Viernes, 13 de enero de 2012

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la Nochebuena (Iglesia catedral, 24 de diciembre de 2011). (AICA)

NOCHEBUENA 2011             

Queridos hermanos:

     Hoy ha nacido  Jesús. La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Así nos dice el Apóstol San Pablo, en la segunda lectura que acabamos de escuchar. Porque hoy ha nacido un Redentor, el Mesías, el Señor.

Dios nos ha amado y  nos sigue amando "hasta el extremo”.
     A partir de la noche de Navidad, Dios está personalmente presente en el Hijo hecho hombre, en Jesús, verdadero Dios que asumió nuestra naturaleza humana para traernos la salvación. El Verbo de Dios se hizo hombre verdadero para hacernos participar de su vida divina.

     La Navidad vuelve a traernos una invitación; y gracias al mensaje de la Nochebuena, comprendemos un poco más porqué Dios se hizo hombre. Cuando en nuestra historia encontramos tantos intentos para explicar el sentido de la vida; algunas veces olvidándonos del mismo hombre, y  otras tantas partiendo de argumentos equivocados, sin tener en cuenta el valor trascendente de la existencia; descubrimos en el Niño Jesús, la manifestación del amor de Dios, y el último sentido de nuestra vida.  Como nos dice el Papa, solo Él es  la gran esperanza del hombre, la única  que resiste a pesar de  las desilusiones, porque  Dios nos ha amado y  nos sigue amando "hasta el extremo’’ (cfr. Jn 13,1; 19,30)” ( Benedicto XVI, En esperanza, n º 27).

     Al anunciar que el Hijo de Dios viene a nosotros, la Navidad representa un misterio de una bondad tan grande, que siempre nos va a infundir alegría  y esperanza. Podemos estar seguros,  que aún en medio de los males que padece el hombre de hoy, mientras tenga algún eco en la humanidad, el anuncio del nacimiento de Jesús, como esta Noche, siempre habrá una posibilidad de renovación interior, que reconforta y sostiene en medio de las pruebas y las aflicciones.

     Este niño rey, que del que Isaías profetiza en la primera lectura con el nombre de admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, príncipe de la paz, es quien nace en Belén para cambiar nuestro corazón; por eso la Navidad es mucho más que una hermosa inspiración poética, o una fiesta feliz. Es el nacimiento de Jesús: "Dios de Dios, Luz de  Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, generado no creado, de la misma sustancia del Padre” (C.Nicea).

“La gloria del Señor los envolvió con su luz”
     Cada Nochebuena es una nueva llamada, es un anuncio que debe llegar a lo profundo del corazón; porque el Niño Dios nace  para todos, para mostrarnos un camino de salvación, que es el fermento de la fe y del amor de Dios y nos invita a creer en Él. Esta venida del niño de Belén, al mismo tiempo,  es la que sostiene la dignidad y el respeto por la vida; la que promueve la justicia, funda el bien con mayúsculas, alimenta nuestra fe, y nos invita a anunciarlo.

     Por esto hoy, al participar con fe en la Nochebuena nos encontramos junto al Nacimiento como los pastores, y podemos pedir la misma gracia que llegó a sus corazones; como nos dice el Evangelio, cuando  “la gloria del Señor los envolvió con su luz”.

     Esta es la luz, que  debe iluminar nuestra vida; esta debe ser la profunda convicción que nace de la gracia de Dios, con una vitalidad siempre nueva, que brota del mensaje del Niño Jesús que nace en Belén.

     Este es el motivo de nuestra fe, que nos invita a creer y a vivir con esperanza.

     De esta manera,   a la luz del niño recién nacido, podemos  vivir con nuevos propósitos,  como brotando de su cuna:
    
     - Como nos enseña Benedicto XVI, queremos  que este mundo recupere el sentido de Dios. Para ello se necesitan testigos, verdaderos creyentes que no oculten su condición de cristianos Ante todo, a partir de esta Noche debemos tener una mayor  conciencia de  la centralidad de la adoración de Dios  como acto de fe,  que demuestre la certeza del amor de Dios por nosotros y el reconocimiento de su presencia.

     - Tenemos que alegrarnos porque  a la luz de la Nochebuena conocemos que Dios nos ama  incondicionalmente; sabiendo que donde no hay seguridad  de este amor, se hace difícil poder dar una respuesta al sentido mismo  de la existencia. Una oración atribuida a san Francisco Javier dice: «Hago el bien no porque a cambio entraré en el cielo y ni siquiera porque, de lo contrario, me podrías enviar al infierno. Lo hago porque Tú eres Tú, mi Rey y mi Señor» (cfr. Benedicto XVI, 22.XII.2011).

     - La presencia de un Dios hecho pequeño, hecho niño en medio nuestro y en condiciones de   pobreza y fragilidad como en Belén, nos invita una vez más  a comprender que por Él,  podemos ser fuertes aún siendo débiles, como lo son tantos hermanos nuestros que por ser cristianos padecen persecución en el mundo entero y con la ayuda de Dios confiesan su fe con fidelidad. Y también  a estar más cerca de nuestro prójimo con verdadero amor fraterno.

      -  La invitación de los ángeles a todos los hombres, también nos mueve en esta Noche santa a valorar la catolicidad y la universalidad de la Iglesia, que  acrecienta nuestra fe. Dios viene para todos y busca el bien de todos, sabiendo que quienes experimentan que más lo necesitan, los más débiles y los que sufren, los hombres que ama el Señor esperan con confianza su salvación.

     En esta Nochebuena y Navidad  el cielo  está más cercano, porque el cielo es Dios y Él nace dela Santísima Virgen María,  para mostrarnos el camino de la fe y del amor. Que así sea.


Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario 


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Homil?as
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