Viernes, 10 de agosto de 2012

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (5 de agosto de 2012). (AICA)

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”. Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo". Jesús respondió: "Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo". Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan". Jesús les respondió: "Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed."(San Juan 6, 24-35)                       


El Evangelio nos dice que Jesús es el Pan de Vida, es la Eucaristía, es la presencia viva de Dios. Este Dios, este Cristo, el resucitado, se nos presenta como un alimento imperecedero, que no caduca, que no se gasta, que de alguna manera no se consume, que SI es para nosotros pero que nosotros nos transformamos en él y no ese alimento se transforma en nosotros.

La presencia de Cristo es un signo de su presencia permanente, para dar a la humanidad de cada tiempo el verdadero Pan de Vida, por eso decimos que Cristo nos alimenta y es actual, es vigente; nos alimentó en el siglo V, nos alimentó en el siglo XVI, nos alimentó en el siglo XX y nos sigue alimentando y robusteciendo en este siglo XXI. Así, entre luces y sombras, ante complicaciones, dificultades y problemas, siempre el Señor está presente para abastecer las necesidades últimas y fundamentales de cada ser humano y de toda la humanidad.

La Iglesia es el lugar donde Dios obra y la Eucaristía es el momento privilegiado donde se descubre la potencia de Cristo y se alcanza la capacidad de repetir el prodigio por Él cumplido, por Él realizado: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo, quien me coma no tendrá hambre, quien me beba no tendrá sed”

Vemos una relación que no es reductiva sino que se relaciona, se inter-comunica: el Pan Espiritual, no excluye al pan material; pero el pan material no tiene la última palabra sino que tiene que ser trascendido por el Pan Espiritual, por la presencia de Dios, por su Palabra, por la oración, por el reconocimiento de su cercanía, porque es Dios capaz de saciar nuestra alma, nuestro apetito de infinito, de absoluto. No podemos vivir reductivamente solo al consumo, solo a lo experimental, solo a lo de hoy.

De aquí la importancia de saber que nosotros tenemos que trascender. “Vengan a mi -dice Jesús- escuchen y vuestra alma tendrá vida.” Es vital saber que fuimos comprados a un gran precio, pero siempre Dios nos dice “mi yugo es suave y el peso liviano” y, como dice San Pablo, “nadie podrá separarme jamás del amor de Cristo”. Pero para poder luchar, para poder superar la fatiga, para poder reposar ante tanto cansancio, para poder ser renovado, fortalecido, está la Eucaristía.

Cuando entra Cristo, Dios, en nuestra vida, nos robustece y va alejando de nosotros todo signo y todo vestigio de pecado. Seamos conscientes de lo que recibimos y responsables de aquello que entregamos. Nadie nos podrá separar del amor de Cristo Jesús. ¡Jesús, Pan de Vida, aliméntanos con tu Palabra, aliméntanos con tu Eucaristía!

Les dejo mi bendición en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 23:21  | Homil?as
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