Martes, 28 de agosto de 2012

Mensaje de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de en Nueve de Julio en el Encuentro Catequístico Diocesano (ENCADI), Carlos Casares, 25 de agosto de 2012. (AICA)

Los escenarios de la Catequesis: la familia y la vida cristiana

Queridos sacerdotes, religiosas y religiosos,
queridos catequistas:

Con mucha alegría volvemos a encontrarnos, como lo hacemos cada año, en esta Jornada especialmente dedicada a quienes colaboran tan esforzada y eficazmente con la obra apostólica de la Iglesia, los catequistas. Nos disponemos a comenzar el próximo 11 de octubre la celebración del Año de la Fe al que nos ha convocado el Santo Padre. Él nos propone hacerlo renovando nuestro compromiso con la Revelación divina y acudiendo a las fuentes necesarias e inexcusables que son los documentos del Concilio Vaticano II y el instrumento derivado de aquellos que es el Catecismo de la Iglesia Católica. Coincidentemente, se reunirá en Roma el Sínodo de los obispos, en su XIII Asamblea General Ordinaria, para reflexionar sobre la Nueva evangelización, y ofrecer a los pastores y a los fieles de la Iglesia las orientaciones que nos lleven a hacer más ardiente y generoso el esfuerzo que nos permita cumplir con nuevo ardor, nuevos métodos y nueva expresión la misión de los discípulos de Jesucristo. No se trata de introducir conceptos diferentes y originales, ajenos a la tradición evangélica. Este llamado de la Iglesia se incorpora en todas las instancias de la acción pastoral, y la catequesis no puede permanecer ajena a ella. Le confiere a nuestra tarea una particular gravedad y urgencia, que necesita un mayor compromiso personal; estamos seriamente invitados a profundizarlo a la luz del Evangelio frente a las condiciones y necesidades del mundo de hoy.

Recientemente tuvo lugar el IIIº Congreso Catequístico, celebrado en Morón, y que significó un movimiento muy importante por la participación de numerosos catequistas, llegados de toda la República, que se unieron con ardor e inteligencia en una reflexión sobre la situación actual de la catequesis y adelantaron propuestas; ellas serán evaluadas por los obispos de la Argentina para elaborar las acciones futuras. En este ENCADI se han retomado algunas expresiones de los logros y las dificultades que encuentran los catequistas, y que deben encarar en y desde la catequesis, para que el anuncio de la fe y su práctica inicial puedan tener el desarrollo y la eficacia que esperamos. Pero sobre todo el propósito debe ser este año renovarnos espiritualmente para cumplir mejor la misión de catequistas, a partir de la fe recibida, para que reflexionando sobre ella, aprovechemos – como dice el Papa Benito XVI -:

“la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo, en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre” (Carta apostólica Porta fidei, 8)

La catequesis
Para ayudarnos en este camino les sugiero una reflexión que, a partir de la naturaleza del anuncio evangelizador, que continúa la obra del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo, que se realiza en la Iglesia bajo la conducción de los Pastores, tenga en cuenta los diferentes aspectos que se incluyen en él, y que constituyen la estructura de la catequesis: 1º) la evangelización y la formación (primer anuncio y profundización por la adhesión de la inteligencia); 2º) la celebración del misterio cristiano (la liturgia); 3ª) el testimonio de la vida en Cristo (afianzamiento y expresión de la fe por la comunión en el compromiso), y 4º) la espiritualidad (la oración). Son las cuatro partes que comprende el Catecismo de la Iglesia Católica, recogiendo la tradición.

Dice el Beato Juan Pablo II en la exhortación apostólica Catechesi tradendae:

Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de esfuerzos realizados por la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios, a fin de que, mediante la fe, ellos tengan la vida en su nombre (cfr Jn 20, 31), para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo (B. Juan Pablo II; Exhortación apostólica Catechesi tradendae, n. 1).                       


En este breve pasaje tenemos todos los elementos que permiten comprender el sentido y el alcance de esta, que según el Papa, es una de las “tareas primordiales” de la Iglesia. Se trata de la Iglesia, depositaria de la misión que Jesús confió a sus discípulos; ella debe anunciar a Jesucristo, el Hijo de Dios, para que los hombres crean, y por la fe reciban la vida sobrenatural y den testimonio en el mundo, en la comunión del Cuerpo de Cristo.

