Martes, 23 de agosto de 2011

Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en la misa de envío de los jóvenes a la Jornada Mundial dela Juventud (Catedral Nuestra Señora dela Asunción, 31 de julio de 2011). (AICA)

MISA DE ENVÍO DE JÓVENES A LA JORNADA MUNDIALDE LA JUVENTUD          

Queridos hermanos:

En esta Misa del envío de los jóvenes, que parten el próximo sábado hacia España, primero pasarán por Roma, hacia el Encuentro Mundial de Jóvenes en Madrid, convocados por el Santo Padre; tendrán una experiencia muy especial porque del encuentro con tantos jóvenes, de tantos lugares distintos, tantas realidades, van a aprender mucho de lo que significa saber que no son pocos y que encontrarse con el Papa, el Vicario de Cristo, “el dulce Rostro de Cristo en al tierra”, hoy Benedicto XVI, con una bondad e inteligencia extraordinarias, enriquecerán sus vidas.

No lo comparen con Juan Pablo II, porque cada Papa es cada Papa, es único, original e irrepetible. A veces los seres humanos comparamos el uno con el otro y caemos en un grave error, porque no debemos comparar sino reconocer a cada uno que está signado y marcado a fuego, Con la fuerza del Espíritu Santo y es lo quela Iglesiay  el mundo necesita en estos momentos de la presencia iluminadora del Vicario de Cristo, Benedicto XVI.

Todo esto les va a salir caro porque les vamos a pedir que, cuando lleguen a Roma, recen por la diócesis, especialmente por estos cincuenta años de inicio canónico de nuestra diócesis, así también estamos unidos. Recen también para que nuestra Iglesia sea cada vez más misionera, cada vez más auténtica, cada vez más rica, más profunda porque necesitamos oraciones.

¿Qué les pide la Iglesia en este encuentro? ¡Que sigan siendo jóvenes! ¡Que no sean adultos “a préstamo”! ¡Que sean jóvenes! Y jóvenes de hoy, jóvenes en serio. Esto es lo más importante: llevan el espíritu de Dios, vitales, alegres, responsables; ni amargados, ni dispersos, ni “a la que te criaste”, sino que tengan que descubrir en esta peregrinación qué cosas el Señor me pide como joven, con esta edad que tengo; y qué cosas tendré que darle al Señor y ala Iglesiacomo joven. No quiero que sean jóvenes viejos, sí quiero que sean, en todo caso, adultos después jóvenes; pero es necesario vivir del espíritu y  ustedes, como peregrinos lo van a buscar, lo van a encontrar, lo van a confirmar y después lo van a compartir con sus respectivas comunidades.

Veamos ahora lo que significa la transformación de estos pocos panes y estos dos pescados, que había nada más y habiendo tanta necesidad. Creo que se repiten las mismas situaciones de aquel entonces a este hoy que estamos viviendo. Hay mucha necesidad, hay mucha hambre, no sólo de comida sino de verdad, de amor, de respeto y también de justicia.

Las inseguridades han aumentado terriblemente en nuestro país, en nuestra zona; a través del robo, a través del paco, a través de la droga, a través de la violencia, y algunos quieren confundir diciendo “es sólo una sensación”. No es ninguna sensación, lamentablemente es una realidad.

El mundo está mal y hoy más que nunca necesitamos personas, grupos, que sean capaces de ofrecer algo, ¡algo para cambiar!, ¡algo que sirva a todos!, ¡algo que el Señor multiplique! Y cada uno tiene algo que ofrecer en su vida; ¡preguntémonos: qué cosa puedo ofrecer hoy al Señor enla Iglesia; en esta Iglesia no en otra; en este tiempo, con estos desafíos, con estas realidades, con las cosas que nos urgen, nos inquietan o que nos deja perplejos ante tantos problemas y ante tanto cansancio! Pero ciertamente tenemos algo que ofrecer.

Si lo ofrecemos con amor, con fe, el Señor transforma las cosas más duras, transforma el corazón de los hombres; es capaz de transformar nuestras vidas; es capaz de levantarnos y tener un horizonte y un proyecto mucho más amplios; es capaz de perdonarnos todos nuestros pecados y ayudarnos a ser capaces de perdonar a los demás; que los egoísmos, muchas veces disimulados y escondidos en el corazón del hombre, también el Señor puede cambiar esos egoísmos, esas individualidades, esas pequeñeces, esas distracciones. El Señor quiere que cambiemos porque no damos más.

Necesitamos cosas nuevas. No vamos a caer en la superficialidad de creer que las cosas nuevas son trayendo cosas nuevas; no estamos hablando de cosas externas, estamos hablando de transformaciones profundas, de motivaciones profundas, de cosas serias muy profundas; en nuestras comunidades, en nuestras iglesias, en nuestras capillas, en nuestros grupos, en todo ámbito, necesitamos gente que viva en serio y gente que ame en serio, ¡que sea fiel de verdad!, fiel en serio. Y necesitamos que el Señor nos de fuerzas para poder ofrecer; que el Señor multiplique esos panes y esos pescados y los puede multiplicar ampliamente.

Hoy le ofrecemos en esta Misa lo que somos, como somos; lo tomamos y lo ofrecemos con entusiasmo, con generosidad y convencidos. Si vivimos así, si somos personas convencidas en lo personal, en lo social, en lo comunitario, en lo profesional, en lo eclesial, ¡cuántas cosas son capaces de transformar y transformarse!

Entreguemos con generosidad, ¡el Señor tiene una fuerza increíble!,
¡el Señor puede transformar hasta las piedras!
¡Quiere hacernos cambiar para que tengamos gusto por la vida!
¡Para que tengamos gusto por nuestra existencia!
¡Para que tengamos gusto de pertenecer ala Iglesia!
¡Para que tengamos gusto de saber que tenemos una vocación!
¡Para que tengamos gusto de saber que tenemos una misión que cumplir!
¡Que tenemos sentido y damos sentido a las cosas!
¡Que no estamos aburridos, ni amargados, ni entristecidos!
¡Que nos levantamos con ansia y también con mucho sufrimiento!, pero ese sufrimiento no agota jamás el corazón humano y cristiano que Dios ha querido compartir con nosotros desde la cruz, lugar de triunfo y no de derrota.

Por eso le pedimos hoy al Señor que cada uno sepa qué cosas quiere ofrecer y ofrézcalo sin miedo. “¡No tengan  miedo, yo estoy con ustedes!” No tengan miedo, yo los envío. No tengan miedo porque en el atardecer de vuestra vida sólo serán juzgados en el amor.

Se lo pedimos al Señor por medio de  Pedro, el Vicario de Cristo. Ustedes directamente al Papa Benedicto y nosotros, que nos quedamos acá, le pedimos ala Virgen NuestraSeñora dela Asunción, que nos de el gozo de vivir con esperanza, de vivir transformados. Ella como Madre que es, nos va a conceder que nuestra Iglesia sea una Iglesia responsable, madura, abierta, creativa, comprometida, inteligente, y que se anticipe a los problemas que tiene que resolver. Que así sea. 

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús 


Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Homil?as
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