Lunes, 25 de julio de 2011

ZENIT? publica la homil?a que pronunci? Benedicto XVI? mi?rcoles, 29 de Junio de 2011, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, patronos de la di?cesis de Roma, d?a del papa, y sexag?simo aniversario de la ordenaci?n sacerdotal de Joseph Ratzinger.

En la celebraci?n eucar?stica, que tuvo lugar en la Bas?lica Vaticana, concelebraron los 41 arzobispos metropolitanos nombrados en el ?ltimo a?o, que han recibido el palio, s?mbolo de su comuni?n con el Santo Padre, durante el sagrado rito.

En la celebraci?n, particip? una delegaci?n del patriarcado ecum?nico de Constantinopla, compuesta por Su Eminencia Emmanuel (Adamakis), metropolitano de Francia; Su Excelencia Athenagoras (Yves Peckstadt), obispo de Sinope, auxiliar del metropolitano de B?lgica; el archimandrita Maxime Pothos, vicario general de la metropol?a de Suiza.

Queridos hermanos y hermanas:

?Non iam dicam servos, sed amicos? - ?Ya no os llamo siervos, sino amigos? (cf.Jn 15,15). Sesenta a?os despu?s de mi Ordenaci?n sacerdotal, siento todav?a resonar en mi interior estas palabras de Jes?s, que nuestro gran Arzobispo, el Cardenal Faulhaber, con la voz ya un poco d?bil pero firme, nos dirigi? a los nuevos sacerdotes al final de la ceremonia de Ordenaci?n. Seg?n las normas lit?rgicas de aquel tiempo, esta aclamaci?n significaba entonces conferir expl?citamente a los nuevos sacerdotes el mandato de perdonar los pecados. ?Ya no siervos, sino amigos?: yo sab?a y sent?a que, en ese momento, esta no era s?lo una palabra ?ceremonial?, y era tambi?n algo m?s que una cita de la Sagrada Escritura. Era bien consciente: en este momento, ?l mismo, el Se?or, me la dice a m? de manera totalmente personal. En el Bautismo y la Confirmaci?n, ?l ya nos hab?a atra?do hacia s?, nos hab?a acogido en la familia de Dios. Pero lo que suced?a en aquel momento era todav?a algo m?s. ?l me llama amigo. Me acoge en el c?rculo de aquellos a los que se hab?a dirigido en el Cen?culo. En el grupo de los que ?l conoce de modo particular y que, as?, llegan a conocerle de manera particular. Me otorga la facultad, que casi da miedo, de hacer aquello que s?lo ?l, el Hijo de Dios, puede decir y hacer leg?timamente: Yo te perdono tus pecados. ?l quiere que yo ? por mandato suyo ? pronuncie con su ?Yo? unas palabras que no son ?nicamente palabras, sino acci?n que produce un cambio en lo m?s profundo del ser. S? que tras estas palabras est? su Pasi?n por nuestra causa y por nosotros. S? que el perd?n tiene su precio: en su Pasi?n, ?l ha descendido hasta el fondo oscuro y sucio de nuestro pecado. Ha bajado hasta la noche de nuestra culpa que, s?lo as?, puede ser transformada. Y, mediante el mandato de perdonar, me permite asomarme al abismo del hombre y a la grandeza de su padecer por nosotros los hombres, que me deja intuir la magnitud de su amor. ?l se f?a de m?: ?Ya no siervos, sino amigos?. Me conf?a las palabras de la Consagraci?n en la Eucarist?a. Me considera capaz de anunciar su Palabra, de explicarla rectamente y de llevarla a los hombres de hoy. ?l se abandona a m?. ?Ya no sois siervos, sino amigos?: esta es una afirmaci?n que produce una gran alegr?a interior y que, al mismo tiempo, por su grandeza, puede hacernos estremecer a trav?s de las d?cadas, con tantas experiencias de nuestra propia debilidad y de su inagotable bondad.