Es la Iglesia la que evangeliza: lo hace a través de sus pastores, los sucesores de los apóstoles, de los ministros sagrados, presbíteros y diáconos, de todo bautizado a quien se confía una misión, de todo fiel. No es una mera iniciativa personal, sino que hay un mandato; no se transmite ninguna sabiduría humana ni la interpretación que individualmente o en grupo pudiera hacerse del mensaje del Señor Resucitado. Porque es la obra de la Iglesia, y el catequista, como todo evangelizador, tiene que expresar con fidelidad el depósito de la fe, a la vez que incorpora esta condición en su propia vida y conducta, para acompañar con sus acciones lo que expresa de palabra.

Proponer la fe
“La puerta de la fe (cfr Hech 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cfr Rom 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cfr Jn 17, 22)” (Porta fidei, 1)

Es el párrafo inicial de la Carta apostólica del Santo Padre Benito XVI Porta fidei (La puerta de la fe). Por la fe somos salvados: el creyente entra en la comunión con Dios, es recibido en la Iglesia por el bautismo y emprende un itinerario que dura toda la vida y conduce a la eternidad. El conocimiento de la verdad lleva a expresar en la conducta aquello que hemos recibido. La ocasión para esta celebración extraordinaria que es el Año de la Fe la ofrece el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y se une a ello el 20º aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Este documento, dice el Santo Padre, “con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe, ... instrumento al servicio de la catequesis”, propone de una manera sistemática cuanto el cristiano debe creer y la manera como debe vivir, mostrando que la adhesión de fe se ha de expresar en sus acciones y palabras.

La primera parte del Catecismo desarrolla la presentación de cuanto creemos a partir del Símbolo de la fe, el Credo. La fe, que recibimos en el bautismo, tiene que ser explicitada, confesada, aplicada en la vida del cristiano, y este es el objeto de la catequesis. El Concilio Vaticano II hace este solemne encargo a los obispos de la Iglesia:

“Vigilen para que se dé con diligente cuidado la instrucción catequética, cuyo fin es que la fe, ilustrada por la doctrina, se torne viva, explícita y activa tanto a los niños y adolescentes como a los jóvenes y también a los adultos; que al darla se observen el orden debido y el método acomodado no sólo a la materia de que se trate, sino también al carácter, aptitudes, edad y condiciones de vida de los oyentes, y que dicha instrucción se funde en la Sagrada Escritura, en la Tradición, Liturgia, Magisterio y vida de la Iglesia.”

A continuación se expresan las condiciones requeridas en el catequista:

“Cuiden también (los obispos) que los catequistas se preparen de la debida forma para su función, de suerte que conozcan con claridad la doctrina de la Iglesia y aprendan teórica y prácticamente las leyes psicológicas y las disciplinas pedagógicas.” (Decreto Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia, 13)

La preparación y competencia necesarias son un medio para la transmisión de la doctrina, pero es fundamental que preceda una adhesión sincera y profunda a la Revelación recibida en Jesucristo:

“Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe (cfr Rom 16, 26; comp. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece ‘el homenaje total de su entendimiento y voluntad’ (Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, c. 3), asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu, y concede ‘a todos gusto en aceptar y creer la verdad’ (Conc. Araus. II, can. 7; Conc. Vaticano I, cit.)” (Const. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5).

La centralidad de la fe en la recepción del mensaje de Cristo tiene que encontrarse de manera clara y explícita en el catequista, cuya misión es la de formar en la fe a quienes les han sido confiados. No basta saber, conocer, tener método y condiciones pedagógicas; es fundamental vivir con sincera adhesión la fe recibida. El Papa Benito XVI nos dice:

“Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica” (Porta fidei, 11).

Liturgia
La segunda parte del Catecismo lleva por título: “La celebración del misterio cristiano”.

“Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia a fin de que los fieles vivan de él y den testimonio del mismo en el mundo: En efecto, la liturgia, por medio de la cual ‘se ejerce la obra de nuestra redención’, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles, en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia (Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 2)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1068)

La participación de los fieles en la liturgia, ocasión de encuentro con Dios y canal de la gracia, podemos decir que, en el ámbito catequístico, se realiza en tres planos, todos ellos necesarios:

a) es propio del bautizado la comunión con los misterios de la redención, para afirmarse en la fe y profesarla, para crecer en la santidad por los sacramentos y la oración, para dar testimonio de la presencia de la vida de Cristo en la suya. Por eso, todo fiel en su formación catequística tiene que ser instruido en este importante aspecto y acompañado y estimulado para comprometerse en la celebración litúrgica, de manera que la incorpore consciente y fructuosamente en su propia experiencia cristiana;

b) el catequista y las personas, niños, jóvenes y adultos, que le han sido confiados durante su itinerario formativo establecen entre ellos una relación, que no es solamente la de maestro-discípulo (en sentido escolar), sino que es una comunión espiritual que tiene que consolidarse y conducirlos a la comunión mayor que es la Iglesia. Ahora bien, esta vive en su liturgia, de manera que no puede haber catequesis que no introduzca vivencialmente en la liturgia, por lo que su práctica frecuente es fundamental para que la fe recibida se exprese en la alabanza y en la adoración y se sostenga y desarrolle con el alimento espiritual de los sacramentos y de la Palabra;

c) no hay que descuidar el valor de la participación litúrgica en el catequista, ya que no puede introducir en el misterio a los que catequiza si él mismo no lo vive profundamente. La ayuda que esto representa para su servicio eclesial es considerable, pues afirma en el encuentro con Dios lo que se transmite de palabra y con las obras, y lo pone y mantiene en contacto íntimo con el Misterio.

El Papa Benito XVI, en su carta apostólica, lo resume así, aplicándolo al programa que propone en el Año de la Fe:

“Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es ‘la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza’ (Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10). Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada (cfr B. Juan Pablo II, Const. apostólica Fidei depositum, 11 octubre 1992), y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe hacer propio, sobre todo en este Año” (Porta fidei, 9).

Hacer pública la confesión de fe por el testimonio: discípulos y misioneros
En la misma Carta apostólica, el Papa Benito XVI pide que, “en esta perspectiva, el Año de la Fe (sea) una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados” (cfr Hech 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: ‘Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’ (Rom 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La `fe que actúa por el amor’ (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cfr Rom 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Cor 5, 17)” (Porta fidei, 6)

La situación de nuestra sociedad, los parámetros morales y de conducta vigentes, tanto en lo social como en lo privado, la crisis de las familias, la desorientación de la juventud y la dificultad para promover entre ellos los valores de la vida cristiana e incluirla en las instancias que tenemos en la Iglesia, se ven agravadas por la orientación dominante en el sistema educativo, en la transmisión de contravalores que se hace en el seno mismo del hogar, en la agresiva y creciente invasión con propuestas culturales y de nuevos modelos sociales favorecida por el Estado y las corrientes de opinión vigentes, que cuentan con acceso irrestricto a los medios. Por eso, la catequesis tiene que ofrecer una presentación clara de los principios evangélicos y del estilo de vida que Cristo nos invita a llevar adelante. Una apertura cordial a los hermanos, que busca ayudarlos en su búsqueda y proponerles la palabra que da vida y viene de Dios, no puede abstenerse de recordar la verdad, aplicando los medios más aptos para ello, consolidando en el principio y en la práctica las instituciones y las actitudes apropiadas, para que sean apreciadas y deseadas. Es muy importante apoyar a las personas que, fieles al Evangelio, buscan perseverar en su vocación de familia cristiana, estimularlas para que profundicen su fe, cultiven la espiritualidad, sean asiduos en la oración, para comprender siempre más que es por este camino que podrán instruir y ejercitar a sus hijos en la vida en Cristo por el ejemplo y la enseñanza, y ellos mismos alcanzarán la felicidad verdadera en esta vida, y recibirán la eterna.

La familia es irremplazable en este ámbito, y el catequista tiene que aprovechar todas las oportunidades que se ofrecen para relacionarse con los padres, fomentando su interés y compromiso con la fe, sugiriendo y apoyando aquellas acciones que pueden darse en el hogar, para consolidar el encuentro con Dios de niños y jóvenes.

“En la catequesis es importante destacar con toda claridad el gozo y las exigencias del camino de Cristo (cfr B. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae, 29). La catequesis de la `vida nueva’ en Él (Rom 6, 4) será:
una catequesis del Espíritu Santo...

una catequesis de la gracia ...
una catequesis de las bienaventuranzas ...
una catequesis del pecado y del perdón ...
una catequesis de las virtudes humanas ...
una catequesis de las virtudes cristianas
de fe, esperanza y caridad ...
una catequesis del doble mandamiento de la caridad ...
una catequesis eclesial ... 


