Viernes, 15 de junio de 2012

Reflexión al evangelio del domingo undécimo del Tiempo Ordinario - B, ofrecido por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 11º  del T. Ordinario B 

Es un misterio sobre el que nunca reflexionaremos bastante: Que Dios, para realizar su obra de salvación, ha querido valerse de lo frágil, de lo sencillo, de lo humano… Incluso, de lo inútil. Para realizar la Redención de los hombres, se hizo  hombre; frágil y débil como nosotros… Igual en todo a nosotros, menos en el pecado. No usa un lenguaje elevado, grandilocuente, difícil de entender, sino que habla, valiéndose de comparaciones sencillas      –las parábolas- que toda la gente entiende, como contemplamos en el Evangelio de este Domingo.

En la vida de la Iglesia tampoco prefiere al grupo de los selectos, ni a las personas grandes, poderosas e influyentes, sino, más bien, a la gente sencilla. Eso mismo contemplamos en los signos sacramentales: agua, pan, vino, aceite… Y son realizados por hombres frágiles como nosotros. Y a través de estos signos llegan a nosotros los dones de la salvación... Se ha valido, incluso de lo inútil, como decía al principio. Por ejemplo, cuando ha elegido a una mujer estéril, de la que, sin embargo, surge un héroe como Sansón, un profeta como Samuel o el mismo Precursor del Señor. Incluso, para hacerse hombre, elige a una mujer que no conoce varón.

S. Pablo nos advierte que “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2Co 4,7). Y nos dice también: “Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario…” (1Co 1,26-29). Y esto es lo que contemplamos en la Liturgia de este Domingo: Jesús compara su Reino a una semilla sencilla que, sin embargo, encierra una potencia extraordinaria: Sin que sepamos cómo ni por qué, va germinando ella sola, de día y de noche, hasta dar fruto. O a la semilla más pequeña que se conocía entonces, un grano de mostaza, que, siendo tan insignificante, se convierte en un arbusto considerable, que es capaz de albergar a los pájaros del cielo.

Ya en la primera lectura, el profeta Ezequiel anuncia esta misma realidad cuando nos habla de una rama tierna de un alto cedro que Dios plantará en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble, porque Él “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos”.

El salmo responsorial nos presenta el porvenir del hombre justo que “crecerá como la palmera, se alzará como cedro del Líbano…”

No cabe duda que este mensaje es distinto de los intereses y valores de la sociedad actual. Es la sociedad del poder y del tener; la sociedad de los cargos, de los títulos, de las recompensas… La sociedad de las apariencias. Pero, con frecuencia, los caminos del Señor no son nuestros caminos (Is 55,8-9). Como Jesús también nosotros debemos dar gracias y alabar al Padre que ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos y se los ha revelado a la gente sencilla. (Lc 10, 21).

La segunda lectura nos recuerda que la acción poderosa y transformante del Reino de Dios alcanza su punto culminante en el Cielo, hacia donde nos dirigimos como peregrinos, aunque sin ver al Señor que camina con nosotros, sino guiados por la fe, hasta que llegue el Día del Tribunal de Cristo y recibamos el premio de nuestras obras. 


Publicado por verdenaranja @ 23:27  | Espiritualidad
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