Lunes, 13 de agosto de 2012

Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, en la celebración en la parroquia Nuestra Señora de Luján de Cuyo (Fiesta de San Lorenzo Mártir, 10 de agosto de 2012) (AICA)

1. Este año, la diócesis está echando una mirada de fe sobre su marcha de comunidad peregrina, cristiana y apostólica. Desde el lema bíblico "somos siembra de Dios", hemos procurado suscitar en las familias y comunidades una revisión sincera de su propio camino, abriendo el corazón a la Palabra de Dios. Así lo hemos recordado y aplicado en fiestas patronales, charlas, retiros y mensajes. Estoy seguro que los diáconos también han recibido y pensado esta propuesta: para sí mismos, para su familia, y su servicio en la comunidad.

2. Los diáconos han estado siempre cercanos al ministerio del Obispo, aunque en su mayoría son colaboradores inmediatos de los párrocos y sacerdotes.

Como Arzobispo de Mendoza, entonces, ¿cómo no voy a dar gracias a Dios, que en los últimos 15 años nos ha permitido ordenar 48 diáconos permanentes? Pronto se sumarán a ellos otros 3, admitidos para la ordenación del próximo 20 de agosto. En ese tiempo, no demasiado largo, los diáconos de esta Iglesia se han multiplicado por cuatro. De este manera, por la imposición de las manos y las palabras consecratorias del obispo, el Espíritu Santo los ha marcado para siempre. Reconozco en sus corazones una riqueza de gracia, que no sólo santifica su persona y la capacita para el servicio pastoral, sino que engrandece a toda la Iglesia, que en ustedes y por ustedes, puede ser hoy más santa y más servidora.

3. Es, pues, un deber de gratitud, reconocer la siembra generosa que Dios hace por iniciativa suya, más allá de disposición, a veces escasa. El sembrador esparce la semilla de su Palabra, a manos llenas; y ese grano lleva consigo un dinamismo propio y escondido, como la semilla que crece mientras el agricultor duerme, y que de pequeña se convierte en árbol frondoso y acogedor.

Una especial acción de gracias tengo que elevar esta noche:

- por sus familias y comunidades, donde seguramente escucharon el llamado del Señor a pertenecerle y a servirle;

- por la generosidad de su respuesta a esa vocación, que seguramente el mismo Señor va haciendo madurar todavía en sus corazones;

- por la Escuela Arquidiocesana de Ministerios, que les ofreció la formación necesaria, con la mejor dedicación que le fue posible, en cada etapa vivida por la diócesis;

- por sus familiares y amigos, por los párrocos y sacerdotes que los acompañan y alientan, no sólo en los momentos alegres y fáciles, sino también en los más arduos y costosos;

- sobre todo, por su triple ministerio cumplido: con la predicación de la Palabra de Dios; con la santificación que brindan al pueblo, por la oración, la bendición y los sacramentos; y con la edificación de los fieles, por la caridad, en la comunión eclesial;

- por último, gracias por el testimonio que, como hombres consagrados y clérigos de la Iglesia, tienen que dar no sólo en la comunidad cristiana, sino en ambientes no siempre comprensivos, ni deseos de las cosas del Señor, y que hasta se vuelven hostiles a Él.

4. Además de dar gracias, pienso en las dificultades de tantas situaciones, que desafían la paciencia y la perseverancia de los enviados por Dios, para sembrar la Palabra en el mundo. Quisiera alentarlos con la misma Palabra de Dios. Para ello, recurro a 7 imágenes bíblicas, ya que 7 fueron los primeros diáconos de la Iglesia.

- Cuando se sientan solos y sin fuerza, recuerden que el Señor los manda a cosechar lo que no sembraron, en el campo donde Él y el Padre trabajan siempre (cf Jn ,35-38; Jn 5,17).

- Al constatar su propia pobreza, mantengan y renueven la confianza, porque Dios ofrece su Palabra creadora y poderosa, como lluvia de lo alto, que siempre cumple su misión (cf Is 55,10-11).

