Domingo, 11 de septiembre de 2011

Carta pastoral del obispo de Tenerife Don Bernardo Álvarez Afonso introductoria del Plan Diocesano de Pastoral 2011-2015 bajo el título "Ser Discípulos y Misioneros aquí y ahora".

PLAN DIOCESANO DE PASTORAL 2011-2015. Segunda parte

(Primera Parte)

Del buen discípulo nace el misionero

“Ser discípulos”. Este es el planteamiento básico y el primer objetivo de la Nueva Evangelización, el más urgente y prioritario, el que hará posible que haya buenos misioneros para el anuncio del Evangelio en el mundo de hoy. “Cada cristiano ha de ser llevado ante Jesucristo para tener, renovar y profundizar constantemente un encuentro intenso, personal y comunitario, con el Señor. De este encuentro nace y renace el discípulo. Y del discípulo nace el misionero” [6].

Del discípulo nace el misionero. Quien no es “discípulo” no puede ser “misionero”. En los evangelios vemos como, a la hora de elegir a los apóstoles, Jesús los escoge de “entre sus discípulos”: “Por aquellos días Jesús fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió de entre ellos a doce, a los que llamó también apóstoles” (Lc 6,12-13).

Por desgracia, muchas veces se comete el error de querer “ser misionero sin ser al mismo tiempo discípulo”. Aquí podemos encontrar una de las razones del “momento de crisis de la vida cristiana, que se está verificando en muchos países, sobre todo de antigua tradición cristiana” [7].

Hoy en día existen en la Iglesia muchos que “hacen de misioneros” pero que realmente no lo son, porque dejan mucho que desear en su condición de discípulos de Jesús. Trabajan en las cosas del Señor, pero sin el Señor. Como se nos pide en los “Lineamenta” para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización: “debemos interrogarnos hoy sobre la calidad de nuestra fe, sobre nuestro modo de sentirnos y ser cristianos, discípulos de Jesucristo invitados a anunciarlo al mundo, a ser testigos que, imbuidos del Espíritu Santo, están llamados a convertir a los hombres de todas las naciones en discípulos” (n. 2).

Cuánto daño hacemos a la causa de la evangelización, y a las personas concretas que estamos llamados a servir, cuando desarrollamos las funciones pastorales “sin corazón”, es decir, sin sentir como propio lo que transmitimos, desconectados del Señor, sin apenas experiencia y testimonio de discípulos. Pablo VI, con la agudeza que le caracterizaba, afrontaba así esta cuestión: “Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos” (EN 76).

La situación actual de los cristianos en general, y de los agentes de pastoral en particular, exige un proceso de reflexión y discernimiento sobre el nivel de coherencia fe-vida en nuestro seguimiento de Cristo[8],  pues, “la santidad de vida es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia” (ChFL. 17).

Cuando Jesús eligió a los apóstoles, lo hizo “para que estuvieran con Él, y para enviarlos a Predicar” (Mc. 3,14). Los eligió “para estar con Él”. No se puede salir a predicar sin “estar con Jesús” y permanecer en Él, es decir, sin “ser uno con Él”. Sólo así se puede tener “espíritu misionero” y afán por llevar el Evangelio a los demás, sólo así fructificará el trabajo apostólico. Jesús mismo dejó dicho: “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,6). En realidad, y los hechos lo demuestran, únicamente quien está lleno de Dios comunica su presencia transformadora y lleva a los demás a encontrarse con Él: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos…” (1Jn. 1,3).

Ser misioneros, un deber y una necesidad personal.

Jesús mandó a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc. 16,15) y, también, “id al mundo entero y haced discípulos de todas las naciones...” (Mt. 28,19). En este sentido “ser misionero” es un deber del discípulo. Tenemos que ser misioneros porque Jesús, en quien creemos, a quien amamos y a quien seguimos, así nos lo pide. Jesús llama a todos sus discípulos a participar de su misión, a “ser misioneros”. Nadie que sea buen discípulo suyo puede quedarse de brazos cruzados. “Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos" (RMi.3).

