S?bado, 05 de noviembre de 2011

Reflexión a las lecturas del domingo treintidos del Tiempo Ordinario - A, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR.
Domingo 32º del T. Ordinario A 

Está terminando el Año Litúrgico. Pronto comenzaremos el Tiempo de Adviento, que nos prepara para la Navidad.

Es como el declinar de un día, un atardecer…

Y cada año, por estas fechas, la Iglesia nos invita a recordar y celebrar la espera de la Venida gloriosa del Señor. Y a eso nos invitan las lecturas de estos domingos hasta el último, el Domingo 34º, en el que  se nos recuerda que la Historia humana no terminará en la destrucción y el fracaso, sino con el triunfo pleno y definitivo de Cristo, Rey del Universo.

También nos centramos en esta realidad las primeras semanas de Adviento.

Un tiempo, pues, un tanto amplio para recordar y celebrar esta verdad que profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”.

También cada vez que celebramos la Eucaristía profesamos esa fe y esa esperanza…

Por tanto, hemos de tener siempre una conciencia viva de que los cristianos trabajamos, descansamos, ayudamos y compartimos con los demás…, celebramos la Eucaristía, “mientras esperamos la gloriosa Venida de nuestro Salvador Jesucristo”.

Pero, a pesar de todo, hay un gran desconocimiento en el pueblo cristiano de este grandioso acontecimiento, el más importante que esperamos.

En la Liturgia de la Palabra de este domingo, S. Pablo, en la segunda lectura, nos habla de la suerte de los difuntos para que no nos aflijamos como “los hombres sin esperanza”. “Pues si creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con Él”.

Y nos enseña también que, cuando vuelva el Señor, todos resucitaremos…“Y así estaremos siempre con el Señor”.

Son palabras de consuelo y esperanza que dirige el Apóstol a los cristianos de Tesalónica y que nosotros acogemos este domingo como Palabra de Dios.

El Evangelio nos invita a reflexionar sobre este Misterio a la luz  de la parábola de “las diez vírgenes”.                                 

Jesús se vale de la forma en que se celebraban las bodas en su tierra, para hablarnos de la realidad de su segunda Venida.

Veamos:

Un tiempo después de los desposorios, llegaba el día de la boda… Entonces iba el novio acompañado de unos amigos a la casa de la novia que esperaba rodeada de sus amigas, y era conducida solemnemente a la casa del novio, donde se celebraba el banquete y comenzaba la vida común.

Ni que decir tiene que todo estaba perfectamente programado…

Pero Jesús se imagina una boda en la que todo falla: el novio tarda en llegar, las amigas de la novia se duermen y algunas, entre ellas, no han llevado suficiente aceite para sus lámparas…

A medianoche, se oye una voz: “Que llega el esposo. Salid a recibirlo”.

Y sólo las que estaban preparadas, con sus lámparas encendidas, entraron al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Las otras, las necias que fueron a comprar el aceite,  no pudieron entrar por mucho que insistieron.

La finalidad de la parábola nos la dice Jesucristo expresamente: "Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora".

Y es que todos los acontecimientos importantes tienen un día y una hora, pero Jesucristo ha querido ocultarnos el día y la hora de este acontecimiento decisivo y fundamental: Su Vuelta gloriosa…

Por eso, tenemos que vivir siempre pendientes de su Venida, esperándole, como aquellas jóvenes sensatas…

De esta doctrina surgen muchas consecuencias prácticas…

Los primeros cristianos que esperaban la Venida de Cristo de forma inminente, tenían una forma concreta de vivir a la espera del Señor: “Eran constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones…”(Hch 2, 42).

Podemos recordar también el Rito de la luz de la Celebración del  Bautismo, en el que el Sacerdote dice: “A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestros hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe puedan salir con todos los santos encuentro del Señor."

Esto es vivir con la sabiduría de la que nos habla la primera lectura.

S. Antonio Abad aconsejaba a sus monjes vivir cada día como si fuera el último día…

¡Cómo cambiaría nuestra vida si lo hiciésemos así!

También sería una buena manera de vivir continuamente, a la espera del Señor que viene. 

¡Feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 0:26  | Espiritualidad
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