Viernes, 28 de octubre de 2011

Reflexión sobre las lecturas del domingo treintiuno del Tiempo Ordinario, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR
Domingo 31º del T. Ordinario A 

Aquel ambiente enrarecido y crispado que hemos venido observando los tres últimos domingos, culmina, en el evangelio de hoy, que nos presenta un fragmento de lo se podría llamar “el Discurso  contra los fariseos y escribas”

Cuando el Hijo de Dios se hace hombre en la antigua región de Palestina, se encuentra con que en la “Cátedra de Moisés se hallan sentados los fariseos y escribas…”

Lo más grande que tenía el pueblo escogido, la Palabra de Dios, la Ley los profetas, que Dios les había dado a través de Moisés y los profetas se encuentra en manos de los escribas y fariseos que llevan –muchos de ellos- una vida desordenada con relación a Dios y al prójimo.

Jesús, que sabe que le queda poco tiempo, porque muy pronto va  a ser llevado a la muerte, no puede consentir aquella situación… Y trata de desenmascararlos “ante la gente y sus discípulos” Y al mismo tiempo, presenta la forma de ser y actuar del verdadero discípulo. Esto ocupa el capítulo 23 de S. Mateo.

Sus palabras son duras y fuertes. Pero no queda más remedio. Es necesario que les quede claro a todos que ese no es el tipo de vida que Jesucristo quiere para sus discípulos. En efecto, después que Él los deje, ¿qué harán? ¿Imitarán a los fariseos y escribas? Hay que procurar, por todos los medios, que no sea sí.

Jesús comienza diciéndoles a la gente y a sus discípulos: “Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen porque ellos no hacen lo que dicen”.

¡Qué distinción más perfecta!

Y ¡Tremenda acusación!: la falta de coherencia y sinceridad de vida: Ellos “no hacen lo que dicen”.

¿Tendremos nosotros el peligro o habremos caído en él, de decir o enseñar una cosa y, luego, hacer lo contrario?   

Tenemos que examinarnos todos: los jóvenes y los mayores, los sacerdotes, los profesores, los padres… Todos.

Al llegar aquí recordamos aquellas célebres palabras del Papa Pablo VI en Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”: “La Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio… (E. N. 21). Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ´´ ¿Creéis verdaderamente lo que anunciáis?´´ ´¿Vivís lo que creéis?´´ ´´¿Predicáis verdaderamente lo que vivís?” Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a la eficacia de la evangelización”. (E. N. 76)

Los fariseos y escribas no estaban por tanto, capacitados para enseñar al pueblo en nombre de Dios.

¿Y nosotros?

Luego, Jesús les acusa de que exigen mucho a la gente en nombre de Dios, pero ellos no están dispuestos a ayudarles en nada.

Y les echa en cara, además, de que “todo lo que hacen es para que los vea la gente”. ¡Es el fariseísmo y la hipocresía!

¡Así eran “los guías” de Israel!

A primera vista, puede parecer que esto no va con nosotros. Que es cosa pasada. Pero, por poco que reflexionemos, nos damos cuenta hasta qué punto podemos estar contagiados en mucho o en poco de estas actitudes.

Luego Jesucristo presenta el ideal del verdadero discípulo. Les repite tres veces la misma idea: “No os dejéis llamar maestros ni padres ni jefes”. Pero no se trata de una cuestión de palabras sino, más bien, de una actitud o actitudes… No se refería el Señor a la forma que usamos nosotros, en el lenguaje común: Ser maestro, padre o jefe para nosotros,  no se entiende en términos absolutos, como hacían ellos, sino como partícipes de la sabiduría, paternidad o señorío de Dios. Pero los judíos tenían un gran interés en llegar a ser “rabí”, a  ser considerados y recordados por siempre, como padres o jefes de Israel.

Los discípulos, por el contrario, tendrán que distinguirse en que son  “servidores  de los hermanos…” Al igual que Cristo “que no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos.”(Mt 20, 28).

Por tanto, Jesucristo es el ejemplo de todo y de todos. Él es siempre “el camino”.

Frente a los fariseos y escribas, frente a aquellos sacerdotes del Antiguo Testamento a los que amenaza y recrimina el profeta Malaquías (1ª Lect.), Jesucristo se presenta como el verdadero y único Maestro ¿No le llamaban todos Rabí? Y el Padre del Cielo es el verdadero y único Padre y Señor.

S. Pablo (2ª Lect.) se presenta como verdadero discípulo que había tratado a los de Tesalónica como una madre, con cariño, generosidad y entrega…

Cuántas cosas podríamos seguir diciendo…, pero no tenemos espacio para más… La Liturgia de la Palabra de este domingo debe movernos a una especial reflexión y revisión de nuestro “ser” de cristianos… Y preguntarnos con valentía: ¿A quién me parezco más: a Jesucristo, a San Pablo o a los escribas y fariseos?

Malo sería que estuviéramos contaminados con la “levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12, 1).


Publicado por verdenaranja @ 22:58  | Espiritualidad
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