Martes, 06 de septiembre de 2011

Homilía de monseñor Antonio Marino, obispo de Mar del Plata, en la fiesta de Santa Rosa de Lima (Parroquia Santa Rosa de Lima, Mar del Plata, 30 de agosto de 2011). (AICA)

«LA PRIMERA FLORDE SANTIDAD EN EL NUEVO MUNDO»             

Queridos hermanos:

Junto con todos los hermanos católicos del continente, celebramos hoy con gozo la fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera santa canonizada del nuevo mundo y patrona de América. Celebramos, además, en esta parroquia las fiestas patronales, que coinciden con los veinticinco años de su creación. Agradezco al cura párroco, P. Alberto Abeldaño, por su invitación a presidirla Eucaristíaen este día tan significativo para la comunidad y expreso mi alegría de encontrarme con ustedes, porción querida de mi diócesis de Mar del Plata.

 El Beato Papa Juan Pablo II, en la Exhortación ApostólicaEcclesia in America, afirmaba el 22 de enero de 1999: “América ha visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su evangelización. Este es el caso de Santa Rosa de Lima (…), «la primera flor de santidad en el Nuevo Mundo» (...). Después de ella, el santoral americano se ha ido incrementando hasta alcanzar su amplitud actual.La Iglesia, al canonizarlos, ve en ellos a poderosos intercesores unidos a Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres (...) acompañan con solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su tierra que, entre gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo con el Señor” (nº 15).

 Cuando la ciudad de Lima, conocida como la “ciudad de los reyes”, contaba apenas medio siglo de existencia, nació nuestra santa en un hogar de digna pobreza, el 30 de abril de 1586, hija de Gaspar Flores y de María de Oliva. Era una de los trece hijos del matrimonio. Bautizada con el nombre de Isabel, bien pronto recibió el nombre de Rosa por el que sería conocida.

El recurso a la historia nos lleva a entender que en el origen de la evangelización del continente hubo una verdadera floración de santidad. En lo que toca a las circunstancias históricas en que se desarrolló su corta vida de apenas treinta y un años, nos llama la atención la coincidencia temporal en dicha ciudad de figuras que fueron conocidas por ella como San Martín de Porres y San Juan Macías, ambos dominicos; Santo Toribio de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima, quien la confirmó en 1597, y San Francisco Solano, a quien oyó predicar.

Con acierto se ha destacado la semejanza con Santa Catalina de Siena. Lo mismo que ella, vistió el hábito blanco de la orden terciaria dominicana, sin ser propiamente una monja, aunque vivió enteramente consagrada a Cristo con quien decidió unirse en unión espiritual perpetua. Su vida transcurrió enteramente dedicada a la oración, a la penitencia y al amor a los pobres.

 Favorecida con gracias místicas, se enamoró de Cristo y de su cruz. Con la ayuda de su hermano Hernando construyó una pequeña y humilde ermita de unos dos metros cuadrados en el jardín de la casa paterna, donde se retiraba a orar y a entregarse a ásperas penitencias que Dios le inspiraba.

Los testimonios de época nos hablan de su dulzura de carácter y de su activa caridad hacia los más pobres y despreciados, los indios y los enfermos. También nos informan sobre su trabajo para obtener el sustento.

Predijo con exactitud su muerte en casa de su bienhechor y confidente, el contador Gonzalo dela Maza. Allímurió, en efecto, en la madrugada del 24 de agosto de 1617, fiesta del apóstol San Bartolomé.

Sus exequias se realizaron en medio de una aglomeración de gente totalmente inusual. Por la tarde del día de su muerte, sus restos fueron trasladados al convento de Nuestra Señora del Rosario, de los frailes dominicos. Una verdadera muchedumbre llenaba calles, balcones y azoteas de las nueve cuadras que separaban la casa donde murió del templo del convento. Al día siguiente, 25 de agosto, presidióla Misael obispo don Pedro de Valencia. El proceso de beatificación se inició de inmediato. Y en 1671 el papa Clemente X la inscribió en el catálogo de los santos con el nombre de Rosa de Santa María de Lima.

La santa que celebramos como patrona de América, nació, vivió y murió en un ámbito geográfico muy restringido. Su vida fue muy breve, superando apenas los treinta años. Por su origen humilde, conoció la pobreza y en ella se mantuvo hasta el final.