San Pablo nos ha dejado, como testimonio personal, el sentido de este mandato evangelizador: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente” (1Cor. 9, 16-18). San Pablo es consciente de que no predica el Evangelio por una decisión personal, como si fuera algo propio a lo que tiene derecho, sino que la iniciativa viene del Señor que es quien le envía. Por eso, no puede presumir y gloriarse en lo que hace, ni aspira a recibir beneficios por ello. La paga es la predicación misma del Evangelio. Cuando dice, “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” y que predica “forzado”, él no lo entiende como quien está bajo amenaza, por una imposición exterior, sino en la línea de aquellas palabras del profeta Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido” (Jer. 20,7).

A veces, el mandato misionero de Jesús, equivocadamente, se entiende en la clave del positivismo jurídico, es decir, separado de su sentido teológico. Como si el deber de “ser misioneros” fuera un añadido a la condición de “discípulos”, una sobrecarga que se añade a sus deberes de seguidor de Jesucristo. Pero no es así, porque el “ser misionero” es inherente al “ser discípulo”. Como decía Pablo VI: “El que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (EN 24). Dicho de otro modo, si un cristiano no es misionero, si no anuncia a Jesucristo a otros, hay que poner en duda la calidad de su condición de discípulo. “Ser misionero” es la prueba de la verdad de la madurez cristiana.

“Es impensable”, decía Pablo VI. Esto es lo que se verifica en el texto de la primera carta de San Juan, de la que hemos extraído nuestro lema, “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos”. El autor de la carta, al final del párrafo elegido, dice expresamente: “Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1Jn. 1,4). Para quien ha conocido y creído en Jesucristo, anunciarlo es una necesidad vital, un fuego interior que no se puede aplacar sino con el anuncio de Jesucristo. El no hacerlo es un obstáculo para ser feliz y tener alegría completa. Es como la experiencia del profeta Jeremías: “Yo decía: No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía” (Jer. 20,9).

Este fuego interior proviene del conocimiento y seguimiento de Jesús, que nos comunica y hace partícipes de sus mismos sentimientos de amor a todos y de preocupación por la salvación de todos. Es el mismo amor que Dios tiene por la humanidad el que se agita en nuestro interior, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5,5).

Por eso, “ser misionero” es una necesidad que brota del corazón del discípulo. Como afirmó Juan Pablo II: “La misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros” (Rmi. 11). Esto quiere decir que el ser misionero viene motivado por la respuesta de amor agradecido que el discípulo da a Jesuristo. Esta respuesta que es consecuencia-exigencia del amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón del cristiano (cf. Rom 5,5), y que lo impulsa interiormente a amar a los hombres como Dios los ama.

Un amor que se hace efectivo trabajando para que todos y todo sea conducido hacia Dios. Así se comprende que San Pablo diga: “Ay de mí si no predicase el Evangelio” (1Cor. 9,16). No porque tenga miedo a un castigo —si no predica— sino en la línea de “el amor de Cristo nos apremia” (2Cor. 5,14) y de las citadas palabras de San Juan, “os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (cf. 1Jn. 1,1-4). Uno y otro dan a entender que su vida no es plena si no anuncian a Jesucristo.

Ser misionero es amar primero

En el misionero lo primero es amar. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”(Rom. 5,5), y este es el fuego interior que nos impulsa a compartir nuestra fe con los demás. No se puede anunciar el Evangelio a quien no se ama. “La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza” (EN 79).

Sin amor a las personas, el anuncio de Jesucristo se queda en propaganda ideológica que, más que ofrecer la salvación, busca captar adeptos para “engrosar” el número de “los nuestros”. Como dice San Pablo, cualquier cosa que haga, por muy grande que sea, “si no tengo amor”, no soy nada y de nada me sirve.

