Martes, 13 de septiembre de 2011

Homilía pronunciada en la basílica de Luján por monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, con motivo dela Peregrinación diocesana (4 de septiembre de 2011). (AICA)

VIDA ETERNA, VIDA HUMANA, VIDA PLENA        

 “Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo,
 mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre,
yo estoy presente en medio de ellos”
(Mt 18, 19-20)

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos,
religiosos y religiosas, consagrados, seminaristas,
queridos hermanos y hermanas de nuestra Iglesia diocesana de Nueve de Julio,
hermanos y hermanas peregrinos: 

I 

Peregrinar es un acto de fe: hemos venido hasta aquí porque creemos, porque nos sabemos invitados a esta casa de Dios, porque escuchamos en nuestro interior la llamada de Dios que nos dice: “Los espero porque quiero encontrarlos, quiero bendecirlos. Para que abran su corazón y reciban la paz, la serenidad, el aliento que tengo para entregarles, y para que ustedes dejen al pie del altar la ofrenda de sus gozos y alegrías, y depositen confiadamente lo que los aflige, sus propias debilidades, la esperanza que tantas veces flaquea. Quiero encontrarlos, no solo que ustedes me vean, sino que sea la mirada de Dios la que se pose sobre ustedes, y los renueve, fortalezca, embellezca, con el toque de la gracia”.

Peregrinar es movimiento de oración: adorar, agradecer, pedir perdón, suplicar, que es resultado de la fe recibida en el Bautismo, que Dios ha depositado en nuestra alma. Por eso en esta casa, no nos encontramos hoy como visitas y menos aún como extraños, sino como hijos y familiares. Porque un templo es casa de oración, y nosotros, peregrinos, venimos a orar, por la intercesión de María, en este lugar consagrado a la veneración de su imagen milagrosa, donde ella nos recibe; venimos para ponernos bajo la protección dela Madrede Dios, contando con su intercesión poderosa.

Nos unimos para hacer esta visita, para peregrinar, para orar, somos una comunidad, formamos una familia, un cuerpo, cuya cabeza es Cristo ¿Cómo podría desconocer el Padre a quienes tenemos como cabeza a su Hijo? No solo entre nosotros está el Señor, sino que es Él quien nos precede, quien llega primero a la presencia divina, y así Él, nuestra Cabeza, nos lleva a nosotros con Él. No somos importantes tal vez por el número, no tenemos cualidades ni condiciones que nos recomienden; humildemente debemos reconocer nuestra pobreza, nuestra pequeñez, nuestras necesidades. Y sabemos que seremos escuchados: por la comunión en la fe, por la vida divina en la que participamos; venimos como hijos, y nos sostiene la esperanza, nos fortalece el deseo.

El mismo Señor Jesús nos dice: Aquello que ustedes pidan “mi Padre que está en el cielo se lo concederá”. El Padre nos escuchará según esta promesa, con la seguridad que nos da Jesús mismo. Son muchas las necesidades, y esta experiencia de pobreza y dependencia hace que nos sintamos bien aquí, en la casa de Dios; somos bienvenidos, porque estamos afligidos y agobiados, y buscamos alivio, no nos apoyamos en nuestras fuerzas e iniciativas, sino en el poder y la gracia de Dios. Nuestra vida humana se perfecciona y realiza si vuelca en su obrar y en su sentir los sentimientos de Cristo – hagan como yo les he enseñado, nos dice el mismo Jesús; y San Pablo nos invita a tener las mismas “disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús” (Fil 2, 5). “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Esta afirmación que nos llena de esperanza nos constituye en el Pueblo de Dios, porque somos Iglesia. No es una reunión casual, fortuita, sino que tenemos una identidad común, un mismo origen y una misma meta. El Señor está en medio nuestro, y nos reconoce como suyos. Nuestra presencia aquí, como Iglesia diocesana, refleja esa realidad, y en este momento privilegiado, al expresar nuestras súplicas y nuestro agradecimiento, se refuerza por obra de la gracia la presencia del Señor en medio nuestro. Él enriquece nuestra vida, la hace digna de respeto y la promueve a la participación divina. A esta comunidad humana, ennoblecida por la presencia del Salvador resucitado, la asocia a la renovación del mundo, a la salvación de los hermanos, porla Encarnación. 

II 

La Santísima Virgen acompaña, desde el silencio y la plegaria, la obra dela Redención. Madre del Salvador, lo llevó en su seno virginal, lo cuidó y educó como niño y como joven, y en su vida pública, lo asistió, discretamente, con esas pocas intervenciones que nos refieren los Evangelios. En la Pasión y Crucifixión estuvo junto a Jesús, y se alegró enla Resurreccióny en Pentecostés. Dejó que el Señor actuara, fue un instrumento fiel, y puso todo su amor y solicitud, con dedicación generosa, hasta el dolor y el sufrimiento. Recibió así ser nuestra gran intercesora, la primera criatura llevada en cuerpo y alma al cielo, y se encuentra junto al trono de Dios, asistiendo con sus ruegos, mientras dure este mundo, el camino de sus hijos, dela Iglesia, de la cual es imagen y modelo, como Madre y Esposa.

