Jueves, 06 de septiembre de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo veintitrés ndel Tiempo Ordinario, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 23º del T. Ordinario B 

¡Ser sordo, ser mudo, ser ciego es algo terrible! El Evangelio de hoy nos presenta la curación de un sordomudo: “Un sordo que, además, apenas podía hablar”.

En la primera lectura el profeta nos anuncia los tiempos del Mesías diciéndonos: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos de los sordos se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Y algo de eso es lo que contemplamos en el Evangelio de hoy: S. Marcos se detiene a contarnos cómo cura el Señor a aquel sordomudo. Era lógico que la gente, que estaba entusiasmada ante los signos del Señor, dijera: “Todo lo ha hecho bien: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Pero hay muchas clases de sordera que no es sólo física. Así le decimos a un chiquillo que no nos hace caso: “¡Ven acá, sordo; escucha lo que tienes que hacer!”

También hay una sordera espiritual. ¿No será ésta la peor de todas las sorderas? Somos sordos o nos hacemos el sordo muchas veces a la hora de relacionarnos con Dios. Y si somos “sordos” para escuchar a Dios, seremos también “mudos” para hablar de Él.

         A veces, una madre lleva a su niño al médico porque está retrasado y no comienza a hablar... El médico examina al niño y le dice a la madre: “El niño no es mudo, sino sordo. No habla porque es sordo. Veremos qué se puede hacer”. Si somos sordomudos en nuestra relación con Dios, pobres de nosotros. ¿Qué nos queda de cristianos?  Escuchar a Dios, hablar con Él y hablar de Él es algo imprescindible en nuestra existencia cristiana. Si ahora, que comienza el curso, nos vamos por las parroquias, nos daremos cuenta de la cantidad de sordos que hay. Se expone a la gente la necesidad que hay de voluntarios para la catequesis en sus distintas modalidades, también de adultos, y para los diversos grupos o actividades parroquiales. Y, por lo menos, en algunos lugares, qué pocos se comprometen… Cualquier cosa vale para dispensarse y tranquilizarse. Algunos amontonan excusas para no comprometerse. En muchas parroquias hay un pequeño grupo de cristianos comprometidos que tienen que multiplicarse para afrontarlo todo.

         Si los cristianos, lo fuéramos de verdad, nos comprometeríamos voluntariamente, como hacen muchos, y no estaríamos necesitados de más… El Señor no nos da el Espíritu con medida (Jn 3,34), sino sobreabundantemente, y no permite que su Iglesia carezca de ningún don. Es, por tanto, urgente hacernos una audiometría para ver qué tal están nuestros oídos en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios y con los hermanos.

         No podemos olvidar que el mismo Jesús que curó al sordomudo, nos puede curar también a nosotros.


Publicado por verdenaranja @ 23:00  | Espiritualidad
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