Mi?rcoles, 20 de julio de 2011

Homil?a de monse?or H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la Solemnidad de Corpus Christi (Iglesia Catedral, 25 de junio de 2011). (AICA)?

LA EUCARIST?A, CORAZ?N DE LA IGLESIA Y DE SU MISI?N????????????

?Corpus Christi es una de las fiestas m?s bellas del calendario cat?lico. Nuestra ubicaci?n sure?a nos impide muchas veces gozar del clima adecuado para la expansi?n al aire libre; la procesi?n puede verse amenazada por el fr?o y la lluvia. En el hemisferio norte, en cambio, es f?cil asociar la solemnidad con el florecimiento de la vida, con la madurez de la creaci?n que culmina en Cristo resucitado, presente para siempre entre nosotros. Seg?n el ordenamiento lit?rgico, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Se?or sigue a la cincuentena pascual cumplida en Pentecost?s y a la conmemoraci?n de la Trinidad; en esta secuencia de celebraciones se encierra un profundo significado. El sacramento del sacrificio y de la presencia eucar?stica de Jes?s es el memorial de su muerte y resurrecci?n, hecho posible para la Iglesia por la efusi?n del Esp?ritu Santo; es el testimonio perenne del amor de Dios, que nos comunica la vida de la Trinidad y nos introduce en su inefable trato. Es una fiesta de alegr?a, como toda fiesta, pero m?s que muchas otras: sit laus plena, sit sonora, sit iucunda, sit decora mentis iubilatio; as? nos invita la Iglesia, con palabras de Santo Tom?s de Aquino, al j?bilo del alma, a una intensa alegr?a espiritual que inspire nuestra alabanza.

Hemos escuchado en el Evangelio la declaraci?n de Jes?s que constituye el argumento mismo de la celebraci?n de hoy: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivir? eternamente, y el pan que yo dar? es mi carne para la vida del mundo (Jn. 6, 51). En esta sentencia hay una alusi?n al man?, la misteriosa comida que aliment? a los israelitas durante su marcha hacia la tierra prometida. Los jud?os acababan de reclamarle a Jes?s un signo que lo acreditase como Mes?as y hab?an mencionado precisamente el episodio ocurrido en la traves?a del desierto; seg?n una creencia muy difundida, el man? ser?a el alimento de la era mesi?nica. La primera lectura, en consonancia con la proclamaci?n evang?lica, nos ha presentado el recuerdo que recoge el Deuteronomio (8, 2-3) de la protecci?n providencial ejercida por Dios sobre su pueblo y concretada en el don milagroso de ese pan que procede de la palabra divina. Seg?n las descripciones b?blicas el man? ca?a como lluvia, con la apariencia de granos finos y blandos con gusto a miel. En el Evangelio de San Juan, la vida de Jes?s parece insertada en el marco del ?xodo de Israel y como cumplimiento del mismo. ?l es el Verbo que al hacerse carne planta su carpa entre nosotros y as? se manifiesta como presencia de la gloria de Dios; es luego la serpiente de bronce elevada para curar a quienes la contemplan; es el man? verdadero dado por el Padre para nutrir a su pueblo, la fuente del agua viva que brota de la roca y quita toda sed, la columna de luz que se?ala el camino, el cordero pascual cuya sangre lava y santifica. Aquellas realidades de la antigua alianza eran figuras prof?ticas, im?genes umbr?tiles de Cristo y de las realidades definitivas de la alianza nueva y eterna.

