Martes, 10 de abril de 2012

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (25 de marzo de 2012) (AICA)

“¡CRISTO YA DEFINIÓ LA HISTORIA!”      

San Juan 12, 20-33 

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. El les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: 'Padre, líbrame de esta hora'? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir. 

A partir del próximo domingo, Domingo de Ramos, la Iglesia repite el misterio de los últimos días del Señor con el drama de la Pasión de Cristo. Y fijémonos en el Señor, que vino a cumplir la voluntad del Padre, viviendo en la obediencia. No le va a decir “Padre, líbrame de esta hora”, sino que Él acepta y dice “para esto he venido”; vino a definir el mundo, vino a salvarnos, a liberarnos del pecado y de la muerte. Vino a darnos la vida inmortal, donde la muerte ya no tiene la última palabra y donde el pecado también es vencido.

A veces uno exagera cuando se habla del maligno, del demonio, porque se dice que tiene un poder terrible y que uno se ve tentado; entonces parece que el mal es más fuerte que el bien. Yo respeto ese sentimiento pero no debemos quedarnos en esa afirmación.

¡Cristo ya definió la historia! ¡La historia es de salvación! ¡No hay un doble principio, de gracia y pecado o de pecado y gracia, muerte y vida o mal y bien, como si ambos fueran de la misma valía! ¡No! ¡La historia está definida por el SI de Cristo! Él asumió el pecado y nos salva.

Nosotros tenemos que saber que la presencia de Cristo, crucificado, muerto y resucitado, ¡vence al mal!, ¡hay que trabajar sobre la voluntad! Conocido es que somos frágiles y estamos debilitados, pero hay que trabajar sobre la voluntad personal de cada uno. No podemos decir “pequé porque me tentó el maligno”, o decir “me pasó tal cosa culpa de los otros”. Sucedió el accidente ferroviario de Plaza Once y resulta que “la culpa la tiene una falla humana”, ¡nadie se hace cargo de las cosas! Y es importante hacernos cargo de las cosas y llamar a las cosas por su nombre. Es un ejemplo, pero así en muchas otras cosas.

Debemos trabajar en fortalecer la obediencia, la formación, la voluntad, la oración, para revertir las cosas; para mejorar nuestra calidad humana, nuestra calidad familiar, nuestra pertenencia a la Iglesia, nuestra pertenencia a la sociedad; que cada uno cumpla con sus deberes de estado como administrador, no como patrón, y que sea honesto porque si no es honesto es un delincuente. Seamos honestos, cada uno de nosotros, en lo que tengamos que hacer y hagamos las cosas bien.

Sabemos muy bien que el misterio, la cruz, tiene sufrimiento, tiene su pasión y que, como el grano de trigo, tiene que morir para producir frutos; Cristo pasó por esto y también nos pasa a nosotros, pero con mucha esperanza y mucha confianza. Y sigamos adelante sabiendo que al Señor hay que encontrarlo, hay que seguirlo y servirlo en los demás.

Pero mi calidad de servicio estará supeditada a la intensidad del seguimiento; si yo me topé con Él y lo sigo, aseguro el servicio. Pero si yo debilito el servicio, es porque no lo estoy siguiendo. Pensemos así en la familia, pensemos así en un sacerdote que deja el ministerio, y tantas otras cosas más -sin hacer juicios personales-, pero hay amor a Dios y amor al Pueblo de Dios y hay que ser fieles hasta el final.

Pidamos al Señor que nos de luz para que, en esta Cuaresma, vivamos intensamente el gozo y el triunfo de la Pascua. Les dejo  mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén 

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Hablan los obispos
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