Viernes, 27 de enero de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto del Tiemo Ordinario - B, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epigrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR".

Domingo 4º del Tiempo Ordinario B 

Queridos amigos y amigas:

“¡Este sí que es el profeta que tenía que venir al mundo!”, decía la gente asombrada ante el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. (Jn 6,15). Pues de eso se trata este Domingo: Jesús es el “profeta” que tenía que venir… Pero en El la profecía llega a su plenitud porque El es el Hijo de Dios, es decir, el que, hasta ahora, había hablado a través de los profetas, y ahora habla y actúa personalmente… Y con la autoridad de Dios. ¡Asombrosa diferencia! Y, cuando comienza a enseñar en la Sinagoga de Cafarnaún, aquella aldea donde vivía con sus discípulos, enseguida la gente nota la diferencia: no habla como los escribas o maestros de Israel, que comentaban y explicaban allí los sábados la Palabra de Dios,  sino con autoridad…

En la primera lectura de hoy contemplamos como Dios le dice a Moisés: “Suscitaré un profeta, entre tus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas…” Y siempre fue una realidad, en Israel,  el ministerio de los profetas. Luego “vino Juan que era profeta y más que profeta,” como decía Jesucristo. (Mt 11, 9-10) Y todo tiene su punto culminante ahora en que es el mismo Dios  el que ha venido hasta nosotros, como decía antes.

Más adelante, en el Evangelio de S. Mateo nos encontramos con unas palabras muy extrañas, unas expresiones como éstas: “Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…” (Mt 5,21). ¿Y quién se atreve a hablar así? Sólo Jesús, porque es el Hijo de Dios vivo…

En el salmo responsorial de este Domingo, repetimos: “Ojalá escuchéis su voz; no endurezcáis vuestro corazón”. ¡Y de eso se trata! Todos sentimos y sufrimos alguna vez “el silencio de Dios” Pero El continuamente  nos habla, especialmente, a través de la Revelación. Y “cuando Dios revela, nos ha dicho el Vaticano II, hay que prestarle la obediencia de la fe…” (D. V. 5).

Este Domingo es un día apropiado para revisar nuestra relación con el Dios que habla… “Cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es El quien habla” no ha enseñado también el Concilio. (S C  7) Tendríamos que preguntarnos hoy si escuchamos la Palabra de Dios, si la leemos y la meditamos, si respondemos al Señor con una oración ferviente que nos lleve a una vida comprometida y al apostolado… Si nos conduce, en fin, a lo que S. Ignacio llamaba “el conocimiento interior de Cristo…” Cuando alguna persona me dice que no reza o que reza poco, suelo preguntarle, con la delicadeza de siempre: ¿A Vd. le gustaría tener un niño mudo? Pues a Dios tampoco le gusta… Tampoco le gustan al Padre del Cielo, unos hijos sordomudos, diríamos hoy: que no le escuchan ni le hablan, ni le quieren, ni nada…  ¿Y quién puede decir que tiene una relación perfecta con el Señor? ¿Quién se atreve  a decir que le habla y le escucha de un modo excelente…, y que  ya no tiene que adelantar más? ¿No es, mas bien, verdad que todos tenemos que avanzar más y mejor en nuestra relación Él?

Pero, además de todo esto, tenemos que detenernos siquiera un momento más porque hay alguien que grita en la Sinagoga: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quien eres: el Santo de Dios”. Se trata de un endemoniado. El diablo, como vemos, tiene un conocimiento perfecto de Jesucristo. Sabe quién es y a lo que viene… Y tiembla de miedo… ¡Ese conocimiento no le sirve de nada! ¡Como a tantos cristianos! Jesús le dice con firmeza: “Cállate y sal de él”. “El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué  es esto?  Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.

También a nosotros nos impresiona todo esto. Cuando tantos cristianos se alejan de la Iglesia, cuando tantos tienen una fe y una actividad apostólica tan machita, cuando tantos dudan de Jesucristo…, contemplamos hoy cómo aquel demonio… ¡Qué revelación más preciosa e importante  nos hace el Evangelio de este Domingo, en los comienzos de la Vida Pública: Jesús habla  y  actúa con la autoridad de Dios.

“¡Se ha cumplido el plazo!” (Mc1,15) ¡Ha llegado la plenitud de los tiempos!

Ojalá que nuestro conocimiento progresivo de Jesucristo, fortalezca nuestra fe, nueva vida cristiana y nuestro compromiso apostólico… para      que seamos capaces  de vivir y transmitir todo el Evangelio, y no solo una parte… Como contemplamos hoy en la segunda lectura, cuando S. Pablo es capaz de presentar, en medio de  aquella sociedad corrompida de Corinto, el ideal cristiano de la consagración total al Señor mediante la virginidad y el celibato.

¡Feliz Domingo! ¡Feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 22:42  | Espiritualidad
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