Jes?s es el pan vivo bajado del cielo; es el Padre quien lo env?a y nos lo da; pero resulta que Jes?s mismo es el donante y el pan es su carne entregada para la vida del mundo. En estas expresiones se revela su muerte redentora. Carne designa al mismo Jes?s en su condici?n mortal; ha descendido del cielo en su encarnaci?n, se ha hecho carne para asimilarse a nosotros y por su muerte se convirti? en pan de vida para el mundo. En el don eucar?stico se contiene el darse de Jes?s, su entrega por la redenci?n de todos los hombres. Para es una es una palabra clave en el cristianismo, que ilustra el sentido del misterio pascual de Cristo y la vocaci?n del cristiano de unirse a la existencia entregada de su Se?or en la cruz. El pan que yo dar? es mi carne para la vida del mundo: este anuncio se ve cumplido en la Eucarist?a, sacrificio en el que Jes?s nos es dado y comuni?n por la que nos asume en el don. La objeci?n de los que escuchaban el discurso sobre el Pan de Vida en la sinagoga de Cafarna?n expresa una duda, una tentaci?n, un rechazo que se ha verificado en toda ?poca y que guarda una terrible actualidad. Al decir ?c?mo este hombre puede darnos a comer su carne? aquellos galileos estaban neg?ndose a aceptar que la muerte de Jes?s sea fuente de vida para todos los hombres; no admit?an que la salvaci?n universal pueda provenir de la entrega que un hombre hace de s?. Como duda, tentaci?n o rechazo, aquella objeci?n reaparece en el relativismo y en el confuso pluralismo religioso que se extiende en la cultura contempor?nea. La Iglesia, y nosotros con ella, creemos firmemente que la voluntad salv?fica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnaci?n, muerte y resurrecci?n del Hijo de Dios. Jesucristo tiene, para el g?nero humano y su historia, un significado y un valor singular y ?nico, s?lo de ?l propio, exclusivo, universal y absoluto (Declar. Dominus Iesus, 14 s.). Esta verdad de nuestra fe resplandece en la gloria velada y humilde de la Eucarist?a. La Eucarist?a es el coraz?n de la Iglesia y del mundo.

El Evangelio que hemos escuchado (Jn. 6, 51-58) contiene a?n otras ense?anzas. La vida eterna es una realidad presente en aquel que se alimenta de la comida eucar?stica; es la vida divina que en la resurrecci?n de Jes?s triunf? de la muerte y por eso asegura a los comensales, como promesa y esperanza, la resurrecci?n final. La carne del hombre est? llamada a la salvaci?n; la realidad de la resurrecci?n del Se?or, la realidad de su presencia en el sacramento de su pascua y la realidad de la resurrecci?n de la carne son tres verdades inseparables e ?ntimamente vinculadas entre s? en las que se manifiesta la Vida de Dios. Adem?s, la comuni?n eucar?stica, al hacernos vivir por Cristo y de ?l, nos introduce y ubica en una situaci?n espiritual de mutua inmanencia con el Se?or; permanecemos en ?l y ?l en nosotros. El verbo permanecer, usado en este sentido, se encuentra en varios de los discursos de Jes?s recogidos en el cuarto Evangelio. Expresa el fruto del don eucar?stico y tambi?n una tarea impuesta al disc?pulo: el Se?or nos exhorta a permanecer en ?l, a permanecer fieles a su palabra y a que sus palabras permanezcan en nosotros, a permanecer en su amor cumpliendo sus mandamientos. La figura, con su resonancia local y temporal originaria ?quedarse en un lugar, demorarse all? indica un sereno y gustoso arraigo, la plenitud y saciedad de quien ha llegado a la meta y ya no piensa, ni quiere, ni puede buscar otro polo, otro puerto, otra dicha. El permanecer tiene algo, mucho, de eternidad.

El breve pasaje de la primera Carta a los Corintios (10, 16-17) que tambi?n se ha le?do contiene una advertencia para no interpretar en un sentido estrechamente individualista la gracia eucar?stica. Ya que hay un solo pan ?nos dice el Ap?stol? todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese ?nico pan. Sin duda, es efecto propio de la Eucarist?a la transformaci?n del hombre en Dios, una riqueza ?ntimamente personal para cada uno; pero ese don se verifica como inserci?n en el todo eclesial, como perfeccionamiento de la agregaci?n a la Iglesia otorgada por el bautismo. Santo Tom?s, recogiendo el pensamiento de los Santos Padres, sostiene que mediante la Eucarist?a es fabricada la Iglesia, que la res sacramenti de la Eucarist?a, es decir, su gracia espec?fica y final, es la unidad del Cuerpo m?stico. De la comuni?n de cada uno con Cristo resulta un ?nico Cristo, el Cristo total que es la Iglesia. Los dos efectos, el personal y el social, comunitario, son inseparables porque la Eucarist?a es el sacramento del amor y la argamasa con la que se edifica la Iglesia es la caridad. A la luz de esta verdad cat?lica se comprende la relaci?n que existe entre el sacramento eucar?stico y la misi?n eclesial. Deteng?monos un momento a contemplarla.

