Mi?rcoles, 02 de noviembre de 2011

Desde la oficina de Prensa del obispado de Tenerife nos envían la conferencia pronunciada recientemente en S/C de La Palma por Francisco José Ruíz, provincial en España de la Compañía de Jesús. Su título es: Tiempos complicados para creer en Dios.La Iglesiay su reto en el siglo XXI.

Tiempos complicados para creer en Dios.La Iglesia y su reto en el siglo XXI 

Ponencia · Orden Franciscana Seglar
Santa Cruz deLa Palma
28.10.2011 

Introducción 

Nunca hemos tenido tanta presión de parte del tiempo no vivido, del futuro. Ha dejado de ser predecible. Incluso habría que afirmar que están a la mano todos los síntomas que lo auguran complejo, amenazante. 

Tambiénla Iglesiaestá preocupada por el futuro. Dios se ha vuelto difícil de creer para muchas personas de las sociedades tradicionalmente cristianas. Su nombre está dejando de pronunciarse. No es tan celebrado. No interviene en las decisiones. El futuro parece estarse construyendo desde ese silencio.

No es raro, por eso, que se haya iniciado la gran empresa eclesial que hemos venido en llamar nueva evangelización (NE). Esta ponencia no quiere explicar el proyecto en sí dela NE. Sólodesea despertar el ánimo para ella. Necesitamos inspirarnos mutuamente en presentar de un modo distinto el Evangelio. Es el reto de los cristianos del siglo XXI. 

1. Nuestro humilde principio de realidad 

Cuanto les voy a decir puede tener como marco una cierta profecía de Ratzinger en 1973: 

«…De la Iglesiade hoy saldrá una iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más propicia. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Se habrá de presentar a sí misma, de forma mucho más acentuada que hasta ahora, como comunidad voluntaria, a la que sólo se llega por una decisión libre. Como comunidad pequeña, habrá de necesitar de modo mucho más acentuado la iniciativa de sus miembros particulares»[1]. 

La opinión del entonces profesor Ratzinger muestra visos de estarse cumpliendo en algunos de sus pronósticos: 

Por una parte, «Dios» efectivamente está dejando de ser un supuesto. Hemos vuelto a un punto en el que (1) el cristianismo ha de mostrar sus credenciales, en el que (2) tales credenciales serán revisadas con mayor o menor benevolencia y en el que (3), no siempre con seguridad, se nos concederá un tiempo para expresar nuestra propuesta. En ello ya partimos con desventaja: porque si la vida se abre a un horizonte liberador en tanto que probablemente Dios no exista –como propone el incidente de temática religiosa de hace un año que fue noticia en algunos países europeos–, es que o lo hemos dicho y hecho rotundamente mal, o la ignorancia sobre lo que es el cristianismo es el peor verdugo que nos ha llegado –ese que ajusticia sobre acusaciones de delitos no cometidos...–, o está abierto un fraude cultural que está usando sus peores artimañas. 

Por otra parte, el sentido eclesial está transformándose. Se están produciendo dos desplazamientos de fondo: 

Desplazamiento de arriba abajo. Las Iglesias tradicionales pierden terreno y lo religioso prefiere anidar libremente en otros sitios. El Evangelio viene menos de arriba –el arriba de aquellas instancias institucionalizadas dentro dela Iglesia–. Se captan trozos inconexos de su mensaje en el abajo –que se desparraman intermitentemente, sin continuidad, en ocasiones vitales muy puntuales, envueltos en una trama comunicativa social difusa y compleja–.

Desplazamiento de dentro a fuera. Cada vez más gente cree –o sólo se atreve a creer– en los límites dela Iglesia; Dios se les hace posible fuera del credo o, al menos, en algunos aspectos de ese credo. 

Visto en su conjunto, al final nos acercamos paulatinamente a una situación muy semejante a la que indicaba Ratzinger:la Iglesiase aproxima cada vez más a esa «comunidad voluntaria, a la que sólo se llega por una decisión libre». Y, por lo tanto, «como comunidad pequeña, habrá de necesitar, de modo mucho más acentuado, la iniciativa de sus miembros particulares». 

