S?bado, 14 de abril de 2012

Homilía de monseñor Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio en la en la Misa Crismal (Iglesia catedral de Nueve, 29 de marzo de 2012) (AICA)

MISA CRISMAL           

Queridos hermanos sacerdotes, miembros de nuestro presbiterio diocesano,
Queridos diáconos, colaboradores inmediatos del ministerio episcopal,
Seminaristas, que se están preparando para servir a la comunidad eclesial,
Religiosos y religiosas, y demás consagrados, que dan testimonio con su vida del amor de Cristo y de la esperanza de la vida eterna,

Queridos hermanos y hermanos, renacidos en el único bautismo por la llamada divina para ofrecer el sacrificio espiritual con la participación en los sacramentos, la oración y las buenas obras:

Con mucha alegría nos encontramos reunidos hoy en la Iglesia Catedral para una celebración que hace manifiestos y patentes los vínculos de fe y de caridad que nos unen. Se refuerzan por la Eucaristía y por la plegaria la identidad cristiana, la comunión eclesial, la misión en el mundo y la esperanza que nos alienta. En el ámbito litúrgico de las celebraciones pascuales, próximas ya, vamos a profundizar la experiencia de la redención alcanzada en Jesucristo. La solemnidad de esta tarde nos introduce en el misterio por la actualización de la unidad, reviviendo el sentido de las acciones sacramentales y  renovando los compromisos sacerdotales, asumidos para el servicio del pueblo fiel.

Este servicio es la nota principal y más visible de la celebración. La consagración del santo Crisma y la bendición de los óleos para la unción de los enfermos y para el bautismo se dirigen a la santificación de los cristianos. Por eso se consagran y bendicen en esta ocasión solemne, única en el año. Ellas son un don precioso hecho a la Iglesia, recibido de Jesucristo, para el bien de todos. De aquí serán entregados a todas las comunidades de la Iglesia particular de Nueve de Julio, para las celebraciones sacramentales que realicen los sacerdotes y, en su ámbito, los diáconos. El origen común de estos óleos en la circunstancia compartida hoy, con la presencia del presbiterio y de los miembros de las comunidades parroquiales, es signo de unidad; esta unidad se renovará cada vez que se empleen estos aceites en las celebraciones, y de manera aún más amplia y expresiva, en la Eucaristía, presidida, en nombre de Cristo y en comunión con el Obispo, por el sacerdote ordenado, ungido con el Crisma.

El Crisma significa sacramentalmente la venida del Espíritu Santo en el bautismo y la confirmación; en la ordenación sacerdotal expresa la efusión del mismo Espíritu, que confiere la gracia que habilita para ejercer el ministerio. Se emplea también en la dedicación de los templos y en la consagración de los altares, que son imagen de Cristo, víctima y altar del sacrificio, e imagen también de la condición de los bautizados, piedras vivas para edificar el templo espiritual. El óleo de los catecúmenos, para el exorcismo prebautismal, dispone el alma del neófito, apartando la influencia del demonio con su peso de pecado e impureza, y la acerca al agua bautismal, lavado de regeneración, al que seguirá la unción con el santo Crisma. El óleo de los enfermos alivia el dolor de quien sufre en su cuerpo, otorgándole la paz espiritual y la ayuda para la mejoría física. Ahora bien, estos gestos sagrados, sacramentales, son signos sensibles de la gracia, un don de Dios a sus fieles, y llegan por el ministerio de los sacerdotes. El sacerdocio ministerial edifica al pueblo de Dios, y de esta manera le sirve, para que crezca, se identifique con Cristo, sea santificado y alcance la vida eterna.

Nuestra celebración de esta tarde expresa esa destinación recíproca, del sacerdocio bautismal y del sacerdocio ministerial, ordenado, que sostiene y congrega a los bautizados, santificando con los dones de la gracia al mismo pueblo sacerdotal. En la mutua relación de quienes lo integran, el servicio de los ministros ordenados ofrecido a los fieles hace posible la participación en la celebración y en la oración, en las obras buenas y el apostolado, el sacrificio y la disposición generosa de los bautizados, ungidos como pueblo sacerdotal. De las filas de los bautizados salen los futuros ministros de la Iglesia, para evangelizar, para pastorear. El ministerio de los pastores “se pone al servicio del sacerdocio común de los fieles, de su crecimiento espiritual y de su santidad”, como afirmaba hace poco el Santo Padre (Alocución a los obispos recién elegidos, 15 septiembre 2011), dirigiéndose a obispos, pero sus palabras expresan también la tarea de los presbíteros, sus colaboradores en el pastoreo. Y proseguía el Papa: el don fundamental que están llamados a alimentar los pastores en los fieles es “antes que nada, el de la filiación divina, que es la participación de cada uno en la comunión trinitaria”.