Al preguntarnos acerca de la potente irradiación de su figura, el secreto no se encuentra en criterios de este mundo sino en el Evangelio. De ella podemos decir –lo  mismo que de su joven modelo, Santa Catalina de Siena–, que con la radicalidad de su vida y de su ejemplo han recordado ala Iglesia, en su tiempo respectivo, la vocación  de fidelidad esponsal a Cristo, que es común a todos los fieles, según la enseñanza que el apóstol Pablo dirige a los corintios y que hemos escuchado en la primera lectura: “Los he unido al único Esposo, Cristo, para presentarlos a Él como una virgen pura” (2Cor 11,2).

Es mediante la simplicidad de su vida y la profundidad de su compromiso con el Cristo, como ella se ha convertido en “una intrépida evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio” (Juan Pablo II, Angelus 6-X-1992).

Las fiestas patronales de una comunidad, no tienen otro sentido que recordarnos a todos nuestra universal vocación a la santidad en virtud de nuestro bautismo, y al mismo tiempo, despertar la conciencia de nuestra misión de comunicar incesantemente al mundo el mensaje de Cristo.

La vida de Santa Rosa de Lima constituye un faro luminoso para orientarnos en la búsqueda de los caminos del Evangelio en la hora actual. Cambian mucho los tiempos, pero la fuente de la fecundidad es siempre la misma; varían notablemente las circunstancias, pero el secreto de la irradiación apostólica permanece inalterable.

Esta primera flor de santidad americana nos revela cuánto podemos esperar de nuestra unión con Cristo mediante la oración incesante, donde nos llenamos de luz para disipar las oscuridades de la vida y discernir los condicionamientos y prejuicios culturales del momento. ¡Qué poca cosa parece la oración a la mentalidad del mundo, y cuán grande es su fuerza desde la lógica de Dios!

Sus ásperas penitencias aparecen como un desafío a nuestra mentalidad de hombres eficientes, que pensamos encarar la vida con realismo antes que con fantasías. Pero lo que nosotros juzgamos exageraciones o enfermedad, para la virgen limeña surgía de una luz muy pura. Como acertó a decirlo Leopoldo Marechal, en tiempos de plena lucidez cristiana y católica, ella “se entregó a los más rudos trabajos de mortificación, tal como si hubiera querido hacer por sí misma la penitencia de todo un mundo y dar, con su fidelidad y amor al Esposo Místico, satisfacción de tantos desamores e infidelidades” (Vida de Santa Rosa de Lima). También nuestro actual Papa, siendo cardenal y en el curso de una visita al santuario de Lima, en el año 1986, se expresó en términos de certera interpretación de sus rigores: su “mística del sufrimiento no radica en la autoflagelación, sino en la solidaridad con todos los necesitados y dolientes por solidaridad con el doliente Jesucristo”.

Pero será mejor escuchar sus propias palabras escritas en su relato al médico Juan del Castillo, partícipe de sus confidencias: “Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro inestimable de la gracia. Ésta es la mercancía y logro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz y de los trabajos que le caen en suerte, si conociera las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”.

Este descubrimiento místico de la santa, que capta con hondura el reverso de gracia y de gloria reservado al sufrimiento vivido en unión con Cristo, se vuelve también anhelo misionero y exhortación universal: “Oíd, pueblo; oíd, todo género de gentes: de parte Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones (…). Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia (…). Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad, se había de ir por el mundo dando voces” (cf. Lit. Hor., 30 de agosto).

Destaquemos, por fin, su amor a los pobres, como aspecto que en ella se derivaba de la luz que obtenía en la oración y de la fuerza que le daba su amor a Jesucristo, cuya presencia sabía descubrir entre los menos favorecidos y más olvidados de la sociedad.

Queridos hermanos, no se nos escapa que vivimos en tiempos difíciles, caracterizados por el Beato Juan Pablo II como de “apostasía silenciosa” y colectiva. Todos hemos sido convocados a una nueva evangelización. Por eso mismo, todos debemos aprender de los santos el secreto siempre idéntico de la fecundidad, en las variantes circunstancias de nuestro tiempo.

Ante la amenaza de leyes que atentan contra la ley divina y natural querida por Dios, ha llegado el momento de crecer en la fuerza de nuestro testimonio, en el tiempo y el lugar del mundo en quela Providencianos ha puesto. Lo esperamos de la gracia divina y nos encomendamos a la intercesión de Santa Rosa ante el trono de su místico esposo, Jesucristo. 

Mons. Antonio Marino, obispo de Mar del Plata 


Publicado por verdenaranja @ 23:13  | Homil?as
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