Decía el Beato Juan Pablo II: “El amor es la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno" (RMi. 60).

Ser misionero es reproducir los mismos sentimientos de Dios, manifestados en el comportamiento de Jesús, en relación con las personas que no le conocen o incluso le rechazan. Jesús vino a salvar a los que estaban perdidos. “Él nos amó primero” (1Jn. 4,19). Dios no esperó a que creyéramos en Él y fuerámos buenos para salir al encuentro del hombre y ofrecerle su amistad y salvación. A través del profeta Isaías, Dios mismo declara: “Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: ‘Aquí estoy, aquí estoy’ a gente que no invocaba mi nombre. Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos» (Is. 65,1-2). Y San Pablo nos recuerda que, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5,8).

No se puede evangelizar a quien no se ama. El Conclio Vaticano II nos enseña que, “la presencia de los fieles cristianos en los grupos humanos ha de estar animada por la caridad con que Dios nos amó, que quiere que también nosotros nos amemos unos a otros. En efecto, la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento alguno; pues como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándolo con el mismo sentimiento con que Dios lo buscó” (AG 12).

A la hora de concretar en qué consiste este amor apostólico, el Beato Juan Pablo II nos indicó: “El misionero se mueve a impulsos del ‘celo por las almas’, que se inspira en la caridad misma de Cristo y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente. El amor de Jesús es muy profundo: él, que ‘conocía lo que hay en el hombre’, amaba a todos ofreciéndoles la redención, y sufría cuando ésta era rechazada” (RMi. 89).

Por su parte, Pablo VI, explicaba las características de este amor misionero: “¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia. Un signo de amor será el deseo de ofrecer la verdad y conducir a la unidad. Un signo de amor será igualmente dedicarse sin reservas y sin mirar atrás al anuncio de Jesucristo” (EN. 79). Y añadía otros signos de este amor como, el respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona, el respeto a su ritmo, a su conciencia y convicciones, que no hay que atropellar. Además, añade, este amor cuida no herir con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación en los débiles en la fe, etc. (cf. EN 79).

Anunciar a Jesucristo a todas las gentes

El hecho de que Jesús mande anunciar el Evangelio a todas las naciones, tiene su razón de ser en el amor de “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos” (1Tim. 2,4-6). Todos los hombres (los de ayer, los de hoy, y los de mañana) son objeto del amor de Dios y todos han sido rescatados por Cristo Jesús. Porque, “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3,16-17). Por eso, “lo que Él ha obrado para la salvación del género humano hay que proclamarlo y difundirlo hasta los confines de la tierra, de suerte que lo que ha efectuado una vez para la salvación de todos consiga su efecto en la sucesión de los tiempos” (Vaticano II, AG. 3).

Para el Beato Juan Pablo II: "La novedad de vida en Cristo es la ‘Buena Nueva’ para el hombre de todo tiempo: a ella han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres" (RMi. 11).

Y, en otra ocasión, nos recordaba: "El Evangelio es para todos: nadie queda excluido de la posibilidad de participar en la gloria del Reino divino. La misión de la Iglesia, hoy, consiste precisamente en hacer posible, de modo concreto, a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el encuentro con Cristo”[9].

La voluntad de Dios es que, lo que Cristo ha hecho, “consiga su efecto” en las personas de cualquier tiempo y lugar. “Si es destinada a todos, la salvación debe estar en verdad a disposición de todos” (RMi. 10). Ahora bien, para que la salvación de Cristo sea accesible a todos, es necesario ofrecerla a todos mediante el anuncio del Evangelio.

Consciente de esta necesidad, el gran misionero que fue San Pablo, decía a los romanos: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rom. 10,12-15). Dicho a la inversa, quienes son enviados, los misioneros, predican el Evangelio. Al predicar los que escuchan y acogen el mensaje creen en Jesús. Al creer en Jesús lo invocan y al invocarlo se salvan.

