S?bado, 24 de marzo de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo quinto de Cuaresma - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe

"ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 5º de Cuaresma B

 

No conocemos la identidad de aquellos griegos que quieren ver a Jesús. En tiempos de Jesús existían griegos, gentiles, que practica-ban la religión de Israel. S. Juan nos presenta a algunos de ellos que vienen a la Fiesta de la Pascua. Y se acercan a un discípulo de nombre griego, Felipe, y Felipe y Andrés - que también tiene nombre griego -  van a decírselo a Jesús. Es posible que aquellos gentiles hubieran visto ya al Señor. La expresión de S. Juan apunta a algo más que una “simple mirada física”. Da la impresión de que se trata más bien de un encuentro con Él, encuentro que lleva a la fe y fe que mueve a la misión… Parece como si S. Juan quisiera señalar, en estos días previos a la Pascua, la universalidad de la salvación que Cristo nos trae. Cuando Felipe y Andrés se lo dicen a Jesús, no nos narra el evangelista qué pasó con los griegos, sino que nos presenta como una señal de la “Hora” de Jesús. Hasta ahora, todos los intentos de detener a Jesucristo habían fracasado “porque no había llegado su hora” (Jn 7, 30). De este modo, manifiesta que a Él nadie le quita la vida, sino que Él la entrega libremente (Jn 10, 18). Y cuando llega la hora del Señor ya no hay vuelta atrás… Y Jesús habla del significado profundo de su hora con siete imágenes o pequeñas enseñanzas, que nos presenta el Evangelio de este Domingo

La hora de Jesús es la llegada a su pasión, muerte y resurrección. Y ese es el momento preciso de su glorificación, porque la muerte de Cristo no es el final de todo, un fracaso total del que se ha presentado como el Mesías esperado, sino que es sólo camino, tránsito, pascua… “para entrar en su gloria” como dirá a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26). Su condición humana “se agita” ante un sufrimiento tan terrible, pero su voluntad se inclina ante la voluntad del Padre porque para eso ha venido. Y se pone en manos del Padre que lo glorifica… Por eso, dice: “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí…” La cruz pertenece también al misterio de la  glorificación de Cristo… “Porque ahora va a ser juzgado el mundo, ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera”.

De esta forma, se establece la nueva alianza de Dios con su pueblo de la que habla la primera Lectura. Y cada vez que celebramos la Eucaristía, se actualiza nuestra alianza con el Padre en la sangre de Cristo. Por eso nuestra participación en la Eucaristía tiene que hacernos mejores… Por todo ello, Jesús compara su entrega hasta la muerte, al grano de trigo que, si quiere  convertirse en una preciosa espiga, tiene que morir, ser transformado en el surco. Al mismo tiempo, nos enseña que recibimos el don de la vida para entregarla de un modo o de otro, por un camino o por otro… No para “quemarla” en la hoguera de nuestro egoísmo. El Vaticano II nos advierte que el hombre “no conseguirá su plenitud mientras no haga de su vida un don para los demás” (Const. Igles. – Mundo, 24).

Qué fuerza tiene la expresión: “Donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará”. A la victoria, a la glorificación de Cristo, por su misterio pascual, alude también la segunda lectura cuando dice  que Cristo, “a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte… Y llevado a la consumación se ha convertido para los que le obedecen en autor de salvación eterna”.  En esta semana –llamada durante mucho tiempo “de Pasión”- y en la Semana Santa, se nos invita, se nos urge  “mirar” la Cruz del Señor. Ojalá que esta mirada nos “atraiga” al encuentro con el Cristo vivo de los sacramentos…, porque, como nos enseña el Papa S. León Magno, “es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados…”

En el salmo responsorial constatamos nuestra radical necesidad de los sacramentos, porque decimos al Señor: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”. Y no podemos olvidar que, en nuestros días, siguen existiendo muchos “griegos” que quieren ver a Jesús.                  

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! 


Publicado por verdenaranja @ 1:32  | Espiritualidad
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