Es ahí donde quisiera situarme, en esa especie de arranque común hacia una comunidad voluntaria, que podemos imaginar como proceso de eclesiogénesis dela Iglesiaoccidental en las próximas décadas: 

En esa comunidad voluntaria, la iniciativa y el protagonismo no podrán ser asumidos sino por todos los agentes eclesiales –¡por todos los bautizados!–.

En esa comunidad voluntaria se desarrollará una conciencia fuerte de misión. 

2. Algo se mueve 

Concedamos que la humanidad, en el amanecer de este milenio, está viéndose confrontada con situaciones no solucionables según parámetros ya periclitados. La política, la economía, la relación entre la tecnología y el medioambiente, la distribución de recursos naturales, la educación, la moral pública y la bioética, por no agotar todas las temáticas, sufren rupturas sistémicas. Algo les sucede a las sociedades de mayor peso fáctico en el planeta. Carecen de respuestas prontas y certeras para las cuestiones que su propio empeño civilizatorio les está planteando. Carecen de respuestas… y, simultáneamente, sólo se atreven a dar algunas desde claves que esquivan la sabiduría emanada de la experiencia religiosa. El resultado es que se amasa una auténtica emergencia espiritual. Nos hallamos literalmente en el borde de un tiempo, que colinda ya con una época distinta, y avanzamos desorientados en pleno túnel de transición. Sólo registramos cambios, pero no llegamos a adivinar cuáles son fugaces y cuáles, sólidos. 

La Iglesia, también en el arranque de este milenio, está viviendo intensamente una moción a retomar su impulso apostólico. Por lo que vemos, no parece incumbir sólo a una sensibilidad eclesial, a un sector o a una institución determinada; más bien, es todala Iglesia, en su impresionante internacionalidad y multiculturalidad, la que se siente invitada a salir “a los caminos” y reunir a cuantos encuentre, “malos y buenos” (Mt 22,10). 

Valga como demostración el gesto reciente de Benedicto XVI en su homilía del 21.8.2011 enla JMJ-Madrid, cuando mete ala Iglesiaentera, empezando por sus jóvenes, dentro de una evidente proyección misionera: “De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo ala Iglesia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios”. 

La fuerte moción a proyectarse apostólicamente es, en y parala Iglesia, eco de la coyuntura presente de la humanidad. Su renovado impulso ad gentes es respuesta al mundo y sus circunstancias, no es iniciativa descontextualizada y ajena al ser humano contemporáneo. La intención dela NEbrota de la convicción de que la transformación del mundo que se nos avecina precisa de Espíritu. La época que viene busca un alma si quiere abrazar futuro, porque sabe de sobra que le son insuficientes muchas de las racionalidades que imperan en su presente. 

3. Varios caminos transitables 

Propongo recorrer algunos momentos de los Evangelios, extraer de ellos impactos significativos y componer así un cuadro. El cuadro debería resaltar la huella de Jesús –lo que es sólo de Él, su huella, y muestra tener un eco inacabado para nosotros dos mil años después–, reconocible por el impulso de vida (evangélica) que esa huella imprime al mundo y su historia. Ese impulso es nuestra aportación eclesial a este momento –y lo será siempre–. 

Todo ello lo propongo desde dos supuestos:

a) El cristianismo hoy tiene que confiar como nunca en lo que puede desplegar desde sí, una vez que carece de apoyaturas incuestionables (sociales, políticas, culturales) que lo sostengan sin más. En eso ya no se distingue mucho de aquel momento de arranque que vivieron los apóstoles: el entorno no les concedía nada y tampoco suponía aval alguno el escaso recorrido histórico del naciente cristianismo. Estaríamos, más o menos, en la situación de un san Pedro novel, que es consciente de lo que tiene –a Jesús mismo, sin más oro, sin más plata– y eso es precisamente lo que da a quien le mendiga: 

