Mi?rcoles, 10 de agosto de 2011

ZENIT.org A estas alturas de la historia de la humanidad, ya no es necesario demostrar que muchas leyes han sido tir?nicas, dictatoriales y abiertamente injustas. Sin retrotraernos a?tiempos muy lejanos, baste recordar los reg?menes de Stalin, Hitler, Sadam Hussein o cualquiera de los s?trapas actuales de ?frica. Podr?an recordarse incluso leyes que, pese a ser aprobadas por parlamentos democr?ticos, averg?enzan la inteligencia y el progreso social. Tal es el caso de la esclavitud, vigente en Estados Unidos e Inglaterra hasta fechas muy recientes.

Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que una ley civil no tiene rango de tal por el mero hecho de que sea promulgada por la autoridad del momento. Ni siquiera de una autoridad elegida democr?ticamente. Imaginemos que un parlamento democr?tico restaurase costumbres tan crueles como los sacrificios humanos o la clasificaci?n social de las personas, que admit?a el Senado del Imperio Romano, de modo que unos fuesen esclavos sin ning?n tipo de derechos, y otros ciudadanos libres y de mucha m?s categor?a que los esclavos. Adem?s de caer en un anacronismo hist?rico de gran bulto, invadir?a un terreno que pertenece a otra instancia superior, a saber: la naturaleza de la persona humana, que hace iguales en dignidad a todos, con independencia de su estatus social, cultural, ?tnico o religioso.

Hay realidades, en efecto que son pre-pol?ticas, es decir, anteriores y superiores a toda autoridad humana. Y, por ello, de rango superior a las decisiones de los legisladores. La consecuencia m?s radical es que pueden existir leyes que no sean tales, leyes aparentes, no reales, por m?s que se aprueben en un Parlamento o aparezcan en las p?ginas de un Bolet?n Oficial del Estado.

Qui?ranlo o no los relativistas y positivistas, los derechos humanos emergen de nuestra dignidad intr?nseca como personas, no de concesiones graciosas del Estado. Si hubiere leyes que violasen derechos fundamentales de la persona humana no ser?an leyes ni tendr?an car?cter vinculante. M?s a?n, habr?a que oponerse a ellas y luchar con medios leg?timos para su erradicaci?n. Si no queremos llevar a la humanidad a situaciones de barbarie ya superadas, es preciso que los legisladores humanos respeten y promuevan al m?ximo la dignidad de todas las personas humanas, sean del color ?tnico, religioso o pol?tico que sean. Si por ser legal fuese moral, podr?amos llegar a aberraciones absolutamente monstruosas.

Los legisladores no son se?ores de la vida o de la muerte de las personas, ni de los derechos que ?stas tienen por ser personas. Por otra parte, viendo cu?l ha sido el final de algunos dirigentes pol?ticos del m?ximo rango en su naci?n, deber?an ser conscientes que el campo no admite puertas y que todas las presas construidas con el fin de impedir que los r?os vayan al mar, terminar?n siendo barridas por las aguas de la dignidad de las personas, injusta y ficticiamente detenidas. La demagogia y el populismo tienen las piernas cortas y enfermas.

La sociedad ha de ser muy celosa para proteger y salvaguardar sus derechos. Y ser muy consciente de que no es ella la que est? al servicio de la clase pol?tica, medi?tica o econ?mica, sino que ?stas est?n a su servicio. As? mismo, es muy sano que las instituciones intermedias ejerzan como tales. Pienso, por ejemplo, en la familia, en los sindicatos, en las asociaciones culturales, vecinales y religiosas. Es lo que se designa con el nombre de subsidiariedad. En cualquier caso, la sociedad no puede dejar de controlar a la autoridad civil para impedir que ?sta invada su terreno.

A nadie se le oculta que esta reflexi?n no es un juego dial?ctico sino una invitaci?n a tomar m?s conciencia de lo que actualmente sucede con reiterada frecuencia. Es mejor prevenir que curar.

Monse?or Francisco Gil Hell?n es el arzobispo de Burgos (Espa?a)


Publicado por verdenaranja @ 22:41  | Hablan los obispos
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