Mi?rcoles, 05 de octubre de 2011

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en el encuentro de sacerdotes para celebrar el Día del Exalumno en el seminario San Carlos Borromeo (13 de septiembre). (AICA)

DÍA DEL EXALUMNO             

Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes y seminaristas

Al celebrar la fiesta del ex alumno de este Seminario San Carlos Borromeo, deseo unirme a las intenciones de nuestros queridos sacerdotes que celebran este año sus Bodas de Plata sacerdotales; así como saludar y tener presente a cada uno de ustedes que participan en esta Misa. También quiero recordar en esta celebración, a los que ya partieron ala Casadel Padre celestial, entre quienes contamos al querido Padre Salvador Guerriero, que fuera párroco de Santa Lucía, y a sus compañeros que cumplirían sus bodas de oro sacerdotales, que desde el cielo, se alegrarán por este recuerdo y por esta oración.

La figura de San Juan Crisóstomo que hoy celebramos, nos invita a pedirle al Señor poder anunciar siempre su Palabra, que él rezó, estudió y predicó incansablemente. Pero sobre todo, a imitar su vida, que fue un testimonio de lo que predicaba, especialmente por su amor a los más pobres, y su crítica del lujo y de la ostentación desmedida de su tiempo. 

Dar gracias a Dios, sobre todo por el sacerdocio que recibimos

1. Concelebrar la misa con ustedes nos lleva a dar gracias a Dios, sobre todo por el sacerdocio que recibimos. Para ello, han sido muy oportunas las lecturas dela Misade este día; en primer lugar el pasaje de la carta de San Pablo a los Efesios, que nos invita a reconocer con gratitud que “cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida en que Cristo los ha distribuido” (Efe. 4, 7).

Pero también, como dice el Apóstol al comienzo de este mismo capítulo, a conocer de acuerdo a la vocación que hemos recibido, el compromiso y el llamado por la unidad.

Esta unidad tiene su fundamento, y Pablo lo explica casi deuna manerar litúrgica: en que “uno es Dios, y Padre de todos”, o como nos dice el libro del Deuteronomio: “el Señor, nuestro Dios, es solamente uno” (Dt. 6,4).

Por esto, puede haber entre nosotros una unidad visible, que hoy se manifiesta en esta liturgia; ante todo en un mismo Espíritu, que es la unidad en su fuente más íntima; una misma esperanza, que es la unidad como destino futuro de todos; un solo Señor, que es la unidad de la fidelidad al único Señor ; una sola fe, en la que creemos en la adhesión a una misma confesión; un solo bautismo, en cuanto nos incorpora a un solo cuerpo, que es su Iglesia; y en lo más alto, un solo Dios Padre, que nos une a todos en una familia de hijos suyos (cfr. Com.la Biblia…, P.Luis A: Schökel, Efe. 4, 1- 16).

La Eucaristía, es signo de esta unidad con todos, que prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre “quien a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomo la condición de esclavo” (Fil.2, 6-7), y murió por todos.

También nuestra vida sacerdotal es signo de unidad, y enriquece la vida eclesial cuando manifiesta profundamente la comunión: “Padre, que todos sean uno, como Tu Padre estás en mí y yo en ti” (Jn 17,21)”, como los discípulos de Jesús que se reconocen si viven en la unidad y se aman como Él nos amó (D.A 159).

Asimismo esta comunión que nos reune en Cristo, está profundamente unida a la misión; de tal manera que los pastores conjuntamente con todos los miembros del Pueblo de Dios, según sus diversos carismas, están llamados a la santidad en la comunión y en la misión (D.A 163). En este sentido, la comunión es misionera, y la misión es para la comunión. 

La pluralidad de misiones y tareas emprendidas en estos años son un verdadero don

2. Por otra parte, si la unidad entre nosotros es una riqueza, podemos decir sin equivocarnos que también la pluralidad de misiones emprendidas en estos años son un verdadero don, sobre todo si ésta se manifiesta en armonía y en un crecimiento para el bien dela Iglesia; ya que a uno les comunicó el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe; de tal manera que Pablo nos muestra que los dones se identifican con los elegidos para construir el cuerpo de Cristo.