?Ya no siervos, sino amigos?: en estas palabras se encierra el programa entero de una vida sacerdotal. ?Qu? es realmente la amistad? ?dem velle, ?dem nolle ? querer y no querer lo mismo, dec?an los antiguos. La amistad es una comuni?n en el pensamiento y el deseo. El Se?or nos dice lo mismo con gran insistencia: ?Conozco a los m?os y los m?os me conocen? (cf. Jn 10,14). El Pastor llama a los suyos por su nombre (cf. Jn 10,3). ?l me conoce por mi nombre. No soy un ser an?nimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal. Y yo, ?le conozco a ?l? La amistad que ?l me ofrece s?lo puede significar que tambi?n yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oraci?n, en la comuni?n de los Santos, en las personas que se acercan a m? y que ?l me env?a, me esfuerce siempre en conocerle cada vez m?s. La amistad no es solamente conocimiento, es sobre todo comuni?n del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el ?s?? de la adhesi?n a la suya. En efecto, su voluntad no es para m? una voluntad externa y extra?a, a la que me doblego m?s o menos de buena gana. No, en la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la m?a, y justo as? llego a ser yo mismo. Adem?s de la comuni?n de pensamiento y voluntad, el Se?or menciona un tercer elemento nuevo: ?l da su vida por nosotros (cf. Jn 15,13; 10,15). Se?or, ay?dame siempre a conocerte mejor. Ay?dame a estar cada vez m?s unido a tu voluntad. Ay?dame a vivir mi vida, no para m? mismo, sino junto a Ti para los otros. Ay?dame a ser cada vez m?s tu amigo.

Las palabras de Jes?s sobre la amistad est?n en el contexto del discurso sobre la vid. El Se?or enlaza la imagen de la vid con una tarea que encomienda a los disc?pulos: ?Os he elegido y os he destinado para vay?is y deis fruto, y vuestro fruto permanezca? (Jn 15,16). El primer cometido que da a los disc?pulos, a los amigos, es el de ponerse en camino ?os he destinado para que vay?is-, de salir de s? mismos y de ir hacia los otros. Podemos o?r juntos aqu? tambi?n las palabras que el Resucitado dirige a los suyos, con las que san Mateo concluye su Evangelio: ?Id y ense?ad a todos los pueblos...? (cf. Mt 28,19s). El Se?or nos exhorta a superar los confines del ambiente en que vivimos, a llevar el Evangelio al mundo de los otros, para que impregne todo y as? el mundo se abra para el Reino de Dios. Esto puede recordarnos que el mismo Dios ha salido de si, ha abandonado su gloria, para buscarnos, para traernos su luz y su amor. Queremos seguir al Dios que se pone en camino, superando la pereza de quedarnos c?modos en nosotros mismos, para que ?l mismo pueda entrar en el mundo.

Despu?s de la palabra sobre el ponerse en camino, Jes?s contin?a: dad fruto, un fruto que permanezca. ?Qu? fruto espera ?l de nosotros? ?Cu?l es el fruto que permanece? Pues bien, el fruto de la vid es la uva, del que luego se hace el vino. Deteng?monos un momento en esta imagen. Para que una buena uva madure, se necesita sol, pero tambi?n lluvia, el d?a y la noche. Para que madure un vino de calidad, hay que prensar la uva, se requiere la paciencia de la fermentaci?n, los atentos cuidados que sirven a los procesos de maduraci?n. Un vino de clase no solamente se caracteriza por su dulzura, sino tambi?n por la riqueza de los matices, la variedad de aromas que se han desarrollado en los procesos de maduraci?n y fermentaci?n. ?Acaso no es ?sta una imagen de la vida humana, y particularmente de nuestra vida de sacerdotes? Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificaci?n y prueba, y tambi?n los tiempos de camino alegre con el Evangelio. Volviendo la mirada atr?s, podemos dar gracias a Dios por ambas cosas: por las dificultades y por las alegr?as, por las horas oscuras y por aquellas felices. En las dos reconocemos la constante presencia de su amor, que nos lleva y nos sostiene siempre de nuevo.

Ahora, sin embargo, debemos preguntarnos: ?Qu? clase de fruto es el que espera el Se?or de nosotros? El vino es imagen del amor: ?ste es el verdadero fruto que permanece, el que Dios quiere de nosotros. Pero no olvidemos que, en el Antiguo Testamento, el vino que se espera de la uva selecta es sobre todo imagen de la justicia, que se desarrolla en una existencia vivida seg?n la ley de Dios. Y no digamos que esta es una visi?n veterotestamentaria ya superada: no, ella sigue siendo siempre verdadera. El aut?ntico contenido de la Ley, su summa, es el amor a Dios y al pr?jimo. Este doble amor, sin embargo, no es simplemente algo dulce. Conlleva en s? la carga de la paciencia, de la humildad, de la maduraci?n de nuestra voluntad en la formaci?n e identificaci?n con la voluntad de Dios, la voluntad de Jesucristo, el Amigo. S?lo as?, en el hacerse todo nuestro ser verdadero y recto, tambi?n el amor es verdadero; s?lo as? es un fruto maduro. Su exigencia intr?nseca, la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, requiere que se cumpla siempre tambi?n en el sufrimiento. Precisamente de este modo, crece la verdadera alegr?a. En el fondo, la esencia del amor, del verdadero fruto, se corresponde con las palabras sobre el ponerse en camino, sobre el salir: amor significa abandonarse, entregarse; lleva en s? el signo de la cruz. En este contexto, Gregorio Magno dec?a una vez: Si tend?is hacia Dios, tened cuidado de no alcanzarlo solos (cf. H Ev 1,6,6: PL 76, 1097s); una palabra que nosotros, como sacerdotes, hemos de tener presente ?ntimamente cada d?a.

