Viernes, 24 de febrero de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo primero de Cuaresma - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bao el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 1º de Cuaresma B 

Queridos amigos y amigas: Se trata de preparar una Fiesta: La que celebra y actualiza, de algún modo, la Pascua cristiana, es decir, el paso de Cristo de la muerte a la vida, de la Cruz a la Resurrección. Es la Fiesta más grande e importante de los cristianos, que tiene un  eco en todos los domingos del año… ¿Y cómo preparar esta Fiesta? Las fiestas de la Iglesia tienen su centro en las celebraciones litúrgicas y en el corazón de los fieles. Se trata, por tanto,  de una preparación, fundamentalmente interior, aunque haya cosas externas que tengamos que preparar también… Por eso mismo, se necesitan cuarenta días… Por tanto, se trata de una tarea distinta a la de una comisión de fiestas…

Este tiempo, que hunde sus raíces en la Iglesia de los apóstoles, tiene que ser un tiempo un tanto amplio, para que sea efectivo. Para ello, seguimos el ejemplo de Jesucristo que, al comienzo de su Vida Pública, es empujado por el Espíritu al desierto donde es tentado por el diablo… En efecto, después de la gran manifestación de Cristo, con ocasión de su Bautismo, Jesús se retira al desierto. Allí se prepara para la misión que, inmediatamente, va a comenzar y que tiene enormes dificultades… Hasta terminar en la Cruz. Como los grandes personajes de la Historia Santa que salen del desierto o de una situación de desierto… El desierto, en efecto, ha sido un punto de referencia en la vida de la Iglesia. Los cristianos, desde los primeros siglos, se retiraban al desierto, unos, de manera definitiva, otros, por un tiempo. Éstos volvían a sus comunidades que quedaban enriquecidas por la experiencia de estos “hombres del desierto”. Luego se fundarán los monasterios, las iglesias…, que tratarán de recrear, en medio de la sociedad, la vida del desierto: El silencio y la soledad donde es más fácil el encuentro con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos. La aspereza de aquellos lugares inhóspitos, la experiencia de la noche oscura, la lucha contra  nuestro interior que se  rebela… Y contra el Maligno…

Todos necesitamos del espíritu, de la experiencia del desierto. Y, si no podemos ir al desierto, de algún modo, tenemos que hacer desierto en nuestra vida, incluso, en nuestra propia casa… ¡Y por aquí se entra en la Cuaresma…! Sin encuentro con Dios que nos llama, nos habla, nos fortalece y nos prepara para la Pascua, no hay Cuaresma posible… Y sin Cuaresma, es decir, sin preparación, no habrá unas buenas Fiestas de Pascua. Al mismo tiempo, esta experiencia de la Cuaresma nos servirá para el resto del año, en el que también necesitamos algunos espacios de desierto.

Y nosotros, hombres y mujeres del mundo moderno, ¿seremos capaces de ir al desierto? ¿Seremos capaces de estar allí cuarenta días? ¿Seremos capaces de vencer en la tentación? Porque desde que tratemos de “mover ficha” en nuestro mundo interior, surgirá la tentación, la rebelión interior… ¿Seremos entonces capaces? Podemos servirnos de aquella expresión de S. Pablo, cuando hablando de la oración dice: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad…” (Rom 8, 26). Es el Espíritu el que empuja a Cristo al desierto… Y está siempre con Él… También el Espíritu, en cada Cuaresma, empuja a la Iglesia entera al desierto.

Me impresiona cada año, contemplar como el Papa y toda la Curia Romana, los colaboradores más inmediatos del Sucesor de Pedro, se retiran a practicar los Ejercicios Espirituales, en la primera semana de Cuaresma. Eso es hacer desierto, tomar la Cuaresma en serio…

Y Jesús se deja tentar por Satanás, nos dice S. Marcos. Y la tentación es real: Jesús se siente verdaderamente tentado… Pero vence al adversario, triunfa en la tentación… Y esta victoria de Cristo prefigura la victoria definitiva por su Resurrección, cuya celebración nos disponemos a celebrar… Y cuando comenzamos nuestro itinerario cuaresmal, también con sus tentaciones y dificultades, cuánto nos ayuda, nos anima… contemplar el rostro de Cristo Vencedor.

La primera Lectura nos presenta la alianza del Señor con Noé al terminar el Diluvio. Y, en la segunda, S. Pedro nos dirá que aquello prefiguraba el Bautismo en el que todo mal, el pecado, queda sepultado bajo las aguas y surge un ser nuevo, el cristiano. Y este es el objetivo principal de la Cuaresma: renovar nuestro bautismo, como si fuéramos de nuevo a ser bautizados, como si comenzáramos de nuevo a ser cristianos... De esta forma, el hombre, en este tiempo, se renueva desde el interior de sí mismo, para dar copiosos frutos, como la naturaleza en  primavera. Por algo decimos “Pascua florida”.

Por eso la Cuaresma sólo se puede celebrar de dos formas: Los adultos que van a ser bautizados, la noche santa de la Pascua, intensificando su preparación a los tres Sacramentos de Iniciación Cristiana… Los que estamos ya bautizados, preparándonos para renovar, en serio, en la noche de la Pascua, nuestro Bautismo. De un modo o de otro, La Cuaresma hay que celebrarla siempre en clave bautismal.

Y la Liturgia de la Iglesia llama a la Cuaresma “el venerable sacramento de la anual observancia cuaresmal”. (Mart. Rom.). Y a todos nos ayuda contemplarla así: como signo y fuente de gracia. Si alguien me preguntara: “¿Y qué me aconseja que haga, en este tiempo de Cuaresma, para llegar bien preparado a la Pascua?, le contestaría, sin dudar: “Seguir fielmente la Liturgia de cada día”. En resumen, el Evangelio de hoy nos da la clave fundamental para todo este tiempo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”.                  

¡BUENA CUARESMA! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Espiritualidad
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