«Pedro y Juan subían al templo para la oración de media tarde. Un hombre paralítico de nacimiento solía ser transportado diariamente y colocado a la puerta del templo llamadala Hermosa, para que pidiese limosna a los que entraban en el templo. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, acompañado de Juan, lo miró fijamente y le dijo: -Míranos. Él los observaba esperando recibir algo de ellos. Pero Pedro le dijo: -Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina. Lo agarró de la mano derecha y lo levantó. Al instante pies y tobillos se le robustecieron, se irguió de un salto, comenzó a caminar y entró con ellos en el templo, paseando, saltando y alabando a Dios. Toda la gente lo vio caminar y alabar a Dios; y, al reconocer que era el que pedía limosna sentado a la puerta Hermosa del templo, se llenaron de asombro y estupor ante lo acaecido. Mientras seguía agarrado a Pedro y a Juan, toda la gente corrió asombrada hacia ellos, al pórtico de Salomón. Pedro, al verlos, les dirigió la palabra: -Israelitas, ¿por qué os asombráis y os quedáis mirándonos como si hubiéramos hecho caminar a éste con nuestro propio poder o religiosidad? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, que sentenciaba su liberación. Vosotros rechazasteis al santo e inocente, pedisteis que os indultasen a un homicida y disteis muerte al Príncipe de la vida. Dios lo ha resucitado de la muerte y nosotros somos testigos de ello. Porque ha creído en su nombre, éste que conocéis y estáis viendo ha recibido de ese nombre vigor, y la fe obtenida de él le ha dado salud completa en presencia de todos vosotros» (Hch 3, 1-16) 

b) Pero precisamente por eso, el cristianismo tiene que resultar significativo para nuestros contemporáneos. Si no lo es, ni siquiera merecerá un clic sobre el ratón del mundo internauta. Esa significación precisa de una actitud de escucha (¡cuántas veces la pidió Jesús para él mismo entre sus contemporáneos y no se la concedieron!). Habrá que ver cuándo esa receptividad vuelve a repuntar. Pero mientras tanto, el cristianismo tiene que hacer un enorme esfuerzo comunicativo que supere la sordera voluntaria que en muchos produce sus incongruencias contemporáneas e históricas, un esfuerzo comunicativo que le centrará en el núcleo de su mensaje y en la sencillez básica de su propuesta. 

El cuadro que se quiere componer para recoger –muy imperfecta e incompletamente– la huella de Jesucristo dos mil años después tiene los siguientes elementos: 

I. El poder transformador del amor. ¿Qué puede conmover –y, por eso, mover– al mundo verdaderamente? Jesús insiste en que sólo existe una palanca, capaz de modificar el estado de las cosas: el amor, pero un amor evangelizado y, en consecuencia, totalmente reformulado en relación a amores parciales, coyunturales, interesados. El Evangelio es tajante en ese punto: además del amor –pasado por el seguimiento a Cristo– no hay otra energía transformadora de la historia. 

Este impulso radical de vida viene bien en tiempos de crisis –es decir, en tiempos de descubrimiento paulatino de la vaciedad estructural de varios sistemas conectados entre sí, desde los económicos a los valóricos que los sostienen–. En medio de un escenario que nos invita a preguntarnos por lo que aguanta, por lo que parece que resiste el tiempo y cualquier crisis, el Evangelio vuelve a poner sobre la mesa una propuesta vital. 

II. El descubrimiento de la alteridad. La realidad humana está abocada a ser comunidad. Pero sabemos de sobra que los procesos culturales en los que nadamos refuerzan en exceso la individualidad. El resultado es que estamos amenazados de individualismo –es amenaza global, con efectos suprasociales: hasta la mismísima naturaleza se resiente de nuestro autocentramiento personal, cultural, económico, político o étnico–. El cristianismo no es reducto para quien huya de construir comunidad –y para quien no quiera afrontar valientemente vida en común–. No obstante, el tema es entender cordialmente que el otro es distinto de mí; el Evangelio singulariza al prójimo y lo hace persona… Y ahí el Evangelio también ofrece un impulso de vida. 

Más o menos como lo muestra una de esas historias constructivas que nos llegan de vez en cuando: “¿Por qué vas a verla?”, pregunta un amigo a otro, refiriéndose a una familiar de éste ya anciana y con Alzheimer. “Ya no sabe quién eres”, añade. El amigo enseguida reacciona: “Pero yo sí sé quién es ella para mí. Por eso la visito”. 

III. El descubrimiento de nuestra fraternidad. Una consecuencia de lo anterior es que ¡a quien descubrimos en la alteridad es, ni más ni menos, que a nuestro hermano! Y ese hermano es causa de transformación de la propia vida. La buena alteridad es reconocimiento de la familiaridad, de nuestra fraternidad fundamental. 

