Viernes, 10 de agosto de 2012

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la Fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2012). (AICA)

Queridos hermanos:

Con alegría y con fe hicimos la procesión en honor a San Cayetano, nuestro santo patrono y amigo, Patrono del pan y del trabajo, que cada año nos reúne en este lugar; y comenzamos ahora la celebración de la S. Misa, que es el sacrificio de la cruz, el mejor encuentro con Dios, por medio de Jesucristo

Venimos a pedir y agradecer .Pero son muchos los peregrinos que dicen que vienen más a agradecer, que a pedir. Y esto, porque han visto los frutos en sus vidas, y reconocen que la fe mueve montañas, y que Dios, a través de San Cayetano, les mostró que los ama inmensamente.

San Cayetano nos invita a creer y a encontrarnos con Jesucristo
La vida de San Cayetano nos muestra que Él no guardó la llama de la fe para si mismo, sino que la transmitió a los demás. Y por eso la fe que tuvo San Cayetano, nos invita a seguir a Jesucristo.

No podríamos comprender esta fe en la vida de San Cayetano ni su influjo tan grande entre nosotros, si no fuera porque se alimentó con la Palabra de Dios; porque amó profundamente la Eucaristía, y porque rezó mucho, por él y por todos, particularmente por los más necesitan.

Por eso, la vida de san Cayetano nos invita a renovar nuestra fe. La fe cristiana es creer en Dios; es una profunda adhesión a Él, y debe estar en el centro de nuestra vida. La fe nos invita a conocer a Cristo, que nos ha salvado y redimido del mal. San Cayetano tuvo esta fe viva, y por medio de su intercesión nos ayuda a creer; porque a través suyo, vemos la bondad de Dios, que está cerca nuestro.

Hoy le pedimos a San Cayetano aumentar nuestra fe, la fe verdadera, –que no es una mezcla de creencias sueltas, o de algunas supersticiones–, sino que es un encuentro con Jesucristo vivo, y una confianza puesta en su amor y en su Reino. Que esta fe la vivamos como familia de Jesús, que es la Iglesia, un cuerpo unido, un organismo vivo, que crece cuando amamos como Cristo nos amó. Lo que pedimos especialmente para el Año de la Fe, convocado por el Papa, para octubre de este año

Necesitamos voluntarios y voluntarias que amen y sirvan como san Cayetano
Justamente el Evangelio que acabamos de escuchar nos dice: “El Padre de ustedes ha querido darles el Reino”. El Reino de Dios, que San Cayetano nos enseña a pedir, no es solo un Reino para el futuro, es el Reino de Dios que ya comenzó, y se hace visible donde hay amor.

Este amor, cuando es verdadero, se manifiesta más en las obras que en las palabras. Por eso el amor, no es una palabra vacía; sino que se traduce en servir, como nos enseñó Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir. Porque servir sin amar, no es el servicio cristiano que nos pide el Evangelio. Amar sin servir, tampoco es verdadero amor. Para el cristiano, amar y servir siempre están unidos.

Por este motivo a quienes confían en San Cayetano los invito a amar y servir a quienes están sufriendo más y formar parte de algún trabajo solidario.

El voluntariado es un servicio hecho con amor; y encontramos voluntarios en muchas obras a lo largo de todo el año; y es significativa su disponibilidad y perseverancia

Hoy son muchos los que más nos necesitan, son muchos los que sufren. Por eso quiero pedir y agradecer por los voluntarios de nuestras parroquias, y también de la sociedad.

El voluntariado es un servicio hecho con amor; y encontramos voluntarios en muchas obras a lo largo de todo el año; y es significativa su disponibilidad y perseverancia.

Gracias, queridos voluntarios, que imitan la caridad de San Cayetano. Gracias porque contamos con cientos de voluntarios en nuestras Caritas, en los proyectos asistenciales, en los micro emprendimientos y en los comedores. Gracias por su ayuda en otros lugares, como Sol de Noche, donde colaboran tantos jóvenes en las noches de frío; gracias porque surgen nuevos ofrecimientos, como “Manos a la obra” donde se crean obras nuevas de amor y solidaridad.

Aún donde haya mayor organización y justicia en la sociedad, siempre serán necesarios los voluntarios.