A esta celebración tan antigua, tan significativa, se quiso unir otro gesto, el de la renovación de las promesas sacerdotales, seguramente porque tradicionalmente la Misa crismal tiene lugar el Jueves Santo por la mañana, día sacerdotal. Se trata de una manifestación, hecha en presencia de la comunidad reunida, en diálogo con el obispo, reiterando aquella disposición de fidelidad a Dios y de servicio a los hermanos que expresaron el día de su ordenación. Al renovarla delante de los fieles, procedentes de todas las comunidades de la diócesis, los presbíteros no solo toman a los laicos presentes por testigos de sus palabras, sino que expresan a los mismos que están enviados a servir, que pueden contar con ellos, que se esforzarán por atenderlos con generosidad e inteligencia y con sentido de justicia, sin egoísmo, pereza o discriminación. Y sella este momento, que no puede dejar de conmover a un corazón sacerdotal, el pedido a los fieles para que los acompañen con su oración. Esto significa que hay también en esto un servicio recíproco: el servicio de la oración, del acompañamiento espiritual, de la colaboración generosa de los fieles con sus sacerdotes, y también de parte de los mismos fieles la sana exigencia, la corrección fraterna, la advertencia tantas veces necesaria para evitar el autoritarismo o los malos ejemplos – por un lado, y por el otro, en los sacerdotes, la dedicación a sus hermanos para difundir el Evangelio, alentar la caridad, formar con la catequesis y la predicación, guiar y corregir a su rebaño, siendo imagen de Cristo Pastor en medio de los suyos.  Compete al obispo, “en cuanto signo visible de la unidad de su Iglesia particular, unificar y armonizar la diversidad carismática en la unidad de la Iglesia, favoreciendo la reciprocidad entre el sacerdocio jerárquico y sacerdocio bautismal”, siempre en palabras del Papa Benito XVI.

Este año nos estamos preparando para un gran acontecimiento eclesial, como es el Sínodo de obispos que lleva como tema: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. El texto de las líneas propuestas para su discusión ya ha sido dado a conocer, e invitamos a nuestros sacerdotes a difundirlo en sus comunidades, para que sea leído, reflexionado, discutido, y conozcan la mente de los pastores y el espíritu con que la Iglesia aborda hoy este mandamiento permanente dado a los discípulos por el mismo Señor: la evangelización, anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos. En el documento que mencionamos, después de definir la “novedad” de la evangelización en nuestro tiempo y en los “nuevos escenarios”, pasa a proponer una forma de proclamación evangélica, desde la fe, transmitiendo la fe y atendiendo a los frutos de la fe. Con su autoridad de Pastor, el Santo Padre Benito XVI nos dice en su carta apostólica convocando a los cristianos a celebrar el Año de la Fe: “La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó” (Porta fidei, 6).

La promoción de esta vocación de los laicos, con la iluminación y la guía de los pastores para llegar a expresarse en su verdad y su riqueza, necesita la realidad de la experiencia, desde la misma iniciación sacramental, para que no sea esta puramente intelectual o de tono y método escolar, sino mistagógica, es decir acompañando la catequesis, entendida en un sentido pleno, con aquella participación en los misterios que hace a la comunión con la gracia de Jesucristo. La tercera parte de los Lineamentos para el Sínodo, que mencionaba antes, se extiende justamente sobre la necesidad de ahondar en una renovación de la formación cristiana, desde la catequesis hasta la práctica y el compromiso, que derivará, como un fruto maduro de un auténtico crecimiento en la fe. “La nueva evangelización es principalmente una tarea y un desafío espiritual. Es una tarea de cristianos que desean alcanzar la santidad”. Vemos entonces como la recíproca ordenación del sacerdocio ministerial al sacerdocio bautismal,  se corresponde con la misión, confiada a la Iglesia, de trasmitir la fe por el compromiso de vida de todos los bautizados, que son alimentados con los sacramentos y con la Palabra, en la doble mesa que la Iglesia nos ofrece. El “Año de la fe” que el Papa Benito XVI ha proclamado a partir de octubre del corriente año, expresa maravillosamente el sentido de la evangelización, que se basa en la fe revelada y tiene como tarea trasmitir esta misma fe, recibida de Jesucristo.

Queridos hermanos sacerdotes, que nuestro servicio eclesial, servicio a los hermanos, servicio a la evangelización, esté siempre delante de nuestros ojos, como prioridad en nuestras tareas apostólicas, y que se alimente en los misterios que celebramos y en la presencia del Señor, ante quien nos hemos comprometido con las solemnes promesas que renovamos hoy. Quiero agradecer a todos ustedes, hermanos sacerdotes, su dedicación y su compromiso, y expresar públicamente mi aprecio y valoración, animándolos a dejarse llenar por el sentido de fe que tienen que manifestar en el ejercicio del ministerio. Les aseguro mi constante afecto y cercanía. También les agradezco su confianza, y pienso que una celebración como esta nos debe estimular a crecer en la unidad y el aprecio sin doblez, entre el obispo y sus presbíteros, y dentro del cuerpo presbiteral. Daremos de esta manera al pueblo fiel un testimonio que sea reflejo del amor que nos debemos los unos a los otros. Trasmitiendo una imagen genuina de unidad y de comunión, de alegría en el servicio pastoral y de solicitud por los hermanos, estoy seguro que brotarán en nuestras comunidades las vocaciones que necesita la Iglesia. Sobre la necesaria unidad de corazones y de mentes que debe reinar en la Iglesia nos será útil recordar lo que escribía el Papa Benito XVI a los obispos de la Iglesia Católica, comentando el pasaje de Gálatas 5,13-15: “Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada” (Carta del 10 de marzo de 2009).

A todos los fieles les dirijo la misma invitación, para que conscientes de su bautismo, ahonden en el encuentro espiritual con Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo, y viviendo con profunda seriedad la gracia recibida se entreguen, comprometida y gozosamente, a la obra evangelizadora, a la cual como laicos están llamados. De verdad, los fieles son la alegría de sus pastores.

La celebración de hoy nos da fuertes razones para creer aún más, para esperar ver frutos mejores en la Iglesia, y prepararnos así confiadamente para el encuentro con el Señor, cada día en la Eucaristía, y al completarse los tiempos, en la comunión definitiva de la Vida verdadera. La Santísima Virgen, que acompañó desde el silencio la obra redentora de su Hijo, interceda por nosotros, y nos permita llevar adelante esta vocación. 

Mons. Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio 


Publicado por verdenaranja @ 23:17  | Homil?as
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