Domingo, 25 de marzo de 2012

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de la solemnidad patronal del Seminario Arquidiocesano (19 de marzo de 2012) (AICA)

SAN JOSÉ, MODELO SACERDOTAL           

La devoción a San José tiene sede privilegiada en nuestro Seminario. No podía ser de otra manera, ya que esta casa lleva el nombre del esposo de María y se ha cobijado, desde el comienzo, bajo su patrocinio. El hecho es motivo suficiente para que la celebración de hoy, en el año nonagésimo de existencia del Seminario Mayor “San José”, sobresalga no tanto por la solemnidad exterior cuanto por el fervor, la gratitud y la alegría espiritual. Compartimos el patrocinio de San José con numerosas comunidades parroquiales, capillas, colegios, congregaciones religiosas, ciudades y pueblos en nuestro país y en el mundo entero, y con la Iglesia toda, que ha sido puesta formalmente bajo su amparo por el beato Pío IX en 1870. Esta relación de los fieles con el esposo de la Madre de Dios no se ha establecido en virtud de una inclinación meramente devocional, como un dato arbitrario del sentimiento religioso, sino por razones doctrinales e históricas bien fundadas, a través de un largo proceso de desarrollo teológico, litúrgico e iconográfico. Ha sido una de las consecuencias de la continua meditación de la Iglesia sobre el misterio de la encarnación. La identidad de San José se define por su relación con el misterio de Cristo, el Hijo eterno de Dios hecho hombre en el seno de la Virgen María: él es el esposo y el padre a quien se le ha confiado la custodia de los comienzos de la salvación humana. De allí su múltiple y universal patrocinio.

El valioso libro de monseñor Juan Carlos Ruta sobre San José, trae la reproducción de una pintura de Gaspar Miguel de Berrio titulada, precisamente, “Patrocinio de San José”. La describo, para que ustedes puedan imaginarla. El santo ocupa, de pie, la posición central; lleva vestidos riquísimos, corona y cetro, y junto a esa vara de oro una vara florecida de azucenas. Llama la atención el manto, que se extiende horizontalmente hasta los extremos del cuadro, sostenido por ángeles, de modo que pueda cubrir como un toldo que ampara de las inclemencias a dieciocho santos, nueve de cada lado, que representan todos los órdenes de la Iglesia; algunas de esas figuras son fácilmente identificables y varias dirigen su mirada hacia el protector. En la mitad superior del conjunto se ve a la Santísima Trinidad –tres efigies humanas idénticas–, a un lado la Santísima Virgen, San Juan Bautista y el arcángel Miguel; al otro Santa Ana, San Joaquín y el arcángel Gabriel. El Dios Trino parece ordenar, según reza una inscripción dorada: Ite ad Joseph. La frase está tomada del Génesis y se refería al José veterotestamentario que llegó a ser primer ministro de Egipto: vayan a ver a José y hagan lo que él les diga (Gén. 41, 55); la tradición católica la aplica a nuestro José, antitipo neotestamentario del antiguo patriarca de Israel. Hay otra referencia bíblica, también para nosotros muy conocida, impresa igualmente en latín en una cinta larga y angosta: lo nombró señor de su casa y administrador de todos sus bienes (Sal. 104, 21). Quiero destacar especialmente un detalle, pero que tiene un significado fundamental: San José levanta su mano derecha y muestra un anillo que sostiene con el pulgar y el índice; este anillo está unido, mediante una cinta blanca con otro igual que María sostiene en su mano izquierda. En esta cinta otra inscripción latina expresa la unión matrimonial entre el Santo y la Virgen: annulo suo subarravit me. El cuadro comentado, que se conserva en Bolivia, en el Museo de la Casa Nacional de la Moneda, es un verdadero ícono en el cual se resume la josefología, es decir la teología de San José.

El principio fundamental en una contemplación teológica de la persona y la misión de José es su matrimonio con la Madre de Dios; matrimonio verdadero y perfecto, aunque singularísimo, virginal. San Agustín explicaba que María y José fueron verdaderos cónyuges, aunque hicieron mutuo voto de continencia, y que esa ofrenda virginal otorgaba al vínculo matrimonial una firmeza mayor, porque se fundamentaba en un amor y un gozo superior al nexo de los cuerpos. Encontraba en el matrimonio de los padres de Cristo todo el bien que corresponde a las nupcias: la prole, que es mismo Señor Jesús, la plena fidelidad y la indisolubilidad propia del sacramento.

