Viernes, 26 de octubre de 2012

Reflexión a las lecturas del domingo treinta del Tiempo Ordinario - B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

 Domingo 30º  del T. Ordinario B 

          Bartimeo, el ciego del Evangelio de este domingo, tenía una ilusión en su vida: Poder ver. Pero ésta era una ilusión imposible. Y lo sigue siendo… Pero Bartimeo tiene la suerte de sentir a Jesús que pasaba por el mismo camino, donde estaba sentado pidiendo limosna. Y cuando oye que pasa Jesús, comienza a gritar: “Hijo de David, ten compasión de mi”. Era normal que mandaran que se callara. Entre otras cosas, porque Bartimeo era un ser despreciable: Si estaba ciego, se trataba, según la mentalidad judía, de un pecador. Pero ¿Por qué sabía Bartimeo que Jesús era el Hijo de David?  ¿Y la gente que va con Jesús lo creía también así? ¿Y cómo sabía que Jesús podía curarle de su ceguera?  Lo cierto es que llega el momento en el que Jesucristo se para y dice: “Llamadlo”.   Y entonces es cuando le dicen: “Ánimo, levántate, que te llama”.

          ¡Oh! mis queridos amigos, ¡la llamada del Señor!  “El ciego soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. ¡Qué impresionante!  Y Jesús le cura: “Anda, tu fe te ha curado”.  “Y lo seguía por el camino”.

          Aquella gente que va con Jesucristo tendría que recordar lo que habían anunciado los profetas y que hoy escuchamos en la primera lectura: “Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos”. Es el anuncio de la liberación del destierro. Y el profeta añade que entre los que vienen hay “ciegos y cojos, preñadas y paridas: Una gran multitud retorna…”

          Y los santos Padres nos enseñaron que aquel poder extraordinario que contemplamos en los milagros del Señor, ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia, en los que el Señor  realiza grandes maravillas… Pero ya sabemos que hay muchas clases de ceguera, está incluso la ceguera “del que no quiere ver”.

          En el seguimiento de Jesús es fundamental ver, poder ver, querer ver. Es fundamental la luz de la fe.  Y si no, ¿cómo vamos a dar testimonio de “lo que hemos visto?”. Conocí en una ocasión una mujer que era sordomuda y ciega. ¡Qué terrible! ¡Completamente cerrada a todo!

Dicen que S. Marcos coloca aquí, al final de esta sección,  la curación del ciego, para ayudar a comprender a las comunidades cristianas a las que dirige su Evangelio, que todo lo que  contemplamos en los últimos domingos, acerca de la vida de la Iglesia y del seguimiento de Jesucristo, es imposible si somos ciegos, si no vemos bien, si no nos interesa y no queremos ver. Y que El Señor que curó al ciego, puede curarnos también a nosotros!

En la celebración de la Eucaristía nos acercamos a Jesucristo que nos pregunta cada domingo o cada día, como al ciego: “¿Qué quieres que haga por ti?” Y nosotros ¿qué vamos a contestarle? “Maestro, que pueda ver”. Pero ¿es que somos ciegos? Ciegos tal vez no, pero ¿quién puede decir que no tiene nada de ceguera? ¿Quién no anda un tanto encandilado por tantas cosas que dificultan y pueden llegar a imposibilitar nuestro seguimiento de Cristo?  ¿No hemos tenido la experiencia de ser encandilados por el sol cuando vamos de viaje? Por todo ello, Jesús, el Sumo Sacerdote de nuestra fe, (2ª Lect.) nos dirá : “Tu fe te ha curado”.  Y entonces, sólo entonces, podremos seguirle por el camino… Y lo haremos proclamando con en el salmo responsorial: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. 

                    ¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 16:55  | Espiritualidad
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