Lunes, 11 de julio de 2011

ZENIT? nos?ofrece la catequesis que Benedicto XVI pronunci?el mi?rcoles 22 de Junio de 2011 durante la audiencia general concedida en la Plaza de San Pedro del Vaticano La catequesis forma parte del actual ciclo sobre la oraci?n.

Queridos hermanos y hermanas:

en las anteriores catequesis nos detuvimos en algunas figuras del Antiguo Testamento, particularmente significativas, en nuestra reflexi?n sobre la oraci?n. Habl? sobre Abraham que intercede por las ciudades extranjeras, sobre Jacob que en la lucha nocturna recibe la bendici?n, sobre Mois?s que invoca el perd?n sobre su pueblo y sobre El?as que reza por la conversi?n de Israel. Con la catequesis de hoy, quisiera iniciar una nueva etapa del camino: en vez de comentar particulares episodios de personajes en oraci?n, entraremos en el ?libro de oraci?n? por excelencia, el libro de los Salmos. En las pr?ximas catequesis leeremos y meditaremos algunos de los Salmos m?s bellos y m?s apreciado por la tradici?n orante de la Iglesia. Hoy quisiera introducir esta etapa hablando del libro de los Salmos en su conjunto.

El Salterio se presenta como un ?formulario? de oraciones, una selecci?n de ciento cincuenta Salmos que la tradici?n b?blica da al pueblo de los creyentes para que se convierta en su (nuestra) oraci?n, nuestro modo de dirigirnos a Dios y de relacionarnos con ?l. En este libro, encuentra expresi?n toda la experiencia humana con sus m?ltiples caras, y toda la gama de los sentimientos que acompa?an la existencia del hombre. En los Salmos, se entrelazan y se expresan la alegr?a y el sufrimiento, el deseo de Dios y la percepci?n de la propia indignidad, felicidad y sentido de abandono, confianza en Dios y dolorosa soledad, plenitud de vida y miedo a morir. Toda la realidad del creyente confluye en estas oraciones, que el pueblo de Israel primero y la Iglesia despu?s asumieron como meditaci?n privilegiada de la relaci?n con el ?nico Dios y como respuesta adecuada en su revelaci?n en la historia. En cuanto oraci?n, los Salmos son la manifestaci?n del esp?ritu y de la fe, en los que uno puede reconocerse y en los que se comunica esta experiencia de particular cercan?a a Dios a la que todos los hombres est?n llamados. Toda la complejidad de la existencia humana se concentra en la complejidad de las distintas formas literarias de los distintos Salmos: himnos, lamentaciones, s?plicas individuales y colectivas, cantos de agradecimiento, salmos penitenciales, y otros g?neros que se pueden encontrar en estas composiciones po?ticas.

No obstante esta multiplicidad expresiva, pueden identificarse dos grandes ?mbitos que sintetizan la oraci?n del Salterio: la s?plica, ligada al lamento, y la alabanza, dos dimensiones relacionadas y casi inseparables. Porque la s?plica est? animada por la certeza de que Dios responder?, y esto abre a la alabanza y a la acci?n de gracias; y la alabanza y el agradecimiento surgen de la experiencia de una salvaci?n recibida, que supone una necesidad de ayuda que la s?plica expresa.

En la s?plica, el que ora se lamenta y describe su situaci?n de angustia, de peligro, de desolaci?n, o bien, como en los Salmos penitenciales, confiesa la culpa, el pecado, pidiendo ser perdonado.