En estos momentos estamos viviendo una dolorosa confusión en nuestra sociedad argentina, porque la conciencia de muchos hermanos se encuentra desorientada en aspectos fundamentales, que hacen a la felicidad verdadera del ser humano, a su destino más serio y a la llamada más profunda. La familia padece los efectos de factores que conspiran contra la unidad y la estabilidad del matrimonio, como si este fuera un proyecto de los individuos, sin asumir el significado genuino de “ser uno” y que se prolonga en los hijos, con sus alegrías y satisfacciones, pero también con sus deberes y responsabilidades. Al faltar con demasiada frecuencia la fuerza del sacramento o por no estar la pareja suficientemente preparada para él, los lazos que los unen son frágiles, vulnerables, y se producen las rupturas, las separaciones, que causan tanto dolor en los mismos esposos y son perjudiciales para los hijos. La conducta sexual tiene cada vez menor cuenta de su relación esencial con el matrimonio, de manera que la búsqueda egoísta del propio bienestar sensible se convierte en un objetivo, casi en un bien, pero que atenta contra el desarrollo armonioso de los jóvenes y no pone las bases de una futura vida familiar. Con estos antecedentes no puede extrañar que la vida humana deje de ser respetada, pues cuando no es querida, es simplemente desechada, por el aborto liberalizado, o se la busca y procura para satisfacer motivaciones personales o de pareja. Ello sucede además en contextos muchas veces inadecuados, cuando no seriamente inmorales, y con medios que la conciencia bien formada debe rechazar, aunque sean aparentemente lícitos. La generación de una nueva vida es un milagro del amor; si se banaliza, se termina por no respetarla, se la niega o degrada, faltando al más elemental derecho del ser humano, que es la existencia, y la existencia digna. No nos puede extrañar que al no ser respetada la vida naciente y reducidos nuestros hermanos más indefensos e inocentes al abandono y a la miseria, todo ello conduzca a proseguir, en las demás edades de la vida, con la misma injusticia y crueldad. El maltrato de los niños, la venta de bebés, los secuestros extorsivos o, como ha sucedido recientemente, la venganza practicada en una vida inocente, el poco cuidado frente a las situaciones causadas por la droga y otras adicciones, engendran a su alrededor un ámbito que favorece y multiplica el delito. Así sucesivamente, hasta llegar a la eutanasia, con criterios aparentemente misericordiosos, pero egoístas y fríamente criminales. Son comportamientos individuales, es verdad, pero cada vez más frecuentes, y corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellos y dejar de verlos como hechos aberrantes. Pero habría algo más grave aún, y es que no advirtamos sus causas, y que transitando despreocupadamente por este camino que ya hemos iniciado, entremos de manera definitiva en una situación sin salida a la vista.

Este año el Santo Padre nos invita a reflexionar, rezar y actuar acerca de la vida, del respeto a la vida, y queremos hacerlo desde la fe, como cristianos, pero también muy conscientes de nuestra responsabilidad social. No es en sí un tema religioso, sino humano, que la fe cristiana, al mostrarnos el amor de Dios por el hombre, y habiendo Él querido que su Hijo naciera y viviera en las mismas condiciones que todos los hombres, excepto el pecado, la revelación cristiana, digo, ilumina y esclarece, y permite considerar de manera completa, plena, muy rica, afirmando la dignidad de las criaturas. Hoy, congregados en la casa de Dios, frente a la imagen de María, pedimos por la vida, y pedimos que podamos ser conservadores y promotores de la vida, de una vida plena, sin abusos ni injusticias. Comprendamos todos que esta vida plena es la que hemos recibido de Dios, y quela Iglesianos entrega, en los sacramentos y enla Palabrainspirada. Evitemos la facilidad de las promesas falsas, de los ritos supersticiosos e ineficaces, para afirmar la verdad y vivir en la verdad. Para esto, como hijos dela Iglesia, debemos afianzar nuestros vínculos con Dios Padre y su enviado, Jesucristo, que se manifiesta y llega a nosotros enla Iglesia, por la acción del Espíritu Santo. Es nuestro ruego por la intercesión de María, nuestra Madre, y sellamos esta súplica con nuestra vibrante y convencida Profesión de fe. 

Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio 


Publicado por verdenaranja @ 23:41  | Homil?as
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