S?bado, 17 de marzo de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Cuaresma - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo IV de Cuaresma B

 

El Beato Juan XXIII llamó a la Iglesia “Madre y Maestra” en un documento memorable. En este tiempo de Cuaresma lo constatamos paso a paso. ¡Con cuánta preocupación, con cuánto cuidado…, nos prepara, día a día, para la celebrar la Pascua, la Fiesta más importante de los cristianos!

Hoy la Liturgia nos invita a la alegría porque se acerca la Pascua. Es el Domingo que, desde antiguo, se llama “Laetare”. La Antífona de Entrada comienza diciendo: “Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis…” Y “Jerusalén” ahora es la Iglesia, a la que se le invita a hacer fiesta, porque de eso se trata, de preparar una Fiesta.  Y la alegría se multiplica este Domingo a la luz de la Palabra de Dios, que trata de poner delante de nuestros ojos, el amor inmenso, infinito…, que Dios nos ha tenido. Cuando uno lee despacio estos textos, siente verdadero asombro al contemplar el afán, el interés tan grande de Dios por salvar a los hombres, porque nos vaya bien, porque seamos felices…  Y culmina en la Venida del Hijo no “para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”.

Este es el último eslabón y el más importante, de esa preciosa cadena de amor con la que el Señor nos “ata a su lado”.  S. Alfonso pone en labios de Dios esta expresión: “Desde que existo, te amo”. Se nos presenta hoy a Jesucristo, como aquel que ha venido a liberarnos del pecado y de todo mal y para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10, 10).

En la primera lectura contemplamos cómo Dios envía a su pueblo elegido que multiplicaba sus infidelidades, avisos por medio de sus mensajeros “porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada”. Hasta que no hubo remedio… Y llega la dura experiencia del destierro de Babilonia. Y cómo se vale de un rey pagano, Ciro, para liberarlo del destierro y  animarle a reconstruir el templo de Jerusalén…

S. Pablo resume esta historia de amor diciendo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él”. ¡Impresionante! ¡Asombroso! En otro lugar el mismo Apóstol nos dice: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5, 8).

Y ese es el tema de aquella conversación memorable de Jesús con Nicodemo que nos presenta el Evangelio: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. Se trata de acoger “la vida eterna” que, iniciada en el tiempo, no terminará jamás. A esa grandeza, a esa dicha inmensa nos ha llamado el Señor. Pero esto no se impone a nadie por la fuerza. Ya decía S. Agustín: “El que te creó sin ti no te salvará sin ti”.

En concreto, se trata de hacer opción por la luz y no por las tinieblas, como nos advierte el Señor en el Evangelio. Y la historia de la Humanidad y de la Iglesia es una lucha constante entre la luz y las tinieblas, que tiene  repercusiones eternas…

El Señor nos advierte que no se trata sólo de pensar rectamente, sino que la propia conducta influye en nuestro modo de pensar y actuar: “Todo el que obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

Hasta hace algún tiempo, los párrocos teníamos el deber de visitar las escuelas de la parroquia. A mi me encantaba hacerlo… Recuerdo que, entre los parvulitos, había algunos niños que se acercaban contentos a enseñarme algún dibujo. Es que pensaban que lo habían hecho bien. Si  hubieran pensado que estaba mal, no me lo hubieran enseñado. Y eso es lo que nos acaba de decir el Señor. Por eso cuando leo este texto del Evangelio, me acuerdo de aquellos parvulitos.   

¡¡FELIZ DOMINGO!! ¡Feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 17:05  | Espiritualidad
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