Viernes, 13 de abril de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Pascua - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Píñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo II de Pascua B 

Los cristianos con toda la Iglesia somos conscientes de que el acontecimiento de la Resurrección del Señor con todas sus consecuencias prácticas, no cabe en un solo día, aunque sea  un Domingo… Por eso se prolonga durante cincuenta días de alegría y fiesta en honor de Cristo resucitado. Y se nos advierte que el problema está en poder sostener durante tanto tiempo el clima de alegría y fiesta propio del Tiempo Pascual. Y los cincuenta días  comienzan con la Octava de Pascua: En cada uno los días de la primera semana, se celebra la solemnidad de la Resurrección, aunque sean días laborales… Hoy llegamos al octavo día, la Octava de Pascua. Durante estos días la Liturgia de la Palabra nos ha venido presentando, en el Evangelio, distintas apariciones de Cristo resucitado que trata de ayudar a los discípulos a pasar del temor a la alegría desbordante, de la torpeza en creer en la resurrección a la certeza, más allá de toda duda, de que el crucificado, había resucitado, estaba realmente vivo. En la 1ª Lectura de cada día se nos ha venido presentando algunos testimonios de los apóstoles, casi siempre de Pedro, acerca de la Resurrección del Señor y que están situados en torno a Pentecostés.  Al llegar el día octavo, es lógico que el Evangelio nos presente la aparición propia del día octavo, en el que se produce el encuentro del Señor con Tomás, el que no quería creer sin ver y que se rinde a la fe, con unas palabras impresionantes: “¡Señor mío y Dios mío!”

La primera lectura nos presenta no ya el testimonio de los apóstoles, aunque también haga referencia a ellos, sino más bien, el testimonio de toda la comunidad: Cómo vivían los primeros creyentes en la Resurrección del Señor…

En medio de todo, celebramos hoy el Domingo de la Divina Misericordia, instituido por el Beato Papa Juan Pablo II, que murió –que coincidencia- la víspera de esta conmemoración.

Pero ya, desde antes de la institución de esta Jornada, los textos de la Misa de hoy, contienen elementos que tratan de la Divina Misericordia: Por ejemplo, la oración colecta, que señala el sentido de cada celebración, comienza diciendo: “Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales…” ¿Y qué son estas fiestas sino el punto culminante de la manifestación y realización en nosotros de la misericordia de Dios Padre, rico en misericordia? “La prueba de que Dios nos ama –escribe S. Pablo- es que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros…” (Rom 5, 6 – 9).

Esta Jornada constituye una llamada apremiante a contemplar los acontecimientos que estamos celebrando, el Misterio Pascual, desde la perspectiva de la misericordia de Dios… de manera que podamos proclamar con el salmo responsorial de los tres Ciclos: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y la misericordia de Dios nos impulsa con fuerza a practicar la misericordia con los hermanos, especialmente, con el amor, el perdón, la ayuda fraterna y eficaz… El amor, la misericordia y la reconciliación deben constituir, en efecto, “el ambiente”, “la atmósfera” el espíritu que envuelve nuestra vida y la vida de nuestras comunidades si quieren ser verdaderas comunidades cristianas… En definitiva, “la señal” que nos dejó el Señor de la autenticidad de nuestro “ser cristiano” no es otra cosa que el amor a los hermanos. (Jn 13, 35).

La segunda lectura de este domingo trata precisamente del amor fraterno…  Y también del tema de la fe. Por eso, podemos concluir nuestra reflexión acogiendo y proclamando lo que nos dice el Apóstol S. Juan: “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”. 

¡FELIZ OCTAVA DE PASCUA! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 23:05  | Espiritualidad
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