Jueves, 23 de agosto de 2012

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (18 de agosto de 2012) . (AICA)

En 1991, poco después del derrumbe de la Unión Soviética y de la caída de los regímenes comunistas en los países satélites de la Europa oriental, el Papa Juan Pablo II planteaba una cuestión fundamental. Se preguntaba si el capitalismo era, entonces, el camino, el modelo, que había que presentar a los países en vía de desarrollo para alcanzar esa meta tan deseada. Establecía como respuesta una cuidadosa distinción.

De hecho, a partir del estallido de esa crisis en Estados Unidos, en Europa luego, con repercusiones en todo el mundo, se ha suscitado una discusión acerca de las posibles, y necesarias, reformas del capitalismo. Este debate entraña un problema ético y cultural, como el Papa señalaba muy bien.

La discusión está en curso e intervienen en ella importantes estudiosos, en todo el mundo, acerca de la marcha de la economía en el futuro inmediato, sobre la suerte del sistema económico occidental y sus consecuencias globales. La investigación apunta sobre todo a los excesos del sistema financiero que han llevado a la entera organización del crédito en el mundo al borde de la liquidación. El predominio abusivo de las finanzas ha suscitado mecanismos anormales de enriquecimiento y distorsiones en el sistema retributivo cada vez más inaceptables, sobre todo a medida que las sociedades occidentales han ido sufriendo un progresivo empobrecimiento.

Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios productivos, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

                       
Esta distinción tan lúcida tiene una proyección extraordinaria sobre la situación actual de la economía del mundo, de lo que suele designarse la crisis financiera internacional.

De hecho, a partir del estallido de esa crisis en Estados Unidos, en Europa luego, con repercusiones en todo el mundo, se ha suscitado una discusión acerca de las posibles, y necesarias, reformas del capitalismo. Este debate entraña un problema ético y cultural, como el Papa señalaba muy bien.

La discusión está en curso e intervienen en ella importantes estudiosos, en todo el mundo, acerca de la marcha de la economía en el futuro inmediato, sobre la suerte del sistema económico occidental y sus consecuencias globales. La investigación apunta sobre todo a los excesos del sistema financiero que han llevado a la entera organización del crédito en el mundo al borde de la liquidación. El predominio abusivo de las finanzas ha suscitado mecanismos anormales de enriquecimiento y distorsiones en el sistema retributivo cada vez más inaceptables, sobre todo a medida que las sociedades occidentales han ido sufriendo un progresivo empobrecimiento.

Los efectos se han notado especialmente en los países anglosajones. Hay un enorme resentimiento provocado por la desigual distribución del rédito, verificada en los últimos 30 años. El contraste entre las estancadas condiciones de vida de la clase media y el incremento fabuloso de las ganancias del 1% más rico de la población constituye una injusticia clamorosa. Este desequilibrio tiene que ver no tanto, como dicen los estudiosos, con el sistema capitalista en cuanto tal, sino con el mal uso de la libertad, con un abuso de la misma inspirado en una insaciable codicia. Habría que recordar a propósito una frase del Apóstol San Pablo que dice que “el amor al dinero es la raíz de todos los males (1 Tim. 6, 10).

Hoy día hay economistas serios, con estudios académicos aquilatados, que destacan precisamente cómo el imperio de las finanzas sobre el conjunto de la economía se ha configurado como una especie de poder ultra estatal que hace imposible el desarrollo equilibrado de la vida económica y se impone sobre las decisiones que deberían tomar los estados. El Papa Pío XI había denunciado ya en 1931 al imperialismo internacional del dinero.

Estos planteos que proceden del campo académico, sociológico o político coinciden con la interpretación de Juan Pablo II acerca de la suerte del capitalismo y con las líneas que indica la Doctrina Social de la Iglesia. Esta enseñanza reconoce las virtudes del mercado y sus posibilidades, pero al mismo tiempo destaca la función rectora de la política y la subordinación tanto de la economía, y por tanto de la libertad de mercado, como de la política respecto del orden moral.

Juan Pablo II planteó la necesidad una reforma del sistema económico y financiero internacional y Benedicto XVI en la En cíclica “Caritas In Veritate” nos habla de los principios éticos fundamentales que debieran inspirar los cambios necesarios. El Papa se ha referido al principio de la gratuidad y a la oportunidad de introducir en la economía de mercado la lógica del don. Son cuestiones de carácter ético que hacen al correcto funcionamiento de los procesos económicos y se refieren a la verdad sobre el hombre y las relaciones sociales.

Es interesante notar entonces cómo la problemática secular, académica, científica, acerca de la crisis financiera internacional coincide con los planteos que desde hace tanto tiempo viene sosteniendo la Doctrina Social de la Iglesia. ¡Ojalá estos planteos sean tenidos en cuenta!.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:40  | Hablan los obispos
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