En resumen, lo que vengo a proponer es lo siguiente: 

Precisamente porque el mundo tiene una palanca para cambiar –el amor evangelizado–,
precisamente porque es posible para Dios la alteridad,
precisamente porque la alteridad es descubrimiento del hermano,
el mundo no es un espacio cerrado, vacío: tiene dentro de sí impulsos radicales de vida que invitan a verlo con esperanza. 

3.1. Primer impulso de vida: lo que transforma sólo es el amor 

Un punto de partida: Jesús dio un primer paso. Si Jesús pasa a ser historia, es porque en su vida venció la inercia de no actuar sobre las cosas para cambiarlas. De dejar que fueran lo que siempre habían sido. La historia y el mundo no están escritos definitivamente ni acabados; son susceptibles de transformación. La historia y el mundo están llamados a una novedad –a un cambio esencial para que la historia y el mundo sean lo que ¡deberían ser!–. Eso supone atrevimiento, osadía, parresía. El Evangelio es noticia de cambio, de transformación, sólo posible desde una voluntad convencida de que la realidad necesita movimiento –movimiento hacia una mayor gloria de Dios; por lo tanto, hacia una mayor justicia entre los hombres–. 

En una palabra: Jesús no gusta de los contentamientos. Invita a afrontar la vida en sus propios desafíos. En ese sentido, el cristianismo es inquietante: no es fácil, ni facilita tampoco excesivamente las cosas. Es motor de dinamismo para la realidad, porque nunca se conforma con ella. 

El desarrollo de la apuesta por la inconformidad. El Evangelio tiene muchos momentos en los que se rompe el ritmo normal de la realidad y se busca una realidad distinta. Todo el Evangelio es quicio de novedad. Todo es atrevimiento y no sanción de lo que ya es. En la parábola de los talentos se da el primer aviso, todavía como presupuesto de un camino de excelencia: hay que ponerse en juego, hay que jugársela en una actitud de la que quiere alejar el Apocalipsis: «Conozco tus obras, que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente; pero como eres tibio, ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca» (3, 15-16). 

La cualidad del impulso. El cristianismo quiere cambiar las cosas de un cierto modo, no de cualquier modo. Quiere transformar por la fuerza impulsadora que sólo tiene el amor. El amor propone una praxis muy diferente a la que plantean otros tipos de estrategia de transformación del mundo. 

Un primer ejemplo. Donde esto se puede ver más, incluso con un cierto contrapunto, es en la conversación con el joven rico (Mc 10,17-30): 

La sorpresa. Esta escena sigue sorprendiendo a cualquiera. Y a cualquiera de todo tiempo, también el nuestro. Continúa llamando la atención la inquietud de aquel rico piadoso. Esa inquietud rompe los esquemas lógicos de ayer y de hoy. Porque también hoy, en una sociedad con valores desfondados, no visibles, nos daríamos con un canto en los dientes si triunfara el estilo de vida que lleva este rico inquieto. A él le sobran valores. Está cargado de ellos. Los vive. Su biografía rezuma coherencia por todos los lados y parece que no es una improvisación de ayer; es una convicción de siempre: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». 

La causa de la sorpresa: un corazón inquieto. Por eso, impresiona su estar inquieto, una inquietud que le hace acercarse a Jesús «corriendo», le impulsa a «arrodillarse» y formularle abiertamente la pregunta por el sentido de las cosas.  Esa inquietud asombra a quienes presencian la escena y asombra a quienes asistimos a la escena también hoy. ¿Por qué no es suficiente con no matar, no traicionar el corazón dado, no robar, no dar falso testimonio, no estafar, no abandonar las propias raíces? Firmaríamos ahora mismo si nosotros y nuestra sociedad partiéramos de estos supuestos. ¿Pero por qué no es suficiente para el rico? ¿Y por qué tampoco es suficiente para Jesús? 

De judío a cristiano. Ese más, sin embargo, parece esencial. El rico era un buen judío. Pero Jesús le dice que, sobre eso, sea un buen cristiano. No debería quedarse en los mínimos. El joven rico permanece en sus círculos de correspondencia egoísta, sin dar origen a la novedad. No sale propiamente de sí. Vive esencialmente pagado de sí mismo, siempre hasta un de aquí no paso más. Y Jesús le invita a dar precisamente ese paso. 