Esla Palabrade Dios que nos enseña que el Señor es quien nos eligió, que el Señor es quien nos llamó, y nos dio su propio don, en la medida que Él lo ha querido distribuir. Seguramente a lo largo de los años de nuestro ministerio hemos constatado, que a pesar de nuestras limitaciones y faltas, es el Señor quien nos sigue llamando y nos sostiene y nos necesita para construir su Iglesia.

Sin embargo, la elección es para servir, como el mismo Señor Jesús, que “no vino a ser servido sino a servir”; y para amar, ya que “solo la experiencia del amor que Cristo nos tiene puede llenar al hombre, porque su amor revela el amor de Dios" (ibidem, Efe, 3, 14 - 21). No somos dueños absolutos de ningún bien; sino solo administradores, y el Señor quiere sobre todo que seamos buenos administradores de su gracia y dispensadores de su amor. 

Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo

3. Este servicio para el que fuimos elegidos aparece reflejado en la lectura del Evangelio. Jesús es el sembrador, la semilla esla Palabray el terreno es la gente. Seguramente muchas veces al comentar este pasaje miramos alrededor, a la tierra que sembramos. Hoy quisiera que por un momento pensáramos que nosotros también somos esa tierra, y que el Señor quiere que esta tierra recibala Palabracon la mejor disposición de nuestro corazón; porque queremos darle gracias, cantar su misericordia por estos años de ordenados, y a la vez reconocer si todavía hay algún lugar de mi yo, donde la semilla debe dar aún más fruto.

Tal vez en nuestra vida ministerial, el hecho de anunciarla Palabrade Dios o celebrarla Eucaristía, que nos hace vivir tan cerca de este don y misterio, nos ha hecho experimentar que más que servidores podemos sentirnos privilegiados por el llamado del Señor. En cierta manera lo somos, para predicar y celebrarla Eucaristía, para servir y amar; pero a la vez necesitamos gustar en nuestra vida sacerdotal la alegría de la humildad, y de realizar gestos de humildad; el gozo de perdonar, sobre todo las ofensas más dolorosas; la paz de amar a los que no nos pueden dar nada a cambio; para imitar al Señor que siendo rico se hizo pobre por nosotros, se humilló y nos lavó los pies.

Necesitamos acercarnos ala Palabrade Dios con un corazón dócil y orante, para que ella penetre en nuestros pensamientos y sentimientos, y haga nacer, como dicela Exhortaciónsobrela Palabrade Dios, una mentalidad nueva en nosotros, que no es otra que la mente del Señor; y podamos decir con San Pablo: nosotros tenemos el pensamiento de Cristo (Benedicto XVI, Verbum Domini, cfr. n.80).

Como dice “Pastores dabo vobis”, somos ministros dela Palabrade Dios, somos enviados para anunciar el Evangelio. Pero solamente recibiendola Palabray permaneciendo enla Palabra, podemos ser amigos de Jesús, y ser discípulos y sembradores.

Y dado que Jesús esla Palabrade Dios hecha carne, y que Él mismo esla Verdad, la plegaria de Jesús repite por nosotros: “santifícalos en la verdad”; pidiéndole al Padre: “hazlos una sola cosa conmigo” que seamos uno con Él: “sujétalos a mi”; porque solo hay un sacerdote dela Nueva Alianza, que soy yo, el mismo Jesús. (V. D. 80), que dio la vida por ustedes. Esta entrega de si mismo para la vida del mundo (Juan 6, 51), se renueva en cada Eucaristía que celebramos; y que hoy volvemos a ofrecer en esta acción de gracias por el don del sacerdocio recibido.

De este modo, como cantamos en el salmo responsorial, podremos seguir repitiendo hasta el fin de nuestros días: “Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad”.

Se lo pedimos para todos, obispos sacerdotes y seminaristas, a nuestra querida Madre del Rosario. Así sea. 

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario 


Publicado por verdenaranja @ 23:05  | Homil?as
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