Queridos amigos, quiz?s me he entretenido demasiado con la memoria ?ntima sobre los sesenta a?os de mi ministerio sacerdotal. Es hora de pensar en lo que es propio de este momento.

En la solemnidad de los Ap?stoles San Pedro y San Pablo, dirijo ante todo mi m?s cordial saludo al Patriarca Ecum?nico Bartolom? I y a la Delegaci?n que ha enviado, y a la que agradezco vivamente su grata visita en la gozosa ocasi?n de los Santos Ap?stoles Patronos de Roma. Saludo cordialmente tambi?n a los Se?ores Cardenales, a los Hermanos en el Episcopado, a los Se?ores Embajadores y a las Autoridades civiles, as? como a los sacerdotes, a mis compa?eros de Primera Misa, a los religiosos y fieles laicos. Agradezco a todos su presencia y su oraci?n.

A los Arzobispos Metropolitanos nombrados desde la ?ltima Fiesta de los grandes Ap?stoles, les ser? impuesto ahora el palio. ?Qu? significa? Nos puede recordar ante todo el suave yugo de Cristo que se nos pone sobre los hombros (cf. Mt 11,29s). El yugo de Cristo es id?ntico a su amistad. Es un yugo de amistad y, por tanto, un ?yugo suave?, pero precisamente por eso es tambi?n un yugo que exige y que plasma. Es el yugo de su voluntad, que es una voluntad de verdad y amor. As?, es tambi?n para nosotros sobre todo el yugo de introducir a otros en la amistad con Cristo y de estar a disposici?n de los dem?s, de cuidar de ellos como Pastores. Con esto hemos llegado a un nuevo significado del palio: est? tejido con la lana de corderos que son bendecidos en la fiesta de santa In?s. Nos recuerda de este modo al Pastor que se ha convertido ?l mismo en cordero por amor nuestro. Nos recuerda a Cristo que se ha encaminado por las monta?as y los desiertos en los que su cordero, la humanidad, se hab?a extraviado. Nos recuerda a ?l, que ha tomado el cordero, la humanidad ? a m? ? sobre sus hombros, para llevarme de nuevo a casa. De este modo, nos recuerda que, como Pastores a su servicio, tambi?n nosotros hemos de llevar a los otros, carg?ndolos, por as? decir, sobre nuestros hombros y llevarlos a Cristo. Nos recuerda que podemos ser Pastores de su reba?o, que sigue siendo siempre suyo, y no se convierte en el nuestro. Por fin, el palio significa muy concretamente tambi?n la comuni?n de los Pastores de la Iglesia con Pedro y con sus sucesores; significa que tenemos que ser Pastores para la unidad y en la unidad, y que s?lo en la unidad de la cual Pedro es s?mbolo, guiamos realmente hacia Cristo.

Sesenta a?os de ministerio sacerdotal. Queridos amigos, tal vez me he extendido demasiado en los detalles. Pero en esta hora me he sentido impulsado a mirar a lo que ha caracterizado estas d?cadas. Me he sentido impulsado a deciros ? a todos los sacerdotes y Obispos, as? como tambi?n a los fieles de la Iglesia ? una palabra de esperanza y ?nimo; una palabra, madurada en la experiencia, sobre el hecho de que el Se?or es bueno. Pero, sobre todo, ?ste es un momento de gratitud: gratitud al Se?or por la amistad que me ha ofrecido y que quiere ofrecer a todos nosotros. Gratitud a las personas que me han formado y acompa?ado. Y en todo ello se esconde la petici?n de que un d?a el Se?or, en su bondad, nos acoja y nos haga contemplar su alegr?a. Am?n.

[Traducci?n del original italiano distribuida por la Santa Sede
?Libreria Editrice Vaticana]


Publicado por verdenaranja @ 22:50  | Habla el Papa
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