Una tesis constante del Evangelio. Esta tesis de que sólo Dios proporciona la fuerza para dar un paso más –para así superar las medianías que no generan cambio, ni transformación, y ¡así mover el mundo!– está presente en el Evangelio. Sólo destaco dos escenas que lo corroboran: 

a) Sermón del monte. “Si queréis a los que os quieren, ¿qué premio merecéis? Y si mostráis afecto sólo a vuestra gente, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen eso mismo también los paganos? Por consiguiente, sed buenos del todo, como es bueno vuestra Padre del cielo” (Mt 5, 46-48). 

b) Óbolo de la viuda. “Sentado frente al cepillo del templo, observaba cómo la gente echaba monedillas en el cepillo. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda pobre y echó unas monedillas de muy poco valor. Jesús llamó a los discípulos y les dijo: -Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que todos los demás. Pues todos han dado de lo que les sobra; pero ésta, en su indigencia, ha dado cuanto tenía para vivir” (Mc 12, 41-44). 

En síntesis: la transformación de las cosas que impulsa el Reino no es posible sin esos puntos de dejarse afectar más. Un punto de cierta exageración. Por eso: 

La misericordia es algo que se encuentra más allá de la justicia
La fraternidad es algo que se encuentra más allá de la igualdad
La vocación cristiana es algo que se encuentra más allá de un proyecto humanista 

Ese “algo más” sólo lo puede imaginar el amor evangelizado. Queda así un aviso para nosotros: que esa radicalidad llegue a cada uno, una radicalidad adaptada a este tiempo, que tiene que ver con dejar lo conocido –«vende todo lo que tienes»– para aventurarnos a «seguirlo». 

3.2. Segundo impulso de vida: el descubrimiento de la alteridad 

El punto de partida. En Jesús está el otro. Por eso, el cristianismo se vuelca: induce movimiento hacia fuera de nosotros. La conciencia cristiana, para tenerla, ha de estar centrada en el otro y ha de descubrirlo, al menos inicialmente, como persona. De eso Jesús es especialista. 

El perdón como recuperación de la alteridad. El perdón es una de las vías por la que el Evangelio ayuda a recuperar la alteridad. El hecho es que la historia humana se ve fracturada continuamente por el mal moral –y la comunidad humana con ella por las heridas que nos infligimos unos a otros–. El efecto inmediato es que perdemos alteridad: perdemos espacio para el otro, al que enjuiciamos, condenamos, sentenciamos, aislamos, denigramos. La reconciliación es, por ese motivo, un camino excepcional de recreación del otro. ¿Pero cómo hacer un camino tan difícil? 

Un ejemplo. Les propongo detenernos despacio en la escena de la mujer descubierta en adulterio (Jn 8, 1-12): 

Jesús se dirigió al monte de los Olivos. Por la mañana volvió al templo. Todo el mundo acudía a él y, sentado, los instruía. Los letrados y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio, la colocaron en el centro, y le dijeron: -Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés ordena que dichas mujeres sean apedreadas; tú, ¿qué dices? -decían esto para ponerlo a prueba, y tener de qué acusarlo. Jesús se agachó y con el dedo se puso a escribir en el suelo. Como insistían en sus preguntas, se incorporó y les dijo: -Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra. De nuevo se agachó y seguía escribiendo en el suelo. Los oyentes se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí de pie en el centro. Jesús se incorporó y le dijo: -Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella contestó: -Nadie, señor. Jesús le dijo: -Tampoco yo te condeno. Ve y en adelante no peques más. 

Valoración. Impresionante escena. Les sugiero que nos detengamos en ese momento –difícil y duro– en que Jesús y la mujer están rodeados de los acusadores con piedras en las manos, llenos de intenciones mezcladas y ahítos de violencia: 

Si me lo permitieran, les invitaría a que nos internáramos en el corazón de aquella mujer, que, despavorida, no puede sostener la mirada de quienes la descubrieron y delataron. Para la mujer, quienes están ahí delante forman un muro –insuperable, inamovible– que no tiene salida alguna. La vida para ella finalizaba en aquella pared humana, de violencia contenida, casi a punto de explotar. Para aquellos hombres no tenía dignidad. Ni siquiera derecho a existir. La ley judía les asistía. Por esa razón, nadie había pedido una explicación a la acusada. Lo que es peor: nadie le había concedido la posibilidad de pedir perdón. 