Ser misionero, ante todo, es ser anunciador de Jesucristo y su mensaje a los demás, con franqueza y audacia, abiertamente y sin temor. Predicarlo en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados, también más allá de nuestras fronteras.

Necesitamos invocar al Espíritu Santo para mantener vivo el entusiasmo y la valentía que movió a los apóstoles y a los primeros discípulos. Nosotros, como ellos, gracias al don de fortaleza que recibimos en el sacramento de la Confirmación, gozamos de una gran “libertad de espíritu” para proclamar el mensaje de Jesús con toda confianza y valentía, aún en circunstancias adversas. “El misionero es el ‘hermano universal’, lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos y a todos los hombres, particularmente a los más pequeños y pobres. En cuanto tal, supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología: es signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia” (RMi. 89).

Para ello gozamos de ese don que, en lengua griega, se llama “parresía”; una palabra de amplio y rico significado, sobre la que tendremos que reflexionar más ampliamente. Esta cita, de la encíclica Redemptoris Missio, n. 45, nos acerca a su comprensión:

“El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta actitud con la palabra ‘parresía’, que significa hablar con franqueza y valentía; este término se encuentra también en san Pablo: ‘Confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas’ (1Tes. 2,2) ‘Orando... también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene’ (Ef. 6,20)”

Ser misioneros en la Iglesia y con el Espíritu Santo

El misionero no está solo. No es un franco tirador que va por su cuenta. De hecho al compartir con otros la fe en el mismo Señor Jesús, los discípulos forman una comunidad que se funda en el deseo de cada uno de estar con Cristo, más que por el deseo de estar unos con los otros.

La comunión eclesial es primero, cronológica y ontológicamente, comunión vertical (del discípulo con el maestro), que es la que fundamenta y sostiene la fraternidad horizontal (entre los discípulos). No se es discípulo de Jesús solo o aislado, sino con otros, con quienes formamos, “por Cristo, con Él y en Él” un único cuerpo, “el cuerpo de Cristo” que es la Iglesia. Él es la cabeza y nosotros sus miembros. Por eso, cada cristiano, al ser misionero, lo es en la comunión de la Iglesia, participando de su misión evangelizadora, según la vocación de cada uno. Como afirmaba el Beato Juan Pablo II:

“Al hacerse en unión con toda la comunidad eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal. El misionero está presente y actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se encuentre solo, está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia. Los oyentes, pronto o más tarde vislumbran a través de él la comunidad que lo ha enviado y lo sostiene” (RMi. 45).

Pues bien, en esta comunidad de los discípulos de Cristo, el Espíritu Santo es quien hace posible su vida y misión. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, “el mismo Señor Jesús, antes de entregar libremente su vida por el mundo, ordenó de tal suerte el ministerio apostólico y prometió el Espíritu Santo que había de enviar, que ambos quedaron asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre. El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos, a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles el mismo impulso de misión del que había sido llevado el mismo Cristo. Alguna vez también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, lo mismo que la acompaña y dirige incesantemente de varios modos” (AG 4).

El misionero debe alimentar en su corazón la confianza y el consuelo, que se derivan de la certeza de que no está sólo y de que el Espíritu Santo le precede con su acción en el corazón de las personas; una acción misteriosa, escondida, pero real, que está reclamando el testimonio y la palabra del misionero, como la semilla sembrada en tierra aguarda la lluvia para germinar, crecer y fructificar. “Al anunciar a Cristo, el misionero está convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de responder a esta esperanza, de modo que el misionero no se desalienta ni desiste de su testimonio, incluso cuando es llamado a manifestar su fe en un ambiente hostil o indiferente. Sabe que el Espíritu del Padre habla en él y puede repetir con los Apóstoles: "Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo" (Hech. 5,32). Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la "Palabra de Dios", la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa” (RMi. 45).

