Mi?rcoles, 15 de agosto de 2012

Mensaje de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, para la solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los Cielos (15 de agosto de 2012). (AICA)

El 15 de Agosto celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los Cielos, que también se la conoce como la Fiesta del Tránsito de María o su Dormición, para expresar que ella no ha sufrido los signos propios de la muerte. La devoción a la Virgen María tiene en las Sagradas Escrituras y en la Tradición de la Iglesia, su fundamento más sólido. No podemos hablar de ella si no es a partir del plan de Dios, esto la hace una devoción profundamente bíblica. Al mismo tiempo, la presencia de María acompañando a los apóstoles en el nacimiento de la Iglesia hizo de ella una referencia única en el pueblo cristiano. Es, también, una devoción profundamente eclesial. Es más, la certeza de su maternidad divina, ella es la Madre del Hijo de Dios, sirvió al Concilio de Éfeso (430) como garantía para definir la naturaleza divina de Jesucristo. Ella no era la madre de un hombre, sino la Madre de Dios. La devoción a la Virgen María es, por ello, expresión de una madura espiritualidad bíblica y eclesial. Así lo ha vivido la tradición del pueblo cristiano.

El evangelio del día nos habla de este lugar de María en el plan de Dios, primero en su visita a Isabel y luego en su Cántico de Acción de Gracias. En el saludo de Isabel se resume la esperanza del pueblo elegido: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!”, para concluir con el mayor elogio que María recibió: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 42-44). Sólo en este contexto comprendemos quién es la Virgen María; cuando la sacamos del proyecto de Dios, en el que todo se orienta a Jesucristo, desconocemos el sentido de su elección y su misión. Ella misma se encargará desde el evangelio en orientar nuestra mirada a su Hijo: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn. 2, 5). Una auténtica devoción a María nos debe llevar, por lo mismo, a imitar su actitud de fe, para descubrirnos en el proyecto de Dios y a encontrar, en Jesucristo, el sentido de nuestra vida. El encuentro con Cristo es la plenitud de la devoción a la Santísima Virgen.

En su Magnificat nos habla, también, del proyecto de Dios y es para nosotros una catequesis. Comienza por un reconocimiento de la grandeza del Señor, que es causa de gozo y gratitud. Cuando Dios ocupa su lugar el hombre alcanza su verdad de hijo, y en él recupera su libertad y confianza. La auténtica fe en Dios nos libera de toda esclavitud. En esta actitud de fe ella descubre la primera nota del amor de Dios que es su bondad: “miró con bondad mi pequeñez” (Lc. 1, 48), nos dice. Continuando, y en el marco de la experiencia del Pueblo de Dios, nos va a hablar de su misericordia: “que se extiende de generación en generación”. La misericordia en Dios, lejos de ser un sentimiento de lástima con el que sufre, es fruto de su amor personal que sana y eleva a sus hijos. Como hija predilecta de Dios nos enseña a relacionarnos con él en un clima de confianza y gratitud. Es consciente que el amor personal de Dios hacia ella implica un llamado, una misión, y lo vive con la alegría y la humildad de la verdad. Hoy nosotros somos testigos de aquella palabra profética, cuando exclama: “En adelante todas las generaciones me llamarán feliz”. Sí, hoy la llamamos feliz y queremos renovar nuestra devoción a su condición de Madre y Catequista de nuestro caminar. Que Ella nos enseñe a descubrirnos en el plan de Dios, al que estamos llamados y en el que tenemos una misión única y personal.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Hablan los obispos
 | Enviar