S?bado, 24 de diciembre de 2011

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Natividad del Señor, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR". 

ECOS DEL DIA DEL SEÑOR

 La Natividad del Señor            

 

Queridos amigos y amigas:

Por el camino del Adviento hemos llegado a la Navidad que, este año, ha caído en domingo. Y aquí van LOS ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR que, en esta ocasión, son ECOS de la Solemnidad de la Natividad del Señor.
Nos disponemos, por tanto, a celebrar el Nacimiento de Jesús y sus primeras manifestaciones hasta llegar a su Bautismo, cuando va a iniciar su Vida Pública.
Por lo tanto, en el Tiempo de Navidad, recordamos y celebramos casi toda la vida del Señor. Sólo queda su Vida Pública que es lo más importante y decisivo.
Y no celebramos estos acontecimientos como un si se tratara de un simple recuerdo, de algo que sucedió hace mucho tiempo y que, por tanto, es irrepetible, como sucede en un cumpleaños, por ejemplo.
En efecto, el Misterio de la Liturgia de la Iglesia –del Año Litúrgico- hace que estos acontecimientos se hacen, de algún modo, presentes, de modo que podamos ponernos en contacto con ellos y llenarlos de la gracia de la salvación (Const. Liturgia, 102).
Es lo que se llama el “hoy” de la Liturgia.
Y esto es muy importante  ¡Cambia por completo el sentido de la celebración!
El Papa S. León Magno (S. V), en una homilía de Navidad, decía: “Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la Vida…” (Hom. Nav. I).
Y en la Misa de Medianoche, por poner otro ejemplo, repetimos en el salmo responsorial: “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.
Y lo tomamos tan en serio, que llegamos a felicitarnos unos a otros por la “suerte” que hemos tenido al haber encontrado a Jesucristo en nuestro camino, al haber sido acogidos por la Iglesia, que es Madre y Maestra y al poder celebrar hoy la llegada de la salvación…
¡Que grande, qué maravillosa es nuestra fe! “¡Dichosa tú que has creído!” le dice Isabel a la Virgen María. (Lc 1,45)
¡Cuántas gracias debemos dar a Dios Padre, que nos concede, un año más, celebrar estas fiestas tan grandes y hermosas!
Éstas son fiestas de mucha alegría, como comentaba el Domingo tercero de Adviento, el Domingo de la alegría, porque se acercaba la Navidad, “fiesta de gozo y salvación”. Alegría que, decía, radica en el corazón y que es desbordante en  manifestaciones externas, ya tradicionales… Alegría que debe ser mucho mayor que si nos hubiera tocado la lotería...
Para ello, es necesario que cada uno de nosotros acertemos a salir al encuentro del Señor que, de algún modo, nace esta noche, y hacerle sitio en nuestro corazón y en nuestra vida. Y esto se realiza, especialmente, en la Eucaristía de la Navidad en la que el Señor viene a cada uno en la Comunión.
Es lo más parecido que podemos encontrar al Portal de Belén y al mismo Cielo … Aunque es toda la celebración la que hace presente este gran Acontecimiento.
Es tan importante y real todo esto, que la Navidad nos exige un cambio de vida…, y debe marcar un antes y un después en la vida de cada cristiano…
Es lo que nos dice S. Pablo en la segunda lectura de la Misa de Medianoche: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos y a llevar ya, desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: La aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”.
Y nadie puede decir, por ningún motivo: “Se me estropeó la Navidad.” O también: “¿En estas circunstancias, cómo podemos celebrar la Navidad?”
¿Cómo vamos a felicitar La Navidad a un enfermo?, me decía alguien, en una ocasión.
La Navidad nos encuentra cada año en una situación distinta. Y desde ahí, desde ese “lugar concreto”, tenemos que salir al encuentro del Señor que llega, que quiere llegar a cada uno de nosotros, sin ninguna excepción.
Ya San León Magno, en la homilía que antes comentaba, decía: “Nadie tiene que sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo…”
Se trata de “la alegría espiritual”, que comentaba el Domingo tercero de Adviento. Las expresiones externas son las que pueden variar de un año a otro, de una situación a otra…

En resumen, como los pastores, “vayamos a Belén a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor…”, para que, terminado el Tiempo de Navidad, podamos volver a nuestra vida de cada día, también como los pastores, “dando gloria y alabanza a Dios” por todo lo que hemos  visto y  oído.    (Cfr. Lc 2, 15-20) 

¡Feliz Día del Señor!  ¡Feliz Navidad!


Publicado por verdenaranja @ 12:18  | Espiritualidad
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