Viernes, 09 de marzo de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 3º de Cuaresma B 

Queridos amigos y amigas:

Uno de los signos de la llegada del Mesías, según esperaban los judíos, era la purificación del templo. Los responsables del templo habían permitido que los peregrinos que venían al templo de Jerusalén, tuvieran a su alcance los animales para los sacrificios y las ofrendas y la posibilidad de cambiar sus monedas por las únicas que se admitían allí. Cuando Jesús llegó a Jerusalén y se encontró con esta situación, hizo un azote de cordeles y “los echó a todos del templo: Ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Con frecuencia, no captamos la significación tan profunda que tiene este acontecimiento, que siempre nos impresiona y nos sobrecoge, acostumbrados como estamos a contemplar a Jesucristo, manso y paciente. Veamos: Jesús sabía que aquel culto, con todas sus circunstancias,  no era agradable al Padre y estaba a punto de terminar… Va a comenzar el culto nuevo, el culto verdadero, “en espíritu y verdad”, como le había dicho a la samaritana (Jn 4, 23). Y quiere profetizarlo con este hecho.  Es lógico que, enseguida, las autoridades religiosas del templo, le pidieran un signo, que le autorizara a obrar así, como un enviado de Dios, como un antiguo profeta… Y Jesús no se intimida ni se echa para atrás, sino que les señala el signo más importante de todos, el signo que lo ratifica y autentifica todo: Su misión y su vida entera…, su venida a este mundo: Su Muerte y su Resurrección. Por eso les dice: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” Y el evangelista nos aclara que “Él hablaba del templo de su cuerpo”. Y cuando resucitó, los discípulos se acordaron de aquel signo profético y dieron fe a la Escritura y a la palabra de Jesús.

Los judíos esperaban que el Mesías iba a construir un templo nuevo. Helo aquí: la Humanidad santísima del Señor resucitado.   El culto nuevo, por tanto,  no estará centrado ya en el templo de Jerusalén, sino en el Cuerpo de Cristo, muerto y resucitado. Jesucristo es, por tanto, el lugar de acceso seguro a la Divinidad. En este culto el mismo Jesucristo es “Sacerdote, Víctima y Altar”. (Pref. Pasc. V). Con su Sangre queda ratificada la Nueva Alianza, que  prefiguraba la Antigua, de la que nos habla la primera lectura. Y, en su ausencia visible, este culto será realizado a través de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesucristo y, por lo mismo, templo del Dios vivo. Ahora ella, “columna y fundamento de la verdad,” (1Tim 3, 23) es el único lugar de acceso al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo.

Por tanto, no se puede decir tan ligeramente: “Cristo sí, la Iglesia, no”. Ni tampoco podemos ir buscando una Iglesia casi celestial como si la Iglesia que conocemos y a la que tenemos la dicha de pertenecer, hubiera perdido su autenticidad y su capacidad de santificar… Ya el Vaticano II nos advirtió que esta Iglesia es santa y al mismo tiempo, necesitada siempre de renovación y reforma (Const. Igl. 8. Ecum. 6)), que tiene que comenzar por cada uno de nosotros… Es lo que han hecho siempre los mejores hijos de la Iglesia, que son los santos. En adelante, el culto externo, si quiere ser auténtico, tiene que ser expresión y alimento del culto interior, del culto que radica en el corazón, que sólo Cristo conoce porque Él sabe “lo que hay dentro de cada  hombre”.

En este tiempo de Cuaresma nos preparamos para celebrar la Pascua, que es el grandioso acontecimiento de la “construcción del nuevo templo”.

Todo nuestro esfuerzo va orientado en estas dos direccio-nes: La primera, tratar de reparar y embellecer el interior de cada uno de nosotros, que hemos sido constituidos, por el Bautismo, templos del Espíritu Santo. Y, además, practicar el culto nuevo y verdadero, especialmente, a través de la celebración de los sacramentos que tiene que proyectarse, sobre todo, en la atención a los hermanos, especialmente, a los pobres y a los que sufren… Porque la “señal” que el Señor nos dejó de nuestra condición de discípulos suyos, es el amor que nos tengamos unos  a otros (Jn 13


Publicado por verdenaranja @ 21:24  | Espiritualidad
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