- Si en verdad, continúan siendo pocos, no olviden que el Señor sigue convocando obreros a su viña, desde la primer ahora hasta la última del día (cf Mt 20,1-16).

- Recuerden que la seguridad de tener éxito, no se apoya en sus propios méritos, ni en la habilidad personal, sino en que son simples servidores del Señor, y no más que eso (cf Lc 17,10)

- Quizás los desanime la cizaña que otro siembra en medio del trigo; no pretendan erradicar el mal del todo; más bien, aguarden con paciencia el juicio divino (cf Mt 13,24-30.37-43).

- Para afianzar siempre más la confianza y la alegría de servir, permanezcan unidos a Jesús, como las ramas a la vid verdadera; porque así lograrán los frutos prometidos por Él, aunque deban ser podados, cuando llega ese tiempo a cada uno (cf Jn 15, 1-11).

- En los ambientes más resistentes al Evangelio, imiten la paciencia del dueño de la viña, que no sólo manda otros enviados al campo, sino que permite abonar la higuera sin frutos, para que produzca lo esperado (cf Lc 13,6-9)

5. Las lecturas de la fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir, iluminan esta reflexión. Como saben, Pablo se empeñó en motivar a las comunidades cristianas, para que ayudaran a los hermanos de Jerusalén (2 Cor 9,6-10). Comparó entonces sus donativos con una siembra, que podía ser mezquina o generosa, y producir pocos o muchos frutos; por supuesto, no sólo en dinero, sino en aumento de gracia. "Dios ama al que da con alegría", les decía. Él quiere colmarlos de dones, porque así como provee de semilla al sembrador, les da semilla abundante, para al sembrarla crezcan en santidad de vida. Queridos diáconos, así se enriquece el camino de cada uno, cuando de algún modo imitamos la generosa siembra de Dios en medio nuestro.

El Evangelio invita a renovar la fe en Jesucristo, que en su Pascua se hizo grano enterrado y muerto, para surgir lleno de vida (Jn 12,14-16). En Él se cumplió la antigua promesa de un germen anunciado por los profetas, para renovar a la humanidad y a toda la creación, como sólo Dios puede hacerlo.

La imagen ilumina el ejemplo del mártir san Lorenzo, que por la fe en el Señor soportó la prueba. El grano es ante todo el mismo Jesús: el hijo del hombre, que padeció y se entregó a la muerte, para redimir al mundo del pecado. Éste es el camino de los discípulos del Señor, que deben aceptar renuncias y formas de muerte. Ustedes conocen de cerca las exigencias de la vida cristiana, en su familia, en el trabajo en el ministerio. Los animo a reconocer con gratitud la llamada del Señor, a ser discípulos y servidores Suyos. Renovemos la alegría de la entrega generosa y abnegada. Aceptemos las dificultades del propio camino, como parte de la ofrenda de vida que hacemos a Jesús. Servir y seguir a Jesús, son parte de la misma respuesta (Jn 12,26a). Todo servidor se goza de compartir la suerte de Su Señor, aunque deba pasar por momentos de prueba. Pero nadie le podrá quitar el consuelo de sentir el abrazo amoroso de Dios, ahora y siempre, porque Jesús promete que el Padre reconoce y honra, al buen servidor (cf Jn 12,26b).

6. Completo mi saludo agradecido y afectuoso a todos los diáconos de Mendoza, acompañándolos en esta revisión de vida, cargada de fe y esperanza, e luminada por la Palabra. Dios los bendiga y reconforte. Esta Iglesia sigue confiando y esperando mucho de ustedes, y sobre todo de la gracia poderosa del Señor, que actúa en ustedes y por medio suyo. El año de la fe que pronto comenzaremos, será una oportunidad providencial para crecer en adhesión al Señor, diácono y servidor del Padre, y en entrega generosa a la Iglesia, que necesita de ustedes.

Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza


Publicado por verdenaranja @ 22:43  | Homil?as
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