Sólo entre los presentes hay Alguien que se sitúa de otro modo. También les invitaría a que se internaran en el corazón de aquella mujer cuando mira cómo reacciona Jesús. Jesús se juega mucho si no toma partido por los acusadores. Se juega su credibilidad. En ese sentido, Jesús está tan en precario como aquella mujer. Sabemos lo que hizo entonces Jesús y cuál fue su veredicto. Jesús seguirá en precario. Pero aquella mujer posiblemente se reencontraría consigo misma y reconstruiría su corazón frágil y extraviado. Porque Jesús deja ver a la mujer que tiene posibilidad de vida después de lo sucedido. Que, por la extraña capacidad del corazón de Dios, el mal nunca puede ser tan grande que cierre la vida. Que el perdón, y nada más que el perdón, es el secreto final del cielo. 

Propuesta de recuperación de la alteridad. El cristianismo es experto en propagar este mensaje. Nuestra misión es convencer de vida –convencer de perdón y misericordia– allí donde los puentes están rotos, las ilusiones perdidas y el ánimo truncado. Enla Compañíade Jesús eso se define como ayudar a las ánimas: es decir, ayudar en reconocernos sostenidos por un Dios que siempre pone sorprendentemente misericordia donde nosotros colocamos juicio y condena. 

3. 3. Tercer impulso de vida: el descubrimiento del nuestra fraternidad 

La misericordia. El Evangelio apunta un tercer impulso de vida, una vez que ha subrayado que el amor es lo que verdaderamente transforma y que ha sugerido que emprendamos un camino de reconocimiento de la alteridad. Ese tercer impulso se concatena con los anteriores: desde la perspectiva del Evangelio, el otro es hermano. Y en ese descubrimiento se inicia la historia amable de la humanidad –o se inicia la tarea de no permitirnos quedarnos ajenos a las desgracias del desamor en el mundo…–. 

Una escena. Acudamos a una de las historias más hermosas de Jesús. Y permitámonos dejar vía libre a su capacidad de sugerencia sin reparar en la exégesis rigurosa. Es la historia de aquel robo de unos forajidos, de un hombre malherido en una cuneta, de un sacerdote y un levita que pasan de largo, y de un viajante samaritano (cf. Lc 10, 25-37). Conocemos cuanto pasó para que confluyeran todos aquellos personajes. Jesús lo describe como quien cuenta un hecho cotidiano. Era el incidente normalde uno de losmuchos robos que sucedían en los caminos de Judea y Galilea de entonces, signos de los desequilibrios económicos y sociales de la situación contemporánea a Jesús. Era también el relato habitual de tantos que andan por los caminos sin detenerse a ver la gente de las cunetas. Era todo eso... hasta que Jesús, de pronto, introduce un héroe anónimo, un samaritano. La historia deja de ser una historia cotidiana sobre lo dura que es la vida y de lo dura quela hacemos. Aquelviajante se detiene y se acerca ala cuneta. Yse lleva a alguien que estaba postrado en ella. El cuento ya no es crónica anodina. Es noticia. 

La propuesta de Jesús. De una parte, Jesús defiende el principio teológico de que Dios habita en el lado duro de las cosas –y así lo son las cunetas de todos los caminos, habitadas por los desarrapados de la historia–. Dios no se queda sólo en el Templo. Prolonga su presencia hasta los confines de las situaciones humanas trágicas. El sacerdote y el levita parten de un principio teológico distinto, todavía restringido. Por esa razón, no hacen adoración al ver a la víctima del robo. Por otra parte, Jesús discrimina seguimientos y consagra la reacción del samaritano como la que se debiera esperar. A Jesús se le nota su deseo de que no haya vacilaciones en ello. Por eso, frente a la rapidez narrativa que llevaba hasta ahora la parábola, en este momento el relato se vuelve lento, toma imágenes sucesivas en corto, casi con el deseo de no perder nada de cuanto está sucediendo: «Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero...» (Lc 10, 34-35). 

