Viernes, 24 de agosto de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario - B, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 21º del T. Ordinario B 

El Discurso del Pan de la Vida concluye con un desenlace inesperado. A lo largo de la exposición,  le van presentando al Señor toda una serie de objeciones, pero nadie se esperaba que al llegar al final, muchos discípulos dijeran: “Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?”  Y que “desde entonces muchos discípulos suyos se echaran para atrás y no volvieran a ir con Él”.

El Evangelio distingue tres tipos de oyentes: La gente, los discípulos y los Doce. Aquí se trata de discípulos de Jesús, de gente un tanto adentrada en su seguimiento. Y Jesús no tiene miedo de que le dejen solo, porque Él es el Hijo de Dios y sabe que lo que Él enseña es la verdad; que muy pronto lo llevará a cabo en la Última Cena y lo entregará a  los Apóstoles, a la Iglesia, para que lo hagan en conmemoración suya. Y todos contemplarán, estupefactos,  “el Misterio”. Por eso, les dice a los Doce. “¿También vosotros queréis marcharos?”  Simón Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Pedro habla en nombre de los Doce.  Y el objeto de su fe no es la Eucaristía sino Jesucristo. Hace profesión  de fe en el Señor. Todo lo demás, incluso, la Eucaristía, es consecuencia.

Por tanto,    La Eucaristía no es una celebración de amigos, admiradores o simpatizantes de Jesús, que tienen que dedicar un tiempo a visitarle y a estar con Él…, sino de gente que ha hecho una opción por Cristo y la tienen que expresar y alimentar en la Eucaristía.

La primera lectura nos enseña que, al llegar a la tierra prometida, Josué hace una parada, manda a buscar a los representantes de Israel y le presenta esta alternativa: “Escoged a quien servir: Al Señor o a los otros dioses. Yo y mi casa serviremos al Señor”.  Y el pueblo contesta: “Nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios”. De esta forma, el Señor será el Dios de aquella tierra nueva y ellos serán su pueblo, que le obedece y le ama.

Qué necesidad tenemos los cristianos tantas veces, de hacer un stop en nuestra vida y plantearnos una alternativa parecida. De este modo, seremos verdaderos creyentes que, en el cruce de caminos de la vida, hemos hecho una opción por Cristo firme y definitiva.

Al llegar aquí, constatamos, una vez más, como la Eucaristía siempre ha venido envuelta en contradicciones a lo largo de los siglos, desde que Jesús la anuncia en este Discurso, hasta nuestros días, en que la Santa Misa se designa muchas veces como “el problema del domingo” y donde grandes masas de cristianos han dejado la Iglesia y se han alejado del Pan de la Vida.

¡Siempre la dificultad! ¡Siempre la contradicción, ¡siempre, el misterio!  ¡Siempre una fe que no da para más...!

         Otros, en medio de nuestras limitaciones, trataremos de seguir adelante; y con el salmo responsorial de estos domingos, diremos hoy  al Señor, con un espíritu renovado: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Al terminar este Discurso, cuántas gracias debemos darle al Señor que nos ha concedido, en este verano, el don de escuchar y de reflexionar sobre el Misterio central de nuestra fe. Y qué provechoso sería que hiciéramos un esfuerzo para retener y meditar en nuestro corazón tantas cosas como nos ha venido diciendo, especialmente, aquellas que hemos contemplado con una luz especial. 

¡Buen verano!  ¡Feliz Día del Señor!


Publicado por verdenaranja @ 22:53  | Espiritualidad
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