La referencia primera y última de esta catequesis será siempre Jesucristo que es ‘el camino, al verdad y la vida’ (Jn 14, 6)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1697-1698).

Dice el Papa:

“... la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración” (Porta fidei, 11).

La oración, sustento de la espiritualidad
La cuarta parte del Catecismo tiene como objeto la Oración, centrando su desarrollo en la Oración del Señor, el Padre nuestro, que es modelo y escuela de oración. En la catequesis se incluye el aprendizaje de la oración y se debe favorecer que esta actitud de fe se vuelva habitual.

Así como la fe es una gracia que inmerecidamente recibimos, perseverar y dar frutos por ella es también un don divino, que debemos pedir en la oración. El catequista no solo enseña a orar, sino que se une en la oración con los que son formados por su servicio y realiza de este modo una comunidad de esperanzas y de propósitos, que ofrece a Dios la adoración y la acción de gracias, pide la misericordia que llega por el amor del Padre y presenta sus súplicas. Hay que orar juntos. Pero también, en el tiempo de la catequesis los responsables de la misma tienen que asumir un particular compromiso para rogar por aquellos hermanos que les son confiados, a la vez que los introducen en la escuela de la oración, por medio de la Palabra de Dios, la liturgia, el ofrecimiento de una vida fiel al Evangelio, la dedicación a los hermanos en la caridad y el apostolado, los ejemplos de los santos.

Los escenarios de la nueva evangelización
Ya en el primer documento preparatorio para el Sínodo de Obispos. los Lineamenta, se mencionan los escenarios de la nueva evangelización, que son reiterados en el documento ofrecido para el trabajo sinodal, el Instrumentum laboris. Son estos: como escenario cultural de fondo, la secularización, el fenómeno migratorio, con las alteraciones sociales; la economía; la política; la investigación científica y tecnológica; las comunicaciones. Se agregó en el segundo documento un séptimo escenario: el religioso, con estas palabras que merecen atenta consideración:

“... no se esconde, sin embargo, una preocupación relacionada con el carácter, en parte ingenuo y emotivo, de este retorno del sentido religioso. Más que debido a una lenta y compleja maduración de las personas en la búsqueda de la verdad, este retorno del sentido religioso se presenta, en más de un caso, con los rasgos de una experiencia religiosa poco liberadora. Los aspectos positivos del redescubrimiento de Dios y de lo sagrado se han visto empobrecidos y oscurecidos por fenómenos de fundamentalismo, que no pocas veces manipula la religión para justificar la violencia e incluso el terrorismo ... Este es el cuadro en el cual ha sido colocado por muchas respuestas el problema urgente de la proliferación de nuevos grupos religiosos, que asumen la forma de secta ... En presencia de estos grupos religiosos es necesario, por otra parte –afirman siempre las respuestas–, que las comunidades cristianas refuercen el anuncio y el cuidado de la propia fe” (Instrumentum laboris, 65-66).

Si las condiciones del mundo moderno suscitan nuevos problemas y situaciones, se comprende fácilmente la urgencia para comprometernos en una nueva evangelización. Sin entrar en más vastos problemas, para la catequesis esta situación se encuentra ya en el contacto con las familias. Es preciso mantenerse en una adhesión lúcida y coherente con la fe de la Iglesia para poder ilustrar estos nuevos espacios con la Palabra de Dios. Apenas lo menciono, pero podríamos detenernos mucho en ello, y ustedes lo sacarán a colación muchas veces, supongo, en su debate de esta tarde, y por eso se los quiero dejar como pregunta y como preocupación: en este contexto ¿cómo involucrar positivamente a la familia en la catequesis del niño y joven? Evidentemente no se puede aceptar el sincretismo religioso, una fe confusa, una moral subjetiva. ¿Cómo recorrer con fruto el camino tan rico de la iniciación en la fe por los sacramentos? En este contexto, a la luz de cuanto hemos expuesto antes con los testimonios autorizados de la Iglesia, la conclusión es que lo que nos propone la nueva evangelización no puede seguir postergándose, y pide aplicación inmediata y coherente.

Concluyamos con palabras del Santo Padre, Benito XVI:

“Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que ‘buscara la fe’ (cfr 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cfr 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin” (Porta fidei, 15).

Mons. Martín de Elizalde, obispo de Nueve de Julio


Publicado por verdenaranja @ 23:10  | Hablan los obispos
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