Le expone al Se?or su necesidad con la confianza de ser escuchado, y esto implica un reconocimiento de Dios como bueno, deseoso del bien y ?amante de la vida? (cfr?Sabidur?a?11, 26), preparado para ayudar, salvar, perdonar. As?, por ejemplo, reza el Salmista en el Salmo?31: ?Yo me refugio en ti, Se?or, ?que nunca me vea defraudado! [?] S?came de la red que me han tendido, porque t? eres mi refugio? (vv. 2.5). Ya en el lamento, por tanto, puede surgir algo de la alabanza, que se preanuncia en la esperanza de la intervenci?n divina y se hace despu?s expl?cita cuando la salvaci?n divina se convierte en realidad. De modo an?logo, en los Salmos de agradecimiento y de alabanza, haciendo memoria del don recibido o contemplando la grandeza de la misericordia de Dios, se reconoce tambi?n la propia peque?ez y la necesidad de ser salvados, que es la base de la s?plica. Se confiesa as? a Dios, la propia condici?n de criatura inevitablemente marcada por la muerte, si bien portadora de un deseo radical de vida, Por esto el Salmista exclama, en el Salmo 86: ?Te dar? gracias, Dios m?o, de todo coraz?n, y glorificar? tu Nombre eternamente; porque es grande el amor que me tienes, y t? me libraste del fondo del abismo? (vers?culos 12-13). De este modo, en la oraci?n de los Salmos, la s?plica y la alabanza se entrelazan y se funden en un ?nico canto que celebra la gracia eterna del Se?or que se inclina hacia nuestra fragilidad.

Precisamente para permitir al pueblo de los creyentes que se unan en este canto, se entreg? el libro del Salterio a Israel y a la Iglesia. Los Salmos, de hecho, ense?an a rezar. En ellos, la Palabra de Dios se convierte en palabra de oraci?n -y son las palabras del Salmista inspirado- y al mismo tiempo se convierte tambi?n en la palabra del orante que reza los Salmos. Es esta la belleza y la particularidad de este libro b?blico: las oraciones contenidas en ?l, a diferencia de otras oraciones que encontramos en la Sagrada Escritura, no se insertan en una trama narrativa que especifica su sentido y la funci?n. Los Salmos se ofrecen al creyente como texto de oraci?n, que tiene como ?nico fin convertirse en la oraci?n de quien lo asume y con ellos se dirige a Dios. Dado que son Palabra de Dios, quien reza los Salmos le habla a Dios con las mismas palabras que Dios nos ha dado, se dirige a ?l con las palabras que ?l mismo nos da. As?, rezando los Salmos se aprende a rezar. Son una escuela de oraci?n.

Algo an?logo sucede cuando el ni?o comienza a hablar, aprende a expresar sus propias sensaciones, emociones, necesidades con palabras que no le pertenecen de modo innato, sino que aprende de sus padres y de los que viven con ?l. Lo que el ni?o quiere expresar es su propia vivencia, pero el medio expresivo es de otros; y ?l, poco a poco se apropia de este medio, las palabras recibidas de sus propios padres se convierten en sus palabras y a trav?s de las palabras aprende tambi?n un modo de pensar y de sentir, accede a un mundo de conceptos, y crece en ellos, se relaciona con la realidad, con los hombres y con Dios. La lengua de sus padres finalmente se convierte en su lengua, habla con palabras recibidas de otros que en este momento se han convertido en sus palabras. Esto mismo sucede con la oraci?n de los Salmos. Se nos presentan para que nosotros aprendamos a dirigirnos a Dios, a comunicarnos con ?l, a hablarle de nosotros con sus palabras, a encontrar un lenguaje para el encuentro con Dios. Y, a trav?s de estas palabras, ser? posible tambi?n conocer y acoger los criterios de su actuaci?n, acercarse al misterio de sus pensamientos y de sus caminos (cfr?Isa?as?55,8-9), y as? crecer cada vez m?s en la fe y en el amor. Al igual que nuestras palabras no son s?lo palabras, sino que nos ense?an un mundo real y conceptual, del mismo modo estas oraciones nos ense?an el coraz?n de Dios, por lo que no s?lo podemos hablar con Dios, sino que podemos aprender qui?n es Dios y, al aprender c?mo hablar con ?l, aprendemos lo que significa ser hombre, er nosotros mismos.

