S?bado, 20 de octubre de 2012

Homilía de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz en el inicio del Año de la Fe (Domingo 14 de octubre de 2012). (AICA)


Queridos hermanos

Hoy nos reúne un acontecimiento eclesial que el Santo Padre ha iniciado en Roma, y que tuve la gracia de participar, llamado a despertar en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades el sentido y el alcance de la fe. La fe es un don que nos enriquece, pero que no podemos guardar, ella nos debe transformar en testigos de lo que creemos. Por la fe somos partícipes de ese movimiento de amor que nace en el amor del Padre, se hace camino de vida en Jesucristo y continúa, con la fuerza del Espíritu Santo, en la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. Descubrirnos en este movimiento de amor y misión es vivir en plenitud nuestra vocación cristiana.

Por la fe se hace presente en nosotros esa historia única de Dios, que en su Hijo y por la vivencia del Espíritu, nos hace discípulos y misioneros de su vida y amor en el mundo. Aquella Palabra por la que hemos conocido el amor del Padre, que tanto amó al mundo que le envió a su Hijo, se concreta y se hace envío para nosotros en las palabras de su Hijo: como el Padre me envió yo los envío a ustedes. Sólo en este contexto de amor y de envío podemos conocer y vivir las consecuencias profundas de una vida de fe. Tenemos que volver a descubrirnos como cristianos y a definirnos como Iglesia, en este proyecto de la Historia Salvífica de Dios.

Porqué un Año de la Fe? El Santo Padre nos decía, que a partir de la experiencia del vacío de un mundo sin Dios, de una profunda experiencia de desierto, es que podemos descubrir la alegría, el sentido y la importancia de creer. En el desierto, agregaba, se necesitan personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra Prometida y, de esta forma, mantengan viva la esperanza en un Dios que es amor en el mundo. Hoy evangelizar significa, en primer lugar, dar testimonio de una vida nueva. Así, el Año de la Fe, lo podemos presentar como una peregrinación en los desiertos del mundo, llevando como una riqueza el Evangelio, y acompañados, nos decía, con la brújula del Concilio Vaticano II y la docencia del Catecismo de la Iglesia Católica, como alforjas en nuestro peregrinar. Es un volver a encontrarnos con lo simple de la fe.

Este desierto, queridos hermanos, también está entre nosotros, en Argentina, en Santa Fe. No podemos suponer lo que, lamentablemente, se ha perdido y debilitado en nuestras vidas, familias, comunidades parroquiales, colegios. Si Cristo es nuestra mayor riqueza, nuestra mayor pobreza y de ella somos responsables, es la falta de fe, o una fe que se ha adormecido y que ya no ilumina, que ha perdido su sabor. La fe es, también, una responsabilidad social.

La fe nace y se alimenta en Jesucristo que nos ha revelado el rostro de Dios. Él es el cumplimiento de las Escrituras como camino de Dios y su intérprete definitivo. El es el mismo ayer, hoy y lo será siempre. No hay un mundo post cristiano. Cristo no es sólo objeto de nuestra fe, sino quién la inicia y completa, como dice la carta a los Hebreos. Por ello, el Año de la Fe, debe tener en un renovado encuentro con Jesucristo su momento de mayor verdad e intensidad. Si Cristo es sólo una referencia moral o cultural en nuestras vidas, nunca llegaremos a conocerlo y a comprender el significado de su presencia. Si Cristo no llega a ser en nosotros una presencia viva por la luz de su Palabra, la vida de los Sacramentos y la intimidad de la Oración, al Año de la Fe no lo habremos comprendido y dejaremos de ser para nuestros hermanos expresión de aquel movimiento de amor que nace en el Padre y se hizo camino, verdad y vida en Jesucristo.

Cómo vivir la Fe a lo largo de este año? Marcaría tres notas a tener en cuenta.

La fe es la victoria que vende al mundo, nos dice san Juan, es decir, no la podemos vivir como un conjunto de verdades que nos dan seguridad, sino como una realidad viva que ilumina y transforma el sentido y la actividad de nuestras vidas. Si con la fe nada cambia en mi vida, no es la fe en Dios, el Padre de Jesucristo La fe debe celebrarse y se fortalece en el testimonio misionero. Una fe que no me ponga en camino para salir de mi pequeño mundo de aparentes seguridades, es una fe que no ha alcanzado la madurez del encuentro con Jesucristo. La fe no es una ideología, es presencia viva del Señor que da un sentido definitivo a nuestras vidas y nos compromete con su proyecto.

La fe, además, es camino de santidad. Si no vivimos la fe como una tensión que nos lleve a profundizar la intimidad con el Señor, nos quedaremos en esa gris monotonía que nos da una aparente seguridad y en la que nada cambia, pero nos aleja de ese entusiasmo por crecer en lo que somos, o en lo que estamos llamados a ser: discípulos y misioneros de Jesucristo. Cuando esto se extiende a nuestras comunidades, dejamos de ser la presencia de una Iglesia viva. No puedo iniciar el Año de la Fe si no tengo en cuenta que conmigo también lo inicia la Iglesia, mi comunidad concreta.

Finalmente la fe es caridad, es testimonio del amor a Dios y a nuestros hermanos. O mejor dicho, el signo de una fe vivida que se reconoce en el testimonio de la caridad. Dios es Amor. Esto nos debe llevar a revisar y potenciar la dimensión oblativa de nuestras vidas, en el servicio a nuestros hermanos. Tocamos en esto el tema de la fe y de las obras. La fe no nos aísla en una verdad, sino que nos hace presencia viva de esa verdad que es Jesucristo al servicio de nuestros hermanos.

Queridos hermanos, con esta celebración iniciamos el Año de la Fe en nuestra Arquidiócesis. Es una invitación, nos decía el Santo Padre, “a una auténtica y renovada conversión al Señor”. Todo lo que hagamos a lo largo del año deberá estar iluminado y examinado a la luz de la Fe: sea en lo personal, como en la vida de nuestras comunidades parroquiales, educativas, religiosas, como en los movimientos e instituciones apostólicas. Para ello es necesario conocer y reflexionar la Carta Apostólica Porta Fidei, con la que el Santo Padre nos ha convocado. Vivir el Año de la Fe en la Iglesia no es algo optativo, sino una expresión vinculante de nuestra comunión. Este camino forma parte de esa comunión pastoral a la que todos estamos llamados, y es expresión de una Iglesia viva y apostólica. A lo largo del año les haré llegar los diversos subsidios que nos acompañen, como así también, definir los días y lugares en los cuales se podrá ganar la Indulgencia Plenaria que el Santo Padre ha dispuesto para este año.

Que María Santísima, la mujer de fe, que fue llamada bienaventurada por haber creído en la Palabra del Señor, sea desde su providencial presencia en Guadalupe, como Madre y Misionera entre nosotros, quien no ayude a vivir este Año Santo de la Fe.


Mons. José María Arancedo, Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 23:58  | Hablan los obispos
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