La tradición católica continuó explorando con admiración la participación de José, en cuanto esposo virginal de María, en el misterio de la encarnación del Verbo; él fue un protagonista silencioso, obediente, eficaz de ese misterio al recibir, criar y educar al Hijo de Dios, engendrado por la acción del Espíritu Santo, pero efecto del matrimonio en el cual nació según la condición humana. Citemos otra vez a San Agustín, que afirma de José: como fue marido castamente, así castamente fue padre… el Espíritu Santo reposó en la justicia de ambos, a ambos le dio un hijo. No es fácil expresar con exactitud la paternidad de San José. Se lo ha llamado padre adoptivo, nutricio, virginal, legal, legítimo, putativo (es decir, que aparecía como padre ante los demás). De acuerdo a la naturaleza del matrimonio de María y José, éste fue padre en virtud de los derechos que le confería tal vínculo: todo lo de su esposa era suyo, aun cuando el niño no fue engendrado por él. San Francisco de Sales, que profesaba una particular devoción a San José, en una plática dirigida a las religiosas de la Visitación destaca la unión del santo patriarca con María como fuente de su paternidad sobre Jesús: esa unión hacía que el Bien de los bienes eternos, que es Nuestro Señor, fuera de San José y perteneciera a él como pertenecía a Nuestra Señora; no según la naturaleza que había asumido en las entrañas de nuestra gloriosa Reina, naturaleza que había sido formada por el Espíritu Santo de la purísima sangre de Nuestra Señora, sino según la gracia, la cual lo volvía partícipe de todos los bienes de su querida Esposa y hacía que él fuera creciendo maravillosamente en perfección. Por la comunicación continua que tenía con Nuestra Señora poseía todas las virtudes en un grado tan alto que ninguna otra pura criatura sabría alcanzar. Explica además que María era como un espejo que recibía inmediatamente la santidad de Cristo, pero esas perfecciones y virtudes las recibía San José por reverberación; según ese dichoso juego especular parecía casi que él fuese tan perfecto como su Esposa. Cumplió José con Jesús todas las funciones propias de la paternidad, excluyendo la generación. San Bernardo decía hermosamente que Dios le encomendó con seguridad el secretísimo y sacratísimo arcano de su corazón, le manifestó los desconocidos misterios de su sabiduría; le concedió que no ignorara aquel misterio que ninguno de los príncipes de este mundo conoció; se le otorgó ver a aquel a quien muchos reyes y profetas quisieron ver y no lo vieron, quisieron oír y no lo oyeron; a San José se le dio no sólo verlo y oírlo, sino también tenerlo en sus brazos, llevarlo de la mano, abrazarlo, besarlo, alimentarlo y cuidarlo. Estas palabras finales han sido asumidas y musicalizadas en una expresiva antífona: O felicem virum.

La paternidad, el patriarcado de San José tienen su símbolo en la vara florecida que según la iconografía casi siempre lleva consigo; es vara, báculo y cetro. Hay una lejana referencia bíblica: la vara de Aarón que produjo brotes, flores y almendros (Núm. 17, 23) como signo de la preeminencia de su familia y de la tribu de Leví, a la que estaba reservada la dignidad sacerdotal. En los evangelios apócrifos la vara de José florece como señal divina de su elección para desposar a María. En cuanto bastón de peregrino alude a sus viajes y trajines entre Nazaret y Belén, entre la tierra de Israel y Egipto. Pero la vara es también cetro, con un significado davídico y mesiánico; simboliza, en efecto, la autoridad del jefe de la tribu de Judá, depositario de la descendencia dinástica: por San José la genealogía de Jesús adquiere garantía de legitimidad. La iconografía cristiana antigua reconoce en la vara florecida de José el báculo del sumo sacerdote y lo presenta como modelo del obispo. El entonces cardenal Ratzinger veía en este dato la designación del esposo de María como administrador de los misterios de Dios, padre de familia y custodio del santuario que es la Virgen Madre con el Verbo en su seno, imagen de la Iglesia viviente.

Estas asonancias sacerdotales en la figura de San José nos invitan a meditar con especial interés en su silenciosa entrega y a interpretar en sentido eclesial y sacerdotal su amor, su humildad, el espíritu de adoración, la laboriosidad, la pobreza, la paciencia, la constancia, su prudencia para gobernar a la familia de Dios. Tendríamos que ejercitarnos asiduamente en esta contemplación para comprender mejor el ministerio apostólico al que hemos sido llamados como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1). La tradición católica ha ido descubriendo progresivamente la grandeza de la misión de San José en el orden de la encarnación redentora. El Papa Pío XI recordaba al respecto que esa misión callada, recogida, casi inadvertida y desconocida sólo debía esclarecerse algunos siglos más tarde; un silencio al que sin duda alguna habría de suceder, pero muchísimo tiempo después, un resonante cántico de gloria. De hecho, cuanto más profundo es el misterio, más espesa la noche que lo encierra, cuanto mayor es el silencio, allí está precisamente la misión más encumbrada, el cortejo más brillante de las virtudes y de los méritos requeridos para hacerle eco, por una feliz necesidad. Misión única y altísima, ésta de custodiar al Hijo de Dios, al Rey del mundo, esta misión de guardar la virginidad y la santidad de María. ¡Misión única la de poder participar en el gran misterio oculto a los ojos de los siglos y poder cooperar de este modo en la encarnación y en la redención!

Queridos seminaristas: Les sugiero que traten de incorporar esta referencia josefina a los elementos de formación de que disponen en esta casa que lleva el nombre de San José; ojalá se interesen en conocerlo mejor según el desarrollo de la tradición católica, y que cultiven la devoción consiguiente, que consiste en entablar un vínculo espiritual. Consideren como una indicación providencial, dirigida a ustedes, el bíblico ite ad Joseph. Vayan, entonces, a ver a José y hagan lo que él les diga (Gén. 41, 55). 

Mons. Héctor Aguer, arzobispo deLa Plata 


Publicado por verdenaranja @ 22:50  | Homil?as
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