Jueves, 16 de agosto de 2012

Palabras de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, al Honorable Concejo Deliberante en la Fiesta de la Asunción de María Virgen (15 de agosto de 2012). (AICA)

Quiero agradecer en primer lugar a este Honorable Concejo Deliberante, a su presidente Don Armando Bertolotto, y a todos sus integrantes, que representan a la Comunidad de Avellaneda, la cordial recepción que me brindan como Obispo Diocesano para esta Sesión que cada año nos reúne para ofrecer nuestro homenaje a María de la Asunción, Patrona de nuestra Ciudad y de nuestra Diócesis. Saludo en particular y agradezco la presencia del Sr. Intendente Municipal, Ing. Jorge Ferraresi y a todo su equipo de conducción.

La Fiesta de la Asunción a la gloria del cielo de María, en alma y cuerpo, es decir, en todo su ser humano, en la integridad de su persona nos concede la gracia de renovar nuestro amor a la Virgen, de admirarla y alabarla por las “maravillas” que el Todopoderoso hizo por ella y obró en ella. Al contemplar a la Virgen María se nos da otra gracia: la de poder ver en profundidad también nuestra vida. Si, porque también nuestra existencia diaria, con sus problemas y sus esperanzas recibe luz de la Madre de Dios, de su itinerario espiritual, de su destino de gloria, un camino y una meta que pueden y deben llegar a ser, de alguna manera, nuestro mismo camino y nuestra misma meta. Allí donde está la madre, también estaremos nosotros, sus hijos.

María, nos anima a vivir en la esperanza. Los cristianos tenemos un futuro: aunque no conozcamos los pormenores de lo que nos espera, sabemos que la vida, en conjunto no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. Por lo tanto, el mensaje cristiano no es solo “informativo” sino “performativo”. Esto significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par.

Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le ha dado una vida nueva. (cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Spes Salvi, nª 2).

Estas Fiestas Patronales se celebran en el marco de un acontecimiento eclesial universal, el 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Este fue convocado e iniciado por el Beato Juan XXIII, el 11 de octubre de 1962 y tuvo como cierre el 8 de diciembre de 1965, bajo el Pontificado del querido Papa Pablo VI.

Nos decía el Concilio, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, nº 3. “El Concilio, testigo y expositor de la fe de todo el Pueblo de Dios, congregado por Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona humana que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es por consiguiente, el hombre, pero el hombre entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien centrará las explicaciones que van a seguir”

El Concilio, quiere proclamar la altísima vocación del hombre y la presencia en él de un germen divino y ofrecer a la humanidad una cooperación sincera, que instaure la fraternidad universal que responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar bajo el Espíritu Santo, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no juzgar, para servir y no para ser servido (Jn. 3,17).

María sube en cuerpo y alma, la mujer entera, esto celebramos. El Concilio nos decía hay que trabajar por el hombre entero, cuerpo y alma. Tenemos que pensar nuestra realidad en el horizonte de lo trascendente. Al comenzar la Edad Moderna dijo alguien que deberíamos vivir como si Dios no existiera. Esto ha ocurrido, y a la vista tenemos las consecuencias. Nuestra regla debe ser exactamente la contraria: vivir en todo instante dando como supuesto que Él existe, y conforme a lo que Él es, porque por fuerza es lo que es. Este vivir significa dar oído a su Palabra y a su Voluntad, sintiéndonos mirados por Sus ojos. De este modo, sentiremos que pesa más nuestra responsabilidad; pero, en compensación, se hará más fácil y más humana nuestra vida. Mas fácil, porque nuestros errores, fracasos, privaciones y pérdidas jamás nos parecerán definitivos y fatales, sabiendo como sabemos que detrás de todo ello existe siempre un sentido, y que nada esta perdido para siempre. Desde esta perspectiva, nos aparece en primer plano el lado bueno de las cosas. Ciertamente, con mirar hacia el Cielo no impedimos que lo ingrato siga siéndolo; pero su peso habrá menguado, porque todo será para nosotros penúltimo. No nos rebelaremos cuando las cosas no resulten como quisiéramos, o se frustren nuestros propósitos: porque sabemos que, en el fondo, hay algo bueno en ello, toda vez que Dios es bueno. (Cf. Card. J. Ratzinger. Homilía sobre la Asunción).

Es en este espíritu que intento esbozar y sugerir algunas cuestiones que considero de vital importancia.

Hoy se constata, que en este cambio de época, con la influencia que tiene la globalización y una cultura relativista y consumista, exaltando el individualismo, se ha ido debilitando el valor de la verdad y de la objetividad. Podríamos dar muchos ejemplos que avalan esta afirmación. Todo es subjetivo: “solo por hoy” y el famoso “sálvese quien pueda” está llevándonos a un individualismo peligroso y nocivo, horadando las virtudes sociales que deberían ser las convicciones más profundas para nuestra querida Nación. Nos decía, el beato Juan Pablo II, en su Encíclica Fides et Ratio, (nº 90), “la alta responsabilidad de mantener despierta la sensibilidad ante la verdad y el bien recae sobre cualquiera que desempeñe el papel de guía en el campo religioso, político o cultural, cada uno según su modo propio. Juntos debemos comprometernos en la lucha de la libertad y en la búsqueda de la verdad: ambas van juntas, mano a mano, o juntas perecen miserablemente”

La verdad y la objetividad son valores que no dependen de la interpretación subjetiva. Son verdades universales y que nunca deberían ser eclipsadas por intereses particulares, por muy importantes que sean, porque ello conduciría únicamente a nuevos casos de fragmentación social o discriminación, que precisamente esos grupos de interés o de presión declaran que quieren superar. Nos dice Benedicto XVI. “Los individuos, las comunidades y los estados sin la guía de verdades morales objetivas, serían egoístas y sin escrúpulos, y el mundo sería un lugar peligroso para vivir” (Disc. Chipre, 5 de junio de 2010)

Mi pensamiento va hoy hacia los jóvenes y los niños: cómo los preparamos, qué les dejamos, cómo los acompañamos, como ellos con nosotros y nosotros con ellos construimos una nueva civilización. Debemos salir de la trampa de lo mediático. No le tengo miedo al juicio de hoy, sino a la verdad que me juzgará mañana. Por la misma fuerza de la verdad, se verá en todos los ordenes, personales, familiares, sociales y políticos si hemos caminado en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor, procurando así sostener y construir el hermoso puente de la paz.

Es necesario detenerse y levantar la mirada hacia el futuro concretándolo en este presente. El futuro cierto se amasa en el concreto presente del hoy. Debemos tener decisiones con coraje y con clarividencia a favor de la verdad y de la paz. Este camino es también de los jóvenes.

La educación es fundamental, tema crucial para todas las generaciones, puesto que de la educación depende el sano desarrollo de cada persona, para el futuro de toda la Sociedad.

Hay que pensar en la familia: ella es anterior al Estado y éste debe cuidarla y protegerla. Debemos reconocer que todo es docencia, hasta cuando comemos, hablamos y dialogamos. Hasta cuando vemos un partido de futbol. Nada es indiferente y nada es insignificante. Estamos en tiempos de cambios, pero estos deben ser tomados y vividos en el reconocimiento de la dignidad inalienable de toda persona humana y de sus derechos fundamentales. El respeto de la persona debe ser el centro de las Instituciones y de las Leyes. La familia debe ser valorizada y no combatida. Son necesarias políticas que valoricen y que ayuden a la cohesión social y al diálogo respetuoso entre todos.

Le pedimos hoy al Señor que nos ayude a vivir dando razones de nuestra esperanza, ya que la vida no termina en el vacío, que su destino definitivo no es la corrupción, sino la inmortalidad. Porque está claro el fin, debemos implementar muy bien y de forma concreta los medios. Como nos dice, el Señor, “he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

La Virgen María, asunta al cielo, en estas celebraciones cívicas y patronales, nos fortalezca, nos ilumine y nos entusiasme a seguir trabajando y buscando infatigablemente el bien común. Que bendiga nuestras familias, nuestra Ciudad de Avellaneda, este Honorable Concejo y a cada uno de los presentes.

Dios los bendiga y la Virgen los proteja. Muchas gracias.

Mons. Rubén O.Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda, 15 de agosto de 2012


Publicado por verdenaranja @ 23:31  | Hablan los obispos
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