No hay que considerar a la Eucarist?a una especie de instrumento para acercar a la gente, no es misionera o misional en ese sentido. Recordemos que en el orden din?mico de la evangelizaci?n la Eucarist?a es un punto de llegada antes que un comienzo absoluto. Es el centro misterioso del Cristianismo en el que Dios sale de s? para unirse a nosotros, en el que se edifica la comunidad de los fieles que comparten la fe, la esperanza, el amor. Es el coraz?n de la Iglesia, en el que late la vida de Dios, en el que se gesta incesantemente el impulso de su crecimiento y expansi?n. Por otra parte, la misi?n no es propaganda, proselitismo; surge de lo profundo de la vida eclesial. No bastan los grandes proyectos misioneros, la cuidadosa organizaci?n y la abundancia de recursos; son ?stos requisitos buenos, necesarios quiz?, pero insuficientes. De la Eucarist?a, de la fe y la vida eucar?sticas de las comunidades cristianas procede la inspiraci?n, el fervor, la fortaleza, el arrojo de la misi?n. Las dos realidades se condicionan rec?procamente, de tal modo que podemos tambi?n cuestionarnos: Si en una di?cesis, en una parroquia, en una instituci?n o movimiento de Iglesia, en una escuela cat?lica, no existe un vivo inter?s, una preocupaci?n ardiente por la misi?n, una pasi?n misionera, ?d?nde est? su vida eucar?stica?, ?en qu? grado de intensidad y cumplimiento se encuentra? Si no hay vida eucar?stica rebosante, no hay comunidad vigorosa, llena de Esp?ritu Santo y de mucha fe; no participar?, por tanto, de la misi?n en la que est? empe?ada la Iglesia toda. En sus or?genes la Iglesia se expandi? vertiginosamente porque todos se reun?an asiduamente para escuchar la ense?anza de los ap?stoles y participar en la vida com?n, en la fracci?n del pan y en las oraciones (Hech. 2, 42). Todos eran, al comienzo, muy pocos. A veces se esboza una disculpa que resulta m?s bien una excusa: que la comunidad es num?ricamente peque?a, que no hay misioneros bien preparados, que no hay respuesta a las invitaciones a participar. Lo que importa es que esos pocos, esa peque?a comunidad sea fervorosa en su amor eucar?stico, en su esp?ritu de adoraci?n, en la alabanza y la s?plica; la calidez de su compromiso misionero, la fortaleza que le da su confianza, se impondr? a los obst?culos e ir? derritiendo el hielo de los indiferentes y alejados; ir? creciendo y contagiando su fervor.

Como en los a?os anteriores, nos disponemos en la arquidi?cesis a cumplir otro paso de la misi?n permanente. Busquemos en la Eucarist?a el fundamento y la inspiraci?n que potencie con ardimiento nuestros esfuerzos: m?s vida eucar?stica personal, comuniones mejor preparadas, visitas asiduas al Sant?simo, m?s horas de adoraci?n comunitaria en las parroquias, que los alumnos de nuestros colegios se inicien en la adoraci?n y cobren gusto de ella. Que a partir de este Corpus Christi se renueve incesantemente nuestra fe en la presencia real del Se?or en el sacramento. Hace dos a?os, en un d?a como hoy, dec?a Benedicto XVI: No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularizaci?n que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucar?stico formal y vac?o, en celebraciones sin la participaci?n del coraz?n que se expresa en la veneraci?n y respeto de la liturgia. Siempre es fuerte la tentaci?n de reducir la oraci?n a momentos superficiales y apresurados, dej?ndose arrastrar por las actividades y por las preocupaciones terrenales.

Que el Esp?ritu Santo, por la intercesi?n de la Virgen Sant?sima, recree en nosotros el asombro eucar?stico y confirme la decisi?n misionera.?

Mons. H?ctor Aguer, arzobispo de La Plata?


Publicado por verdenaranja @ 23:18  | Hablan los obispos
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