S?bado, 08 de octubre de 2011

Reflexión a las lecturas del domingo veintiocho del Tiempo Ordinario - A, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR
Domingo 28º del T. Ordinario A

1ª Lect. Isaías 25, 6-10a. Sal. 22. 2ª Lect. Filip. 4, 12-14. 19-20. Ev. Mt 22, 1-14) 

Queridos amigos y amigas: ¿Por qué tiene el Señor que prescin- dir del pueblo de Israel, que Él había elegido desde antiguo, y formar un pueblo nuevo?         

A este interrogante tan importante trata de responder Jesucris-to con tres parábolas que les presenta a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo y que estamos contemplando estos domingos…

Hoy llegamos a la tercera.

Se trata de un rey que celebraba la boda de su hijo. Nunca compara Jesús su Reino a cosas pobres, tristes…, sino todo lo contrario: A un banquete, a una fiesta, a un tesoro escondido, a una pesca abundante… Hoy lo compara a unas bodas. Y ya sabemos cómo se celebraba una boda en Israel, en tiempos de Jesucristo.

¿Y qué boda está celebrando el Rey celestial?

La de su Hijo, Jesucristo.

¿Y con quién va a “desposarse”?

Con toda la humanidad. Por eso  en el Evangelio, Jesucristo se llama a sí mismo “el novio”. (Mc 2,19).

¿Y quiénes estaban invitados?

En primer lugar, todos los que pertenecían al pueblo de Dios… Después, todos los demás.

¿Y qué sucedió?

Que mandó criados para avisar a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados…, y los convidados volvieron a hacer lo mismo. Es más, algunos llegaron al extremo de echarles mano y maltratarlos hasta matarlos.

¿Y qué pasó?

Que “el rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”.

Y todo esto, ¿qué significa?

Lo que ya comentábamos el domingo pasado sobre una parábola muy parecida: Los criados son los profetas... a quienes no hacían caso, los maltrataron y mataron…

Por tanto, es lógico que el Rey les diga a los criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales”.

Esto quiere decir que el Señor ha dejado al pueblo de Israel y ha formado otro pueblo, que respondiera mejor a sus llamadas. Es la Iglesia, formada no ya sólo por judíos, sino por todos: judíos y gentiles… “

El desposorio de Cristo no será ya, por tanto, con el pueblo de Israel, sino con la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, a la que llama-mos Esposa de Cristo.

De este modo, la Venida de Jesucristo, especialmente, su ministerio público, se compara a unas bodas (Lc 5, 34), que realiza con una “novia distinta”, y que será ratificada con su Sangre, derramada en la Cruz. Es la Sangre de la “Alianza nueva y eterna”.

De este modo, nace la Iglesia.

San Pablo, escribiendo a los efesios, les dice: “… Él se entregó a sí mismo por ella,  para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la Palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada…”.   (Ef 5, 21-27).  

Pero no se puede pertenecer a la Iglesia de cualquier manera…

Dice la parábola que “cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” Y lo expulsó.

No basta, como decía, con  pertenecer a la Iglesia. Hay que llevar el “vestido de fiesta”.

El Vaticano II nos advierte que “no se salva el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia, pues está en el seno de la Iglesia, con el “cuerpo”, pero no con “corazón”. (L. G. 14). Y por eso, concluye el Evangelio diciendo que “muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

La celebración de estas bodas tendrá su punto culminante y definitivo en el Cielo, cuando el Jesús vuelva en su gloria. En efecto, El Espíritu y la esposa dicen sin cesar: ¡Ven! (Ap 22, 17).

Entonces nos reunirá en torno a otra Mesa, mucho más grande y más amplia,  para el Banquete definitivo, del que nos habla la primera Lectura: “Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara: Celebremos y gocemos con su salvación…”.

Y porque todo esto es y será así, proclamamos todos en el salmo responsorial de este domingo: “Habitaré en la casa del Señor, por años sin término”. 

Junto a estas reflexiones, quiero hacerles llegar mis mejores deseos. ¡Feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 0:22  | Espiritualidad
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