Mi?rcoles, 24 de agosto de 2011

Homilía de monseñor Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero, en la fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2011). (AICA)

FIESTA DE SAN CAYETANO            

Queridos hermanos y hermanas en Cristo. Hoy recordamos con devoción a San Cayetano. Es su testimonio de caridad el que nos congrega hoy. Él es el santo dela Providenciaporque manifestó con su vida el amor de Dios en permanentes gestos de amor al prójimo.

En este día de San Cayetano, Patrono del trabajo, quisiera invitarlos a mirar con esperanza y con sentido de misión la realidad del trabajo y de los trabajadores. Una realidad que nos lleva a descubrir la fuente de la vocación original y de la misión  común que Dios ha confiado a todos sus Hijos. Cultivar y cuidar el jardín del Edén [1] en paz con Él, en comunión solidaria con los hermanos y en el respeto de  lo Creado. “El hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado”. [2]

Sin embargo, la rebeldía de la creatura frente a su Creador introduce en la historia humana la triple ruptura del ser humano con Dios, con el otro y con el medio ambiente.  Por consiguiente, el trabajo, sin perder su sentido original de participación y de cooperación en la obra creadora, se encuentra ahora dificultado, en palabras del Génesis, por la presencia de la “fatiga” y el “sudor”, ya que la convivencia humana se ha apartado del plan original del Creador y ha cedido a la tentación de la explotación humana, haciendo del trabajo también una ocasión de opresión del ser humano sobre otro ser humano.

Es así que se debe afirmar que la vocación del trabajo no es para prevalecer unos sobre otros. No es para que algunos sean señores exclusivos y otros esclavos dominados. No es para privilegiar unos pocos ricos y aumentar el número de pobres lázaros, excluidos de la mesa, sino para que el hombre participe en comunión fraterna de la misma dignidad de señores de la creación.

Es importante llegar al fondo de esta verdad y aclarar el sentido más auténtico del trabajo humano y de su dignidad.

En estos tiempos tan marcados por el eficientismo y la competitividad  productiva, es necesario redescubrir la naturaleza profunda del trabajo para saber marcar con ella la vida cotidiana laboral. El trabajo se debe realizar “como una verdadera vocación de transformación del mundo, en un espíritu de servicio y de amor a los hermanos, para que la persona se realice a sí misma y contribuya a la creciente humanización del mundo y de sus estructuras”[3]. Este es el concepto del trabajo cristiano.

También es necesario advertir que, entre numerosos hermanos y hermanas, aún existe la angustia frente a la insuficiencia de fuentes laborales, lo que provoca inseguridad frente al futuro. En el ámbito personal atemoriza la perspectiva de quedar sin trabajo y, en los jóvenes, el temor de no encontrar empleo. La cesantía sigue siendo un peso doloroso para muchas familias.

En su continua atención por el hombre en la sociedad, la Iglesiaen su Catecismo manifiesta “las empresas y los dirigentes no pueden tener en cuenta exclusivamente el objetivo económico de la empresa, los criterios de la eficiencia económica, las exigencias del cuidado del « capital » como conjunto de medios de producción: el respeto concreto de la dignidad humana de los trabajadores que trabajan  en la empresa, es también su deber preciso.”[4]

Sin embargo, observamos hoy, como los derechos de los trabajadores  son frecuentemente desatendidos, como confirman los tristes fenómenos del trabajo mal remunerado, sin garantías ni representación adecuadas.

Aquí, es oportuno acentuar lo que expresa la Doctrina Socialde la Iglesia“El bienestar económico de un país no se mide exclusivamente por la cantidad de bienes producidos, sino también teniendo en cuenta el modo en que son producidos y el grado de equidad en la distribución de la renta, que debería permitir a todos disponer de lo necesario para el desarrollo y el perfeccionamiento de la propia persona”.[5]

En este sentido Juan Pablo II escribe “el trabajo humano es una clave, quizás la clave esencial, de toda la cuestión social”, y, por ello, “adquiere una importancia fundamental y decisiva”. [6]

Pero hay también otra realidad que no se muestra tanto y que es signo de esperanza y de vida. Son muchos los voluntarios que, con pocos recursos y con gran generosidad, comparten su tiempo y donan sus energías con amor para aliviar alguna situación de dolor. Crecen las redes solidarias y las organizaciones de servicio. También vemos la realidad de pobres que se organizan para su subsistencia. Un anhelo profundo nos anima: ¡Que los esfuerzos solidarios y compartidos sean más, cada día más!

El evangelio de hoy ilumina esta realidad del trabajo. Desde lo alto del monte, Jesús en oración, no olvida a sus discípulos. Los ve esforzándose en luchar con el viento que les era contrario y con el oleaje. Jesús se acerca a ellos para ayudarlos. Y los anima:”tengan confianza, soy yo, no teman”. Y vienen las pruebas de fe y de fidelidad: la lucha por mantenernos firmes, y el grito de súplica cuando sentimos que nuestras fuerzas flaquean. “Señor, sálvanos! Palabras que repetimos cada vez que acudimos a nuestro verdadero Salvador. Y el Señor se acerca a nosotros para sacarnos adelante, fortalecidos en la fe y en la esperanza.

Como nos pide el Papa Juan Pablo II, debemos “apostar por la caridad” en un amor concreto y activo hacia cada ser humano:

“Es la hora de un nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino  como "un compartir fraterno". [7]

San Cayetano nos muestra la fuerza de transformación de la sociedad de una mentalidad nueva centrada en el amor. El testimonio de su vida nos invita a no quedarnos como meros espectadores ni adoptar una pasividad inoperante cuando veamos la injusticia. Debemos responder con amor. El amor es el criterio de la “nueva justicia” cristiana.

Cuando veamos a un hermano débil o enfermo, miremos en él a Jesús que nos llama. Cuando contemos con la posibilidad de tener bienes materiales, debemos darle un destino solidario.

Agradezcamos a Dios de no ser hoy quien tiene que llamar a la puerta de los demás, sino quien puede abrirla para ofrecer pan y trabajo.

Tampoco digamos  “No tengo nada para dar, soy pobre”, porque entonces sí nos veríamos privados de todo bien, porque tenemos la riqueza de nuestras manos para ayudar y un corazón para amar.

Pidamos a San Cayetano pan con trabajo que es dignidad y trabajo con pan, que es justicia.

Que Nuestra Madre,la Virgen María, sea estímulo de nuestra esperanza y de nuestra alegría, de nuestra unidad y de nuestros compromisos solidarios. Que Ella sea nuestro amparo en medio del sufrimiento y el dolor. Que su compañía materna iluminen nuestros esfuerzos, como lo experimentó su hijo, Jesús, el trabajador, el Carpintero de Nazaret.

San Cayetano: caminamos con fe pidiendo tu protección. 

Mons. Francisco Polti, obispo de Santiago del Estero


[1] Gn. 2,15

[2] Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 25

[3] Juan Pablo II, México 30 de enero de 1979 Juan Pablo II, México 30 de enero de 1979

[4] Catecismo dela Iglesia Católica, 2432

[5] Compendio Doctrina Social dela Iglesia, No 303

[6] Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 3

[7] Juan Pablo II (NMI 53)


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Homil?as
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