S?bado, 11 de febrero de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo sexto del Tiempo Ordinario - B, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 6º del T. Ordinario 

La situación de aquel hombre que se acerca a Jesucristo era terrible. ¡Se trata de un leproso! Acabamos de escuchar en la primera Lectura, lo que decía la Ley de Moisés acerca de los leprosos: Era un hombre maldito ante Dios y ante los hombres. Tenía que pasarse la vida gritando: “¡Impuro, impuro!”. Y tenía que vivir “fuera del campamento”. Era una enfermedad contagiosa e incurable hasta hace relativamente poco tiempo. Hace ya mucho tiempo que pude ver la película: “Molokay, la Isla Maldita”. Se refería al Beato P. Damián, “el apóstol de los leprosos”. Se hacía uno a la idea de la vida de los leprosos hace unos siglos. El hecho es que aquel hombre tiene la suerte de poder acercarse a Jesús y, estando muy cerca de Él, suplicarle: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y ¿cómo aquel leproso puede acercarse tanto a Jesús? Y ¿cómo es que le pide que le cure de la lepra si era una enfermedad incurable? En fin, ¿Cómo llegó al convencimiento de que Jesús podía curarle?

Dice el Evangelio que Jesús siente lástima de aquel hombre, extiende su mano y lo toca, diciéndole: “Quiero, queda limpio”. Tocar a un leproso estaba prohibido por la Ley. Pero Cristo ha venido a traernos la Ley nueva, la del amor. ¡Cuántos cristianos han muerto, a lo largo de los siglos, por atender a enfermos contagiosos!  

El Evangelio continúa diciendo que Jesús le encarga severamente: “No se lo digas a nadie…” S. Marcos recoge con frecuencia expresiones como ésta. Era el temor de Jesucristo a que la gente entendiera mal su condición de Mesías. Pero ¡qué difícil es no hablar de Jesucristo cuando hemos sido “tocados” por Él! Por eso, el hombre curado, “cuando se fue, comenzó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo…” Cuando vemos que se tambalea la práctica cristiana de tanta gente, cuando es tibio o frío el espíritu de tantos, cuando la dimensión apostólica de la vida cristiana está prácticamente ausente de muchos lugares y es cosa de unos cuántos, ¿será que no nos hemos sentido “tocados” por el Señor?

¿Y por qué le dice que vaya a presentarse al sacerdote? Sencillamente, porque el sacerdote era el encargado de comprobar si se trataba de una verdadera curación e integrarle o no en la comunidad… Y aquel sacerdote tiene que reconocer que Cristo es capaz de curar de la lepra.

¡Todo esto nos resulta impresionante! ¿Y ahora?

Ya Los Santos Padres nos enseñan que aquel poder extraordinario con el que Jesús realizaba tantas obras prodigiosas, ha pasado ahora a los sacramentos. Y en efecto, ¿qué es más difícil curar a un  leproso o limpiar  de  todo pecado, por el sacramento de la Penitencia, a una persona que lleva 30 años sin confesarse y ha hecho de todo? Jesús nos decía que el que creyera en Él, haría “las obras que el hacía y aún mayores…” (Jn 14, 12). Constatamos así que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.    (Hb 13, 8).Es necesario acercarnos a Él, como el leproso. Con su misma fe, con su mismo convencimiento, para que Él cure nuestra lepra, la que sea, cada uno conoce la suya.

En el acontecer de la comunidad cristiana, este domingo, llaman nuestra atención, dos realidades: La situación de nuestros enfermos    -es el Día del Enfermo- y la Campaña de  Manos Unidas, contra el Hambre en el Mundo.

Ésta, la Campaña contra el Hambre, nos recuerda la situación inhumana, terrible, de tantos hermanos, que son víctimas de la carencia de alimentos y de casi todo. Es la constatación de que los recursos humanos, que Dios ha creado para todos, están mal repartidos. Porque “jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico”, nos enseña el Vaticano II. (G. et Spes, 4). Y ya los Santos Padres nos enseñan: “Alimenta al que muere de hambre porque si no lo alimentas, lo matas”. (S. Basilio).

También hoy, como decía, es el Día del Enfermo. ¡Cuántas cosas llaman nuestra atención, sobre todo, cuando lo consideramos a nivel mundial! ¡Cuántas personas enfermas de los más diversos males! ¡Cuántos dedican su vida o lo mejor sí mismos a la noble misión de  atender a los que sufren y de investigar y descubrir el remedio de tantas enfermedades, algunas todavía incurables! Además, a un cristiano le es fácil entender que el cuidado de un enfermo no puede reducirse a medicinas, alimentos y atenciones.   Necesitamos también la atención espiritual que es muy importante, fundamental tantas veces…

Ojalá que unos y otros podamos experimentar, en el acontecer de nuestra vida, lo que proclamamos hoy en el salmo responsorial: “Tú eres mi refugio; me rodeas de cantos de liberación”.


Publicado por verdenaranja @ 13:18  | Espiritualidad
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