Lunes, 13 de agosto de 2012

Columna de opinión de monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, publicada en diario Crónica el 12 de agosto de 2012. (AICA)

La vida es hermosa. En mis años de sacerdote me ha tocado bendecir a las mamás durante el embarazo; ¡cuánta ilusión en esas miradas y esas manos que acarician la vida que va creciendo! Y cómo nos alegra y emociona la llegada de los niños en una familia. El momento del parto introduce en el mundo una vida nueva, y eso hace que se experimenten sentimientos y deseos nobles y hondos de alma.
Esos momentos de los primeros meses y años en la vida de una criatura nos conmueven y, en muchos casos, modifican radicalmente el rumbo y las opciones familiares y personales. La Palabra de Dios varias veces acude a esas experiencias para comunicarnos su mensaje: “Señor, mi corazón no es ambicioso,/ ni mis ojos altaneros;/ no pretendo grandezas/ que superan mi capacidad;/ sino que acallo y modero mis deseos,/ como un niño en brazos de su madre” (Salmo 130).
Los niños son frágiles y necesitados de:

  • Familia y ternura. El estímulo que brota del corazón que le ama, le ayuda a crecer con seguridad y cobijo.
  • Relaciones filiales y fraternas que le liberen del egoísmo e individualismo que tanto nos esclavizan hoy.
  • Alimento, salud, el pan necesario para su desarrollo corporal.
  • Educación, el pan de la cultura, que promueva una verdadera inclusión social.
  • Buenos ejemplos que sean modelo de conductas éticas. Ante la coima, la impunidad, el odio, la violencia, la mentira: “eso es caca, nene”.
  • Una sociedad amiga que piense en ellos en términos de presente y futuro. ¿Qué planeta, qué geografía queremos dejarles?

Como sociedad debemos garantizar el ejercicio de sus derechos hoy y en los años venideros. Ojalá no tengan que conocer los glaciares por foto, por decirlo de una manera clara. Esto está en nuestras manos y decisiones.
Lo mejor que podemos darles es la fe, hacerlos hijos de Dios y hermanos de todos. Enseñarles a rezar desde chiquitos, para que sepan confiar en el amor de Dios. Que aprendan desde el vamos a ayudar a los más débiles, a compartir sus cosas, a ser justos.
Jesús nos enseñó que para entrar en el Reino de los cielos hay que hacerse como niños. El camino de la “infancia espiritual” nos llama a ser sencillos, evitar ser rebuscados, lo contrario a tener “más vueltas que una oreja”.
En esta etapa de la vida necesitan del aliento y estímulo especialmente de la familia. Conversando con adolescentes, varios me cuentan de lo mal que les hizo y las secuelas que les quedaron de algunos malos tratos físicos, o de frases como “sos un inútil” o “siempre el mismo tarado”. Son muy sensibles a nuestra manera de dirigirnos a ellos.
Ellos sufren las consecuencias de la injusticia e inequidad de la sociedad. Algunos dan su primer grito con varios gramos menos de lo esperado porque su mamá no se alimentó adecuadamente. La conjunción edad-peso-estatura será una lucha desigual según el lugar de vivienda. Mientras muchos llevan el apelativo de “nativos digitales”, otros tendrán el fantasma de la desnutrición encima. Pensemos en quienes miran la fiesta desde afuera, apoyando “la ñata contra el vidrio”. Por eso, en este día del niño quiero recordar con gratitud a tantos hombres y mujeres que se dedican a tareas solidarias para la infancia. El apoyo escolar para que no se retrasen en la escuela y evitar la repitencia, los centros de salud para evitar enfermedades, los centros de capacitación y promoción de una nutrición adecuada….
Hace poco leí un poema de Armando Tejada Gómez. Te comparto unos versos: “Si alguien te preguntara cómo entiendo / la vida y el amor, has de decirle / que no creo en la muerte / que hace mucho / salí a besar la frente de niños”.
Dios nos regale un corazón capaz de besar la frente de los niños. De todos los niños.
Mons. Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú


Publicado por verdenaranja @ 20:48  | Hablan los obispos
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