CONCLUSIÓN:

Discípulos y misioneros, por Cristo, con Él y en Él.

Hermanos, no podemos desaprovechar esta hora de gracia. Todos en la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Es necesario formarnos y formar a todos los cristianos para cumplir, con responsabilidad y audacia, esta tarea. Les animo a que, mutuamente, nos ayudemos a despertar y acrecentar en todos la alegría y la fecundidad de ser discípulos de Jesucristo, viviendo con verdadero gozo el “estar con Él” y el “amar como Él” para ser enviados a la misión.

“Discípulo” y “misionero” son como las dos caras de una misma moneda: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, aún en medio de persecuciones, no puede dejar de anunciarlo al mundo. Ante la prohibición de las autoridades de “hablar o enseñar en nombre de Jesús”, Pedro y Juan responden: “Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech. 4,19-20).

“En efecto, quien encuentra a Jesús experimenta un profundo compromiso con su persona y con su misión en el mundo, cree en Él, siente su amor, se adhiere a Él, decide seguirlo incondicionalmente dondequiera que lo lleve, le entrega toda su vida y, si es necesario, acepta morir por Él. Sale de este encuentro con el corazón alegre y entusiasta, fascinado por el misterio de Jesús, y se lanza a anunciarlo a todos. Así, el discípulo se hace semejante al Maestro, enviado por Él y sostenido por el Espíritu Santo”[10].

El que quiere ser discípulo de Jesucristo ha de ponerse en la escuela del Evangelio. Es necesario dedicar tiempo a leer y meditar el Evangelio como si fuera la primera vez y dejarnos cautivar por la persona de Jesús y su mensaje. Ahí se encuentra la fuente de la que hay que beber para “ser discípulo y misionero”. Quienes nos sentimos atraídos por Jesucristo, hemos de acercarnos a Él y pedirle la gracia de conocerlo, amarlo y seguirlo incondicionalmente, hasta configurarnos con Él, por amor. Sólo así seremos sus discípulos y podremos seguirlo en su comunión con el Padre y en la búsqueda continua de su voluntad; seguirlo en sus actitudes de “buen pastor” y de “buen samaritano”.

“Por Cristo, con Él y en Él”. Sólo si estamos en Cristo y Él en nosotros podremos vivir, como Él, según los criterios de las “bienaventuranzas”; podremos seguirlo en su cercanía y compasión con los pecadores, los pobres, los pequeños y con tantas personas vejadas y abatidas. Podremos, en fin, responder a su llamada a “ser misioneros”, a su mandato de hacer discípulos a otras personas. Y podremos trabajar, hasta dar la vida como Él hizo, por la implantación del Reino de Dios en el mundo. “Un reino eterno y universal: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz”[11].

El seguimiento tiene siempre una perspectiva misionera. Jesús no nos llama a seguirle y ser sus discípulos simplemente para nuestra salvación personal, sino para hacernos partícipes en su misión universal de salvación. Igual que Jesús con su vida y misión “hizo discípulos”, así también estos “discípulos suyos” son llamados a hacer nuevos discípulos de la misma forma que Jesús lo ha hecho: “Como el Padre me envió, así también os envío yo” (Jn. 20,21); “id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mat. 28,19).

Para llevar adelante este encargo contamos con tres potentes aliados que nos preceden y acompañan en nuestra labor. En primer lugar, “el Padre” que siempre trabaja (Jn. 5,17), constantemente atrae a todos hacia Cristo (Jn. 6,44) y dispone el corazón de los hombres para que acojan el mensaje del Evangelio. En todas las personas a las que nos dirigimos hay una semilla religiosa sembrada por el Padre, que El sigue cuidando y atendiendo, una semilla que sirve de base para la tarea de la evangelización.

