S?bado, 22 de octubre de 2011

Reflexión a las lecturas del domingo treinta del Tiempo Ordinario - A, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR

Domingo 30º del T. Ordinario 

Sigue la oposición…, la conspiración contra Jesucristo…, las preguntas “para ponerlo a prueba”:

Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? le preguntan hoy unos fariseos, “para ponerlo a prueba…”

A primera vista, no comprendemos la dificultad. Esta pregunta es muy fácil. Lo sabemos desde pequeños.

Sin embargo, en la época de Jesús,  la cuestión era realmente difícil: Los rabinos contaban hasta 613 preceptos en la Ley y  en sus interpretaciones… Y discutían acaloradamente, en las escuelas rabínicas  acerca del mandamiento principal de la Ley.

Para Jesucristo, por tanto, señalar ese precepto, siendo una cuestión discutida, era muy arriesgado. Realmente, era una pregunta “para ponerlo a prueba…”

Sin embargo, Él les dice: “*Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser*. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: *Amarás a tu prójimo como a ti mismo* Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.”

¡Asombroso! Cristo no sólo les señala cuál es el mandamiento principal y primero, sino que, además, les dice cuál es el siguiente en orden de importancia y que estos dos mandamientos resumen la Ley y los profetas, es decir, todo el Antiguo Testamento.

Pero no podemos olvidar que Jesucristo está respondiendo a unos judíos y acerca de la Ley de Moisés. Por eso dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Para los cristianos es diferente: Hemos de amar al prójimo como Jesucristo nos amó (Jn 13, 34).

Y, si esto es así, ya sabemos lo fundamental, lo más importante, el núcleo de nuestra vida cristiana: “el amor”. Nuestra  tarea es amar.

Se ha dicho que lo importante en la vida no es hacer cosas grandes o valiosas… sino el amor que ponemos en lo que hacemos, sea grande o pequeño.

Y no es raro que el Papa Benedicto haya centrado el programa de  su Pontificado en esta frase: “Deus cháritas est”. Dios es amor: Y nuestra vocación es el amor: Responder “al amor primero” (1Jn 4, 19)  Es el gran descubrimiento de Santa Teresa del Niño Jesús: “Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia…” “En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado.”

Si nos dijeran que lo que tenemos que hacer en la vida es hacer grandes estudios, todos no estaríamos capacitados para ello… Si nos dijeran que tenemos que dedicarnos a los negocios,  muchos diríamos que no valemos para eso… Si nos dijeran que tenemos que dedicarnos a esta o aquella profesión, podemos decir que no estamos preparados…  Si nos dijeran que…

Pero amar, lo que dice amar…, lo sabemos todos, lo podemos todos, lo hacemos, de hecho, todos.

Por eso se suele comparar la vida cristiana con una cruz: Ésta se  compone de dos palos: uno vertical y otro horizontal. Siguiendo con el ejemplo, el vertical mira a Dios; el horizontal, a los hermanos.

Si falta un palo, ya no hay cruz.

Por eso la célebre discusión en la que uno dice que lo más importante es la relación con Dios (ir a Misa) frente al otro que dice que lo realmente importante es el amor al prójimo, (ayudar a los pobres), no tiene sentido…

Y como siempre, para los cristianos, Jesucristo es el modelo perfectísimo del verdadero amor. Nadie ha amado al Padre y a los hermanos como Él.

         Y todavía queda otra cosa. No podemos olvidar que hoy es el DOMUND, que significa: “Domingo Mundial de la Propagación de la Fe”. Centrado, este año,  en esta expresión del Evangelio:  “Así os envío yo”.

Y ¿no es el amor el que pone a la Iglesia, cada día, en “Pie de Misión?

Es lo que S. Pablo subraya en la segunda lectura de este Domingo: “Desde vuestra comunidad, (Tesalónica) la Palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y Acaya, sino en todas partes…”

No podemos olvidar que la mayor expresión de amor que podemos dar a un hermano es ayudarle a descubrir a Jesucristo o a volver a Él.

Y el amor no es algo que procede de nuestras fuerzas, de nuestra  grandeza de alma…, sino que es un don de Dios que se nos infunde gratuitamente en el Bautismo, se robustece en la Confirmación y se alimenta continuamente en el Altar. Un don que continuamente suscita en nosotros el Espíritu Santo que es el Amor. (Rom 5, 5). 

Y junto a estas reflexiones en forma de ECOS, les hago llegar mis mejores deseos y un ¡feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 0:31  | Espiritualidad
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