Para este prop?sito, parece significativo el t?tulo que la tradici?n jud?a ha dado al Salterio. Este es tehill?m, un t?rmino jud?o que quiere decir ?alabanza?, de esta ra?z verbal viene la expresi?n ?Halleluyah?, es decir, literalmente ?alabad al Se?or?. Este libro de oraciones, por tanto, aunque es multiforme y complejo, con sus diferentes g?neros literarios y con sus articulaciones entre alabanza y s?plica, es un libro de alabanza, que nos ense?a a dar gracias, a celebrar la grandeza del don de Dios, a reconocer la belleza de sus obras y a glorificar su Nombre Santo. Es esta la respuesta m?s adecuada ante la manifestaci?n del Se?or y la experiencia de su bondad. Ense??ndonos a rezar, los Salmos nos ense?an que incluso en la desolaci?n, en el dolor, permanece la presencia de Dios, es fuente de maravilla y de consuelo, se puede llorar, suplicar, interceder, lamentarse, pero con la conciencia de que estamos caminando hacia la luz, donde la alabanza podr? ser definitiva. Como nos ense?a el Salmo?36: ??En ti est? la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz? (Sal?36,10).

Pero adem?s de este t?tulo general del libro, la tradici?n hebrea ha puesto en muchos Salmos, t?tulos espec?ficos, atribuy?ndolos, en su mayor?a, al rey David. Figura de notable profundidad humana y teol?gica, David es un personaje complejo, que ha atravesado las m?s distintas experiencias fundamentales de la vida. Joven pastor del reba?o paterno, pasando por alternantes y a veces, dram?ticas experiencias, se convierte en rey de Israel, pastor del pueblo de Dios. Hombre de paz, combati? muchas guerras; incansable y tenaz buscador de Dios, traicion? el amor, y esto es caracter?stico: siempre fue un buscador de Dios, aunque pec? gravemente muchas veces; humilde penitente, acogi? el perd?n divino, incluso el castigo divino, y acept? un destino marcado por el dolor. David fue un rey con todas sus debilidades, ?seg?n el coraz?n de Dios? (cfr?1Samuel?13,14), es decir un orante apasionado, un hombre que sab?a lo que quiere decir suplicar y alabar. La relaci?n de los Salmos con este insigne rey de Israel es, por tanto, importante, porque es una figura mesi?nica, Ungido por el Se?or, en el que se preanuncia en cierto sentido el misterio de Cristo.

Igualmente importantes y significativos son el modo y la frecuencia con la que las palabras de los Salmos son retomadas en el Nuevo Testamento, asumiendo y destacando el valor prof?tico sugerido por la relaci?n del Salterio con la figura mesi?nica de David. En el Se?or Jes?s, que en su vida terrena rez? con los Salmos, encuentran su definitivo cumplimiento y revelan su sentido m?s profundo y pleno. Las oraciones del Salterio, con las que se habla a Dios, nos hablan de ?l, nos hablan del Hijo, imagen del Dios invisible (Colosenses?1,15), que nos revela completamente el Rostro del Padre. El cristiano, por tanto, rezando los Salmos, reza al Padre en Cristo y con Cristo, asumiendo estos cantos en una perspectiva nueva, que tiene en el misterio pascual su ?ltima clave interpretativa. El horizonte del orante se abre as? a realidades inesperadas, todo Salmo tiene una luz nueva en Cristo y el Salterio puede brillar en toda su infinita riqueza.

Hermanos y hermanos querid?simos, tomemos, por tanto, con la mano este libro santo, dej?monos ense?ar por Dios para dirigirnos a ?l, hagamos del Salterio una gu?a que nos ayude y nos acompa?e cotidianamente en el camino de la oraci?n. Y pidamos tambi?n nosotros, como disc?pulos de Jes?s, ?Se?or, ens??anos a orar? (Lucas?11,1), abriendo el coraz?n y acogiendo la oraci?n del Maestro, en el que todas las oraciones llegan a su plenitud. As?, siendo hijos en el Hijo, podremos hablar a Dios, llam?ndolo ?Padre Nuestro?. Gracias.

[Al final de la audiencia, Benedicto XVI salud? a los peregrinos en varios idiomas. En espa?ol, dijo:]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa?ola, en particular a los grupos provenientes de Espa?a, Colombia, Venezuela y otros pa?ses latinoamericanos. Os invito a que aprend?is de los Salmos a hablar con Dios y, repitiendo la s?plica de los ap?stoles,?Se?or, ens??anos a orar, abr?is el coraz?n para acoger la plegaria del Maestro, en la que toda oraci?n llega a su culmen. Muchas gracias.

[Traducci?n del original italiano por Carmen ?lvarez
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 8:26  | Habla el Papa
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