Nuestro segundo aliado es “el Hijo”, del cual todos los hombres son imagen y semejanza y, además, “el hombre -todo hombre sin excepción alguna- ha sido redimido por Cristo; porque con el hombre -cada hombre sin excepción alguna- se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello”. (Redemptor Hominis, 14c). Esto quiere decir que en cada persona está grabada la esencia misma del ser cristiano, aunque muchos no lo reconozcan. Pero, por la fe, el misionero si lo sabe y, por eso, con toda confianza y sin temor, anuncia el Evangelio a todos con la esperanza de que su anuncio no será en vano.

Y, el tercer aliado del misionero es “el Espíritu Santo”. Jesús lo prometió y lo cumplió: “Recibiréis el Espíritu Santo que os dará fuerza para que seáis mis testigos” (Hech. 1,8) y, además, es Él quien, entrando hasta el fondo del alma, prepara y dispone el corazón de las personas para que acojan el Mensaje que se les propone en la predicación (cf. Hech. 16,14), de modo que el misionero es instrumento del Espíritu que es quien convierte y da el don del conocimiento de Dios.

* * *

Así pues, confiados en la presencia de Dios y en su poder, ponemos en marcha este Plan Diocesano de Pastoral 2011-2015 con el propósito de responder, aquí y ahora, a la llamada que Él mismo nos hace para que seamos de verdad, “discípulos y misioneros” de Jesucristo y su Evangelio. Ponemos nuestro trabajo en manos del Señor, que es quien da el crecimiento (cf. 1Cor. 3,7), en la espera de obtener, para alabanza de su gloria, fruto abundante.

Todo esto lo hacemos pidiendo a la Virgen María: “Ven con nosotros al caminar, Santa María, ven”. A Ella que, en su vida terrena, fue la primera discípula y misionera del Señor, pues acogió enteramente la Palabra de Dios y la puso por obra. A Ella que, en los comienzos de la Iglesia, unió su oración a la de los discípulos de su Hijo suplicando el don del Espíritu Santo para salir a predicar el Evangelio a todas las naciones. A Ella que, a través de la imagen de Ntra. Sra. de Candelaria, fue la primera misionera de nuestra Diócesis y aún hoy sigue abriendo nuestros corazones a la fe en Jesucristo... Sí, acudimos a Ella que es modelo de vida cristiana y, desde el cielo, “continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación” (LG 62). Sí, con Ella contamos pues, como decimos en la canción popular, tenemos la certeza de que: “mientras recorres la vida, tú nunca solo estás, contigo por el camino, Santa María va”. Ella, llevada al cielo en cuerpo y alma, es una persona viva que “con su amor materno, cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” (LG 62). Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.

Dios nos conceda que podamos contemplar, entre nosotros, aquellas mismas maravillas de los comienzos de la predicación evangélica y que al reunirnos en nuestras parroquias, grupos, comunidades, movimientos y asociaciones para reflexionar sobre lo que estamos haciendo y celebrar nuestra fe, como Pablo y Bernabé, nos pongamos a “contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Hech. 15,27).

Que el Señor les bendiga a todos, les colme con toda clase de bienes y con su gracia haga prósperas las obras de nuestras manos.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense


[1] Benedicto XVI, Sao Paulo, 11 de mayo de 2007

[2] Benedicto XVI, a la Curia Romana, el 21 de diciembre de 2007.

[3] Congregación del Clero, “Identidad misionera del presbítero”, n. 3,1.

[4] Benedicto XVI, a la Curia Romana, el 21 de diciembre de 2007.

[5] Benedicto XVI, a la Curia Romana, el 21 de diciembre de 2007.

[6] Congregación del Clero, “Identidad misionera del presbítero”, n. 3,1.

[7] Benedicto XVI, Discurso al Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, 30-5-2011.

[8] Cf. Lineamenta del Sínodo, 5.

[9] Juan Pablo II, Mensaje de las Migraciones, 2001.

[10] Congregación del Clero, “Identidad misionera del presbítero”, n. 3,1.

[11] Prefacio de la Fiesta de Cristo Rey.