom. 16, 7).

En la primera lectura de hoy hemos escuchado un bell?simo elogio de San Bernab?: var?n bueno, lleno de Esp?ritu Santo y de fe (Hech. 11, 24). Es ?sta una descripci?n que se ajusta con propiedad a lo que debe ser un ministro de la Iglesia. Bueno, lleno de Esp?ritu Santo, de mucha fe: las tres cualidades est?n ?ntimamente vinculadas entre s?.

Agath?s no debe reducirse al significado de bondadoso, apacible, inclinado a hacer el bien. El adjetivo expresa integridad y perfecci?n; podemos aplicar a la cualidad de una persona lo que se afirma en la determinaci?n del acto moral: bonum ex integra causa. Recordemos la sentencia de Jes?s: s?lo Dios es bueno (Lc. 18, 19), afirmaci?n que se refiere a la bondad esencial de Dios, de la que derivan todos los bienes creados, de la que proceden los bienes de la salvaci?n. Cristo es el Sumo Sacerdote de los bienes futuros (Hebr. 9 11), que ha venido para comunicarlos a sus disc?pulos; son los bienes verdaderos que les hacen triunfar del pecado y de la muerte. Los cristianos recibimos esos bienes y estamos llamados a multiplicarlos en nuestra vida mediante la obediencia a los mandatos del Se?or, especialmente en el ejercicio del amor. San Pablo nos dice que fuimos creados en Cristo Jes?s, a fin de realizar aquellas buenas obras que Dios prepar? de antemano para que las practic?ramos (Ef. 2, 10). Ser bueno, como explica Juan Pablo II consiste en pertenecer a Dios, obedecerle, caminar humildemente con ?l practicando la justicia y amando la piedad (Veritatis splendor, 11).

Queridos hijos que van a ser instituidos lectores y ac?lito: ustedes son llamados, respectivamente, a servir a la Palabra de Dios y a la Eucarist?a; en el contacto asiduo y la asimilaci?n de estas realidades sobrenaturales procuren ir creciendo en esa bondad integral que debe manifestarse espont?neamente en el ejercicio del ministerio, sin exhibicionismo, con la discreci?n de la humildad.

Lleno del Esp?ritu Santo, se dijo del ap?stol Bernab?. Subrayemos lleno, que indica una plenitud rebosante; no exaltaci?n fren?tica sino serena y total transparencia del Esp?ritu de Dios. La expresi?n se refiere a la vida de las primeras comunidades cristianas, y a la cualidad que a lo largo de la historia de la Iglesia brill? en los santos, que fueron conducidos por el Esp?ritu. Podr?amos preguntarnos c?mo se llega a ese estado. Habr?a que suscitar en nosotros una conciencia m?s aguda de la presencia y de la acci?n del Par?clito, en las que muchas veces no reparamos. Al darnos su gracia Dios se da a s? mismo y el Esp?ritu Santo es el primer Don y el principio de todos los dones; as? se manifiesta el misterio de la Tercera Persona de la Sant?sima Trinidad, por la cual nos unimos a Cristo y nos dirigimos hacia el Padre.

Fomenten en ustedes, queridos hijos, la atenci?n al Esp?ritu, la docilidad, la receptividad, la disposici?n a secundar sus aspiraciones e impulsos. La palabra devoci?n parece impropia para designar la relaci?n con ?l, pero entendida con rigor teol?gico es adecuada: significa entrega, consagraci?n, prontitud siempre actual de la voluntad para el servicio de Dios, como dice Santo Tom?s, ut ei se totaliter subdant (II-II, 82, 1). Aprendan esto de la Virgen Mar?a en los misterios de la Encarnaci?n y de Pentecost?s: ella es lugar, templo, testigo privilegiado e ?cono del Esp?ritu y por lo tanto maestra de los cristianos en la relaci?n con ?l.

Lleno de fe, de mucha fe. En esta cualidad tambi?n se denota singularmente una perfecci?n, una plenitud que s?lo pudo verificarse en los disc?pulos despu?s de Pentecost?s. Varias veces registran los Evangelios que Jes?s reprendi? a sus disc?pulos llam?ndolos oligopistoi, hombres de poca fe. La existencia cristiana es vida de fe, vida en la fe; pero todos corremos el riesgo de descender del nivel propio del verdadero creyente al menoscabo de aquella poquedad. La mucha fe no es, obviamente, una dimensi?n cuantitativa; se da cuando la fe se torna ?mbito vital, cuando configura la personalidad, impregna la psicolog?a, determina el modo de pensar y de actuar. Lleno de fe y lleno del Esp?ritu Santo son t?rminos equivalentes. Conviene recordar que el Esp?ritu Santo nos introduce en la verdad total y actualiza de continuo en nuestro interior la ense?anza de Jes?s; por eso la Iglesia ense?a que es ?l quien mueve a todos dulcemente para consentir y creer en la verdad. M?s all? de una elemental bondad natural, la fe nos encamina hacia una identificaci?n con la bondad divina. Viene a prop?sito esta cita de Josef Peper: en la fe llega a su realizaci?n aquello en que consiste el ser bueno y la perfecci?n y acabamiento del hombre.

Los ministerios eclesiales de la Palabra y de la Eucarist?a, de los cuales participan los lectores y los ac?litos, no adquieren pleno sentido si no se cumplen en la fe; su ejercicio debe ser un acto de fe, inspirado por un profundo esp?ritu de adoraci?n ante el misterio de Cristo, ya que ?l es la Palabra y ?l es la Eucarist?a. No se administran cosas en esos servicios religiosos; se trata con Cristo, se comunica a Cristo: al hacerlo se abre para el ministro la maravillosa posibilidad de ahondar la comuni?n con ?l para brindarlo a los dem?s.

En el Evangelio que se ha proclamado escuchamos un pasaje de las instrucciones con las que Jes?s envi? a los ap?stoles en la misi?n prepascual. Las circunstancias de entonces eran muy distintas de las que hoy rodean a la misi?n de la Iglesia; cada generaci?n debe descubrir lo esencial de aquellas indicaciones brindadas por el Se?or a los primeros misioneros itinerantes. Impresiona mucho en ellas la indefensi?n, el desarraigo, la pobreza, condiciones en las que deb?an cumplir con el encargo. Probablemente no se reproduzcan hoy en su materialidad aquellas circunstancias, pero pueden ser comprendidas como esbozo de una situaci?n espiritual. Quiz? la misi?n en el mundo contempor?neo vaya a resultar cada vez m?s dif?cil, m?s exigente, m?s inc?moda. Habr?a que leer por entero ese cap?tulo 10 del Evangelio de Mateo, habr?a que meditarlo asiduamente para aplicarlo a una comprensi?n del desaf?o que la actualidad plantea a la obra de evangelizaci?n. Hay un rasgo que vale para siempre: Jes?s transmite su autoridad a los disc?pulos y as? los habilita para el ejercicio de la misi?n; pero tambi?n quiere transmitirles su forma de vida, para que los disc?pulos ocupen su puesto y lo hagan presente entre los hombres. Recojamos por ahora uno solo de los mandatos del Se?or: Ustedes han recibido gratuitamente, den tambi?n gratuitamente (Mt. 10, 8). Es un llamado al desinter?s, a la generosidad, porque el ministerio no es para el que lo ejerce, sino para la Iglesia, para los fieles, para los hombres a los cuales est? destinada la salvaci?n.

Para la Iglesia, para los fieles, para todos los hombres y mujeres de hoy reciben ustedes estos ministerios, queridos hijos; que les ayude a santificarse en ellos la intercesi?n del ap?stol Bernab?.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 22:20  | Homil?as
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