Mi?rcoles, 29 de agosto de 2012

Palabras de Monseñor Oscar Vicente Ojea, obispo de San Isidro, en el Encuentro Diocesano de Catequesis (Colegio Marín, 20 de agosto de 2012). (AICA)

“En comunidad vivamos, hoy la alegría del encuentro con Jesús”


Dice el Papa, que este año pueda iluminar de un modo más claro y renovado el entusiasmo y la alegría de la fe. Yo querría remarcar estas dos características. La fe como el encuentro con Cristo. La alegría y el entusiasmo del encuentro con Cristo. La alegría que es fruto de la Pascua. Fruto de vivir la vida en Cristo, de resucitar con él. La alegría que, necesariamente, en un momento en que parecemos con falta de motivación, desalentados, con tanta palidez en tantos aspectos de la iglesia, el Señor es capaz de renovar incesantemente la alegría con la novedad de su amor. El Señor siempre es capaz de sorprendernos. Y esta alegría que es fruto de la Pascua, es la característica, yo diría esencial del catequista. El catequista necesariamente tiene que transmitirla, comunicarla, contagiarla. La alegría se brinda verdadera, la alegría auténtica, la alegría que se comunica y que se transmite, que no puede callarse, ese fruto de ese encuentro con Jesús. La alegría de una vida que ha sido alcanzada primero, que ha sido transformada por el encuentro con Jesús.

Entusiasmo. La palabra entusiasmo viene de estar adentro de Dios, estar como adentro de Dios, en la energía de Dios. Entonces es el motivo, ese espíritu que me mueve a esta tarea, tan particular como la de la catequesis. Cuando Pablo habla del Espíritu como transmisor de la fe, a veces se compara como una madre. En la Carta a los tesalonicenses dice Pablo “hemos sido tan condescendientes con ustedes como una madre que cuida, que nutre a su hijo, que ha acudido a comunicarles no solamente la Buena Noticia sino a darles nuestra propia vida, entregarles nuestra propia vida. Y Pablo se identifica con la madre que se entrega. Yo diría que el catequista desarrolla esta misión maternal de la iglesia, no en cuanto a engendrar, porque nosotros no entregamos la, la fe se engendra en la iglesia madre, la pila bautismal. La fe se engendra en el seno profundo de la iglesia madre por el Espíritu Santo, esa agua que viene como a regar la tierra seca del alma para sembrar la semilla de la fe, para florecer nuestra tierra seca.

La función maternal nuestra es la de cuidar, proteger, acompañar, como cuando uno en una plantita que ya tiene su vida, deja que entre el sol, el aire, o trata de que crezca derechita y la ayuda y la acompaña.

El catequista es como un creador de climas para que la persona se encuentre con Jesús, como un mediador, también un provocador de ese encuentro, o un facilitador. Es quien sirve a un encuentro que está más allá de uno, porque el misterio del otro con Dios es un misterio insondable, el encuentro con la fe, con lo cual esa persona caminará el camino de su vida y desentrañará finalmente el misterio de su propio nombre.

Nosotros servimos a ese misterio, con la alegría de haber sido alcanzados nosotros por Cristo Jesús, con el entusiasmo de haber experimentado ese encuentro luminoso con Jesús que cambió nuestra vida, que iluminó toda la vida, pero tomando esta función maternal de cuidar, de acompañar, de tener corazón de madre acompañando a la madre iglesia a nutrir y a alentar esa fe que el Espíritu Santo quiso sembrar en ese corazón.

Que podamos ser este año particular en que el santo padre nos invita a volver a nuestras fuentes, las fuentes recientes de la expresión de nuestra fe, inclusive el Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica. El Papa ha querido aprovechar esta circunstancia para invitarnos a recomenzar. Utiliza palabras parecidas a las que hemos escuchado de Juan Pablo hace algunos años, “pasar por la puerta de la fe” “abrir la puerta” “abran las puertas a Cristo”.

Nosotros también tenemos que tratar de abrir esa puerta de la fe siendo muy cercanos a nuestros hermanos. Abrir la puerta para que todos puedan entrar. Y no comparar sino agregar luz y agradecer, allí donde el Señor pone nuestra comunidad.

Dar gracias a Dios y celebrar con aquellos con quienes podemos trabajar y acompañar, sin añorar tiempos mejores, sin dejarnos llevar por el desaliento, sin dejar que penetre el mal espíritu que nos desanima, sino renovar la alegría y el entusiasmo del encuentro con Jesús.

Que el Señor nos lo conceda a todos por la intercesión de San Pío X.

Mons. Oscar Vicente Ojea, obispo de San Isidro


Publicado por verdenaranja @ 21:40  | Hablan los obispos
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