Quienes son víctimas de las adicciones sienten desmoronada su libertad.
En este día del patrono de pan y del trabajo, y mirando a nuestro alrededor, podríamos hacer una larga lista de necesidades y necesitados; cada uno conoce, por ejemplo nuestros queridos ancianos y ancianas.

Pero también hoy encontramos un sector muy vulnerable en la sociedad; que cada vez preocupa más, y son quienes son víctimas de las adicciones y sienten desmoronada su libertad. Particularmente, me refiero a quienes padecen el infierno de la droga, muchos que llegaron a esta condición sin imaginarse las consecuencias, y otros que están atrapados, como también sus familias, que muchas veces no saben qué hacer en estas situaciones.

Hoy, queridos hermanos, comprobamos que la droga no reconoce fronteras, entra en todos los estamentos, y es como una mancha de aceite que invade todo. Lamentablemente el adicto a la droga se aleja de su familia, y enfrenta este mal generalmente mal acompañado.

“La droga nunca se vence con la droga”
Por esto “drogarse nunca es una solución» y la invitación a la droga es un fraude, que pretende dañar a una juventud ansiosa de felicidad y orientación. Como decía el Beato Juan Pablo II, podemos afirmar seguros, que “la droga nunca se vence con la droga”.

Queridos hermanos, el consumo de drogas ha crecido. El llamado “paco” hace estragos entre los más pobres, y ya empieza a ser consumido en otros sectores de la sociedad. Como buenos samaritanos, necesitamos y queremos prevenir este mal; buscar una acción eficaz de prevención y rehabilitación, a las que debe unirse toda la sociedad.

Seguramente que este pedido que le hacemos hoy a San Cayetano pensando en el bienestar de todos, lo deben llevar adelante en primera instancia quienes conducen el destino de la sociedad, y ante la urgencia del momento, ofrecer los medios para prevenir y los recursos para rehabilitar a todas sus víctimas; así como erradicar la droga, cuya comercialización se ha hecho algo cotidiano debido a los enormes intereses económicos en torno a ella.

Pero también nosotros podemos hacer algo. En varias ocasiones me escucharon hablar de la necesidad de espiritualidad. Y permítanme que lo vuelva a repetir. Sin espiritualidad el hombre experimenta un gran vacío; y las adicciones, frecuentemente intentan llenarlo. Pero en realidad producen una desconexión mayor, tanto en el interior de cada uno, como mirando a una vida trascendente.

Necesitamos avivar la llama de la fe y renovar la fuerza de una espiritualidad cristiana
Por ello necesitamos avivar la llama de la fe y renovar la fuerza de una espiritualidad cristiana, que no es otra que la del amor, centrada en el Evangelio, y en los sacramentos. Necesitamos también afianzar la vida de familia, en cuanto comunidad de vida y amor (FC, nº 50); necesitamos contar con la comunidad parroquial, así como fortalecer el valor inestimable de la amistad.

Gracias a Dios, en nuestra Iglesia, así como en otras confesiones e instancias de la sociedad, se está trabajando para recuperar a los adictos en comunidades terapeúticas; y sabemos que cuanto mayor énfasis se ponga en la vida espiritual y religiosa, con un tratamiento multidisciplinario, mayor esperanza tendrá la rehabilitación. Como nos enseñaba el Papa Benedicto XVI, deseamos que quienes sufren la adicción no solo se liberen de la droga y del alcohol; sino que se encuentren con Dios y participen activamente en una comunidad de fe y amor, como es la vida cristiana (cfr. Benedicto XVI, Fazenda Esperanza, 12.V.2007), abriéndose así un camino de recuperación.

Este debe ser un mensaje de confianza en la providencia, y también de esperanza, inclusive para alcanzar una mejor convivencia y seguridad en la sociedad; y a la vez es un llamado al servicio fraterno, a fin de que lleguemos al corazón de este camino de vuelta. Cuando el que padece una adicción se da cuenta de que no está solo, de que no lo ha perdido todo, sino en cambio, de que Cristo lo ama, y lo amará; que tiene una familia, y una comunidad que lo recibe, que es nuestra Iglesia; esta convicción no sólo va a superar paulatinamente su mal, sino que le abrirá el camino de una nueva vida.

Que San Cayetano renueve nuestra fe, que alcancemos lo que pedimos, y que la Santísima Virgen del Rosario nos bendiga a todos.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 23:13
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