La clave. Y, sin embargo, nos deja con una pregunta. ¿Qué ha pasado para que un desconocido se complique la vida con otro desconocido? Rebobinemosla historia. Laverdades que Jesústiene el detalle de explicarnos lo que sucedió. Lo dijo rápidamente, pero lo dijo. Jesús, narrando, se metió en el interior del samaritano. Enfocó y sacó esta foto: «...y al verlo, tuvo compasión» (Lc 10, 33). Que es como decir: el samaritano se sintió impactado, se dejó afectar, su corazón se transformó... Ahí se produce un proceso de insobornabilidad, que parece reflejar algo de la insobornabilidad divina. Desde ese momento, el samaritano quiebra la cotidianidadde lo duro de lascosas. Gasta de lo suyo y lo comparte. Mezcla su vida con la de un necesitado y rompe soledades. Cambia su esquema de vida y se ata ala misericordia. Dichode otra manera: el samaritano empieza a vivir nuevos registros de lo que es la riqueza, el amor yla libertad. Sucorazón tocado le anima a dar lo que tiene, a querer sin retorno y a moldear la vida por los otros. 

He ahí el impulso de vida del que es capaz el cristianismo y que lo hace tan genuino en la historia. Su mensaje es claro: expongamos el corazón. No permitamos que se enroque y se blinde. Cuando consentimos en que la realidad apele al corazón y le formule a él directamente preguntas, entonces descubrimos que los otros no sólo son distintos y dignos en sí mismos, sino que son hermanos. Y si eso se produce, nos veremos impelidos a responder totalmente. Sin recortes. Como el samaritano, que está dispuesto a llegar hasta el final de lo que le dictan sus entrañas insobornables: «Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva» (Lc 10, 35). 

4. Conclusión 

Porque todo lo anterior es efectivamente posibilidad real para nuestra historia, tenemos esperanza, nos debemos a ella. Permítanme que finalice con esta imagen final de Jesús: 

«En aquella ocasión se presentaron algunos a informarle acerca de unos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Él contestó: -¿Pensáis que aquellos galileos, dado que sufrieron aquello, eran más pecadores que los demás galileos? Os digo que no; pero si no os arrepentís, acabaréis como ellos. O aquellos dieciocho sobre los cuales se derrumbó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que el resto de los habitantes de Jerusalén? Os digo que no; pero si no os arrepentís acabaréis como ellos. Y les propuso la siguiente parábola: -Un hombre tenía una higuera plantada en su huerto. Fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo al hortelano: -Llevo tres años viniendo a buscar fruta en esta higuera y no la hallo. Córtala, que encima está esquilmando el terreno. Él le contestó: -Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto. Si no, la cortas el año que viene» (Lc 13,1-9). 

Fíjense en ese señor de aquella viña en la que había una higuera. Ese señor, que es capaz de manejarse internamente de manera que deja que la higuera estéril tenga una oportunidad más e insista en la tarea de fructificar. 

Jesús no monta esta imagen para que reconozcamos la inmensa paciencia que pende sobre nosotros, higueras poco productivas. Le importa más que nos fijemos en Quien es portador de esa paciencia histórica, sin plazos. Es el Dios que Jesús lleva dentro de sí y que quiere presentar. Es Dios de otro modo: absolutamente distinto a lo que corre entre muchos de sus contemporáneos. Muchos de ellos identificaban a Dios en medio de una extraña ley del premio y del castigo. Lo creían registrador de un particular archivo de deudas no pagadas y transferidas a personas y situaciones no culpables. La muerte era su sentencia inapelable de justicia. Era el Dios difícilmente separable del miedo. 

En ese sentido, Jesús libera a Dios de las expectativas de los seres humanos: expectativas tan manipuladoras que acaban confundiendo a Dios con el desamor. Por eso, la higuera se mantendrá en aquel trozo de la viña, rompiendo toda lógica productiva. La parábola no lo dice. Pero es muy probable que el señor hubiese concedido otro año de gracia a una higuera persistente en su pobreza. Así es Dios con la historia y el ser humano. 

Propagar ese mensaje es, más o menos, la misión dela Iglesiaen todo siglo. Su misión es repetir la parábola de Jesús: insistir en que el señor de la viña esperará pacientemente a que la higuera dé fruto –sin cortarla, creyendo en su potencialidad–. Porque esa potencialidad está ahí, toda vez que el amor también está ahí, al cabo del corazón humano, como palanca que transforma la realidad como espacio y tiempo para el reconocimiento de los otros y como ocasión de descubrimiento sorprendente de nuestra fraternidad en Dios.


[1] J. Ratzinger, Fe y futuro, Sígueme, Salamanca 1973, p. 76.


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