S?bado, 18 de agosto de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo veinte del Tiempo Ordinario - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 20º del T. Ordinario B 

Hace tiempo, aprendí que de los contenidos de la fe sólo podemos conocer “el que”, es decir, el objeto de la fe.  No siempre podemos conocer el “cómo” (cómo se hace) Necesitaríamos ser tan sabios como Dios. Cuando unos científicos que estudian un posible milagro,  se limitan a decir, en su caso, que aquel hecho no tiene ninguna explicación científica. Me acordé de eso cuando leía y releía el Evangelio de este domingo. Decía: “Disputaban los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Y sin embargo, con qué facilidad lo resuelve el Señor: Su cuerpo, sabe a pan; su sangre sabe a vino. ¡Asombrosa transformación! ¡Inefable Misterio! Por eso el Señor se limita a decir: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”.

Ciertamente, si hay algo que todo el mundo entiende es que sin alimento no hay posibilidad de vida en un ser humano. A eso nos referíamos el domingo pasado cuando constatábamos que creer en Jesucristo es tener vida eterna; y que el alimento principal e imprescindible es el Pan de la Vida, la Eucaristía. Por eso dice el Señor: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.  Por tanto, nadie puede sentirse excluido ni dispensado de recibir con frecuencia este sacramento admirable.

No podemos olvidar que, en los primeros tiempos, cuando se celebraba la Eucaristía, se daba la comunión a todos los presentes que se encontraban dispuestos; y los diáconos llevaban la Eucaristía a los ausentes. De ahí la costumbre de llevar la comunión a los enfermos e impedidos. El enfermo, en efecto,  está dispensado de la Santa Misa, pero no puede dispensarse, por largo tiempo, como tantas veces sucede, del alimento de la Eucaristía.

Y Jesús continúa diciendo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. ¡Qué grandeza!

Pero sucede algo distinto de lo que pasa con el alimento natural, que el organismo trata de asimilar para convertirlo en algo suyo. En la Eucaristía es Jesucristo el que nos une a Él, el que nos convierte en Él. ¡Se trata de una unión muy grande, inefable! ¡Nuestro ser queda “empapado” de Dios!  Es toda una corriente invisible de vida divina que procede del Padre: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Tomamos parte de la misma vida de la Santísima Trinidad, es decir, de aquella por la que existe Dios desde siempre y para siempre.

Pero hay más. La Comunión nos une también a los hermanos, con los que formamos un solo Cuerpo. Podemos recordar aquí las palabras del Papa Pablo VI en la Solemnidad del Corpus del año 1969, cuando decía: “¿Cómo llama el pueblo cristiano a la Eucaristía? Comunión. Está bien, es verdad, ¿pero comunión con quién? Aquí el horizonte se abre, se ensancha, se alarga hasta perder sus límites. Se trata de una doble comunión: Con Cristo y entre nosotros, que en  Él somos y nos hacemos hermanos”. También nuestro cuerpo, tantas veces, morada de la Divinidad e instrumento del quehacer cristiano, tiene que participar de la gloria de la resurrección. Dice el Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

Verdaderamente, la Eucaristía es el Pan de la Vida… En plenitud.

Y después de comulgar, hay que “demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado, lo que se ha recibido por la fe y el sacramento”. Con la Misa, por tanto, con la Comunión, no termina todo. Sucede lo contrario. La Eucaristía es  alimento y tiene que producir sus frutos. El parásito es el que come y vive sin trabajar. Al que recibe el Pan del Cielo, con razón, se le exigen “obras de caridad, piedad y apostolado”.

Termino brindándoles esta conocida antífona eucarística: “Oh Sagrado Banquete, en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda (anticipo) de la gloria futura”.

Nos vendrá bien recordarla, repetirla, repensarla alguna vez. 

¡Buen Verano! ¡